La Caza de la Serpiente: Capítulo 5

La Caza de la Serpiente Capítulo 5

Hop, y hete aquí que me encontré en la Puerta Cauriense al día siguiente de amanecida, siendo Cebrián el monje errante, muerto Cañizares el mercader a los pies de una iglesia, abandonado como la vieja piel de una serpiente, y en compañía de un ganadero, igualmente finado aunque de modo más violento. Hasta nueve veces fue a dar con su cuerpo en la punta de un cuchillo el desgraciado Galván, destrozándose el torso, descuartizándose sin apenas darse cuenta de lo que pasaba, tal era su estado de embriaguez. También era posible que el susodicho mercader lo apuñalase con saña enfermiza, y luego se diese a la fuga, no era tan raro. Cosas peores había visto.

El astro rey sobrepasó el meridies sin que la dama o su acompañante diesen señales de vida. Me refugié en San Marcelo, esperando noticias, pugnando conmigo mismo por emprender o no el viaje en solitario. Nunca me había sentido igual, como agitado por un torrente de fuego. Nervioso, a punto estuve de arremeter contra una doncella que me buscaba susurrando mi nombre en la capilla. Según me dijo, doña Inés se había indispuesto durante la noche y hasta bien entrada la mañana no había recobrado la salud. Nada grave, sólo agotamiento. Sin embargo, y en contra de la voluntad de sus anfitriones, había dispuesto su marcha después de comer, aunque eso supusiera dormitar una noche al raso, pues ya no llegaría a Astorga antes del anochecer. Enviaba a la camarera para ver si yo seguía aguardando su llegada, y en tal caso, si todavía estaba dispuesto a acompañarla. Tan extrañas circunstancias me excitaban de un modo inconcebible. Por supuesto, mi respuesta fue afirmativa. El yantar trajo consigo a doña Inés y a su escolta, en dos tristes jamelgos que pedían a gritos un retiro digno de los servicios prestados, que debieron ser muchos. Su aspecto era más o menos el de una persona saludable; sus mejillas tenían buen color y sólo sus ojos denotaban que no había descansado como hubiera merecido. Con la boca llena de un sabor metálico, fui a saludarla. No estaba muy habladora, adormecida todavía como estaba, y su acompañante tampoco se ofreció más simpático que el día anterior, así que partimos hacia Astorga sin más dilaciones, aprovechando las cuatro horas que nos quedaban de luz. No llevábamos un paso rápido, sino que dejábamos marchar las monturas con un trote natural.

Sin saber por qué, comencé a mascullar una oración. Creía en Dios. Dios me había ayudado a renacer cada mañana desde que lo conociera, que no fue hacía mucho, ya Cesáreo había escapado de Córdoba, ya Castillejo se había casado con Blanca, ya había hecho mil perrerías. Si no fuera por Él, cómo hubiera podido conciliar las conciencias de mi gentío interior.

En determinadas situaciones me interrumpían cuando estaba pensando, como en aquellos momentos, sobre el caballo, mientras meditaba de qué manera entablar conversación con doña Inés. Unas voces me animaban a saltar sobre ella y poseerla ahí mismo, a la fuerza, gozar del sabor de su miedo mientras la penetraba violentamente, paladear esas mieles...

Otras en cambio pedían paciencia y calmaban mis ánimos, hay tiempo para todo, decían, primero tenemos que saber para qué son los pergaminos. Los pergaminos eran el elemento desacorde en aquel conjunto, nunca antes había visto a una mujer castellana con un diploma, o un códice, seguro de que, si los más nobles maridos no sabían interpretar aquellos símbolos, ni siquiera escribirlos, todavía menos las esposas. Incluso en la capital andalusí, las mujeres que encontré con talento para leer y escribir en varias lenguas, se dedicaban a la copia, a trasladar textos de un pergamino a otro, sin que ellas aportasen al libro más que el esfuerzo; al contrario, tenían órdenes de suprimir las líneas que pudieran resultar ofensivas al Islam. La creatividad estaba reservada a los hombres, y éstos, en vez de hacer uso de tan maravilloso don, lo desperdiciaban en banalidades. En una ocasión vimos a uno de los mejores poetas de la corte dedicarle un extensísimo poema, tan largo que hubo de pasar tres días redactándolo sin parar y casi le cuesta la salud, a una naranja que había crecido en el jardín de palacio. Cuanto esfuerzo desperdiciado. De hecho, luego de recitarlo, destruyó el manuscrito mientras Hisham II y su círculo de aduladores y lameculos aplaudían. Aunque pagasen miles de maravedís por un ejemplar no comprendían, o no les importaba, el verdadero poder de la palabra escrita, más poderosa que la espada, más imperecedera que cualquier iglesia o mezquita, como las escribanas demostraban en sus talleres y los monjes en sus scriptorium; baste poner un nombre en una crónica para que las generaciones venideras lo conozcan y su historia permanezca en el tiempo, y se repita cada vez que alguien la lea. Y se transmitan al futuro, más allá de sus obras y milagros, sus ideas, sus sentimientos, en definitiva, la esencia de su alma.

Así inicié mi sobrehumana tarea, crear la mayor y mejor obra de todos los tiempos, digna de ser incluida entre los libros de la Biblia, casi un nuevo evangelio, donde yo era protagonista y narrador al tiempo, un sujeto que integraba las vidas de todas mis personas interiores; el único registro de mi pasado, dado que mi memoria se iba reconstruyendo cada día. Y ahora era Cebrián, monje itinerante y escribano.

—Soy monje itinerante y escribano —le dije a Inés.

—¿Escribano?

—Estoy realizando una vida de San Fructuoso de Braga, y unos comentarios a su Regla. Por si desconocéis la obra del santo que pisó estas tierras hace doscientos años, os diré que promulgaba la austeridad, severidad y disciplina, la vida casi eremítica del monje en su celda, en clara oposición a las reglas sevillanas. Todo en pos de la excelencia ascética del alma.

—¿Quién os la ha encargado? ¿El monasterio de Ripoll tal vez?

—Nadie. La estoy redactando por propia iniciativa.

—¿Cómo es eso posible? —exclamó escandalizada—. No tiene ningún sentido... ¿Acaso pensáis vender ese libro por vuestra cuenta a algún obispo, o a los mismísimos nobles árabes?

—No, dudo que esta crónica mía interese a ningún obispo o conde, ellos sólo se interesan por la historia de sus linajes. Tampoco creo que pueda alcanzar un buen precio en el mercado de libros de Córdoba, al menos no por el momento.

—¿Entonces?

—Bueno... Estaba harto de copiar Beatos y pasajes bíblicos... —ella se carcajeó, contagiándome su risa de cascabel.

Después, un instante de silencio tenso flotó entre ambos.

—¿Vais a ver a Sampiro? —interrogó de nuevo, y azorada añadió:—. Lo siento, fray Cebrián, perdonad mi alocada curiosidad...

—Nada, nada, no os preocupéis que no me importa contestar a todas las preguntas que consideréis oportuno formularme... Y respondiéndoos, ni siquiera sé a quién os referís.

—Cielos. ¿Bromeáis? ¿Cómo es posible que ignoréis quién es el notario del Rey y cronista mayor del reino? Si hasta se rumorea que pueda llegar a obispo de Astorga.

—Bueno, he estado viajando mucho tiempo, es normal que algunos nombres desaparezcan de mi memoria. Ahora que lo decís, sí sé de quien estamos hablando —De nuevo, risas cristalinas compartidas—. Así que obispo de Astorga...

—Cuando acabe su trabajo, que desde Alfonso III de Cantabria hasta nuestros días son un montón de años y guerras, aunque los redacte de forma tan desangelada...

—Señora, ahora sois vos la que me desconcertáis... ¿Acaso habéis leído esa crónica inconclusa?

—No, claro, sólo algunas páginas. El buen monje no me permitió más.

—Así, pues, sabéis leer.

—Y escribir, aunque de forma muy tosca, o eso decían las religiosas que me enseñaron. Mi destreza es la pintura.

—Imposible...

—Tan cierto como que el cielo está sobre nuestras cabezas.

—Nunca oí hablar de mujeres pintoras, salvo de la monja Ende, que en compañía del gran Emeterio, discípulo de Magio, ilustró partes del Beato de Gerona, el de mayor calidad artística de la Marca Hispánica, hará ya más de veinte años.

—Pues no es la única que se ha dedicado a esos menesteres, aunque mi estilo esté más próximo a Florencio de Castilla, ya sabréis, autor de la Biblia de Oña, Moralia in Job y la Biblia de León.

—¿Vos también pintáis?

—Sí, aunque con menos fortuna —a punto estuve de caerme de la silla. Aquello sí que me hizo salivar como un perro hambriento ante el chusco de pan. Noté como una erección partía en dos la forma de mis calzones, por fortuna ocultos bajo los hábitos, aunque creo que se dio cuenta porque se sonrojó. ¿Con que esas teníamos, eh? De inmediato, ella recuperó el hilo de la conversación—. Me he esforzado por aprender todo lo referente a técnicas, estilos y clases. Puedo deciros sin incurrir en la vanidad que sé hacerlo tan bien como cualquier varón, pero dado que no puedo ostentar ni siquiera título de aprendiz, y la fortuna no me acompaña, en ningún lugar quieren mis servicios. No se fían de una mujer, menos de una que ni siquiera es monja. Un triste códice he podido ilustrar, y no les gustó. Por eso vuelvo a casa, derrotada, pero orgullosa de haberlo intentado.

—Eso es lo importante, y tampoco debéis daros por vencida tan pronto. Quizá yo...

—¿Sí?

—Quizá yo tenga algo para vos... un libro magnífico, de la envergadura del Beato de Liébana, por ilustrar...

—No es posible —los ojos le brillaron de excitación. Su pecho subía y bajaba agitado por la respiración acelerada.

—Ya hablaremos, que aunque la jornada sea corta, tenemos tiempo de sobra.

Poco después, mientras cabalgábamos, fui narrándole algunas de mis experiencias en la ribera del Tajo, obviando aquellas otras desventuras cruentas que padecí. Le hablé de las maravillas que había visto, esas cosas magníficas que sólo podían existir en Córdoba, verdadera capital del mundo. Y poco a poco, me fui ganando la confianza de doña Inés de Fernández, niña rica y caprichosa con afán pictórico, que no despegaba sus ojos —de un verde boscoso— del celeste de los míos. Su custodio entre tanto, igual que había hecho durante el trayecto, se mantuvo apartado pero sin quitarnos la vista de encima.

Pero cómo contarle todo lo que sabía sin asustarla, de qué manera podía atraerla hacia mí, seducir su ego sin nombrar mis vidas pasadas, sin entrar en detalles, sin hablar de aquella vez, por ejemplo, que devoramos a unos niños en la montaña. Cómo hacerme con el control de ese lado oscuro que subyacía, como en todos, bajo su delicada piel, tan frágil y al tiempo tan fuerte como la tela de araña. En estos tiempos sombríos en los que nos había tocado vivir, coexistir día tras día con el Mal nos hacía parcialmente inmunes, a la vez que nos impregnaba de su negra sustancia, filtrándose entre la piel y el músculo, extendiéndose por todo el cuerpo. Yo debía encontrar aquellos filamentos y tirar de ellos, hacerlos visibles a la luz, incorporarlos a mis manos para dirigir los movimientos de la mujer, hacerla mía, de mi causa.

—¿Cómo es vuestra relación con Dios? —le pregunté, cogiéndola por sorpresa.

—¿Perdón?

—¿Qué es lo que pensáis de Nuestro Señor?

—Ahora mismo no sabría deciros...

—¿No creéis que Dios es el fin de todo viaje? Uno de los mayores pecados del hombre sin lugar a dudas es el libre albedrío, al tiempo que su mejor bendición. No es esto una paradoja, pues sí es cierto que Él nos guía, pero no trazando nuestra vida como un sendero rectilíneo, sino interponiendo en el camino encrucijadas en las que nosotros tenemos siempre la última palabra, por lo que nosotros manejamos nuestro destino hasta cierto punto. He aquí lo que me maravilla de la tarea divina, delinear infinitas veredas que conducen a infinitos finales que en realidad son uno solo, que Él ya había planeado de antemano.

—Pero en este mundo salvaje que se precipita al abismo en el que vivimos, rodeados de muerte, donde se cometen atrocidades de proporciones bíblicas, ¿cómo saber cuál es el camino correcto?

—¿Qué es correcto? ¿Lo contrario de pecaminoso, tal vez? Hay quien reza para salvarse del Mal, sin entender que Bien y Mal forman parte de Él, nosotros también, todo es Dios. Alcanzar a comprender esto es hacerse uno con Nuestro Señor, alcanzar el Paraíso.

—Así, cualquier dirección que se siga será buena porque habrá sido creada por Él.

—Sí.

—¿Decís que da lo mismo lo que haga, porque de un modo u otro acabaré haciendo lo que Dios pensó en un principio para mí? Por favor, fray Cebrián, eso suena a grave herejía — comentó divertida.

—Y sin embargo, decís bien. Hasta el sendero más oscuro y tortuoso ha sido creado por Dios, y las almas negras y corrompidas que lo siguen no hacen más que, en última instancia, obedecer a los propósitos del Señor. Si bien después, en vez de arrepentirse se vanagloriasen de ello, tendrían más difícil su perdón el día del Juicio Final

—Entonces, será mejor ser buenos —rió, y yo la acompañé en las carcajadas con una mirada profunda. El caballo relinchó.

Como una extraña broma divina, nos desviamos de la ruta. Fue un descuido común de los tres, y a ninguno pudimos culpar salvo a nuestra falta de atención cuando quisimos darnos cuenta. Aun así, proseguimos adelante. Hice un par de observaciones graciosas acerca de cuantas provincias había atravesado en mi vida pero ella no se rió. Parecía preocupada por el camino a seguir. Mientras su lacayo dirigía la marcha, pensé en cómo me hubiera gustado poder dejar constancia de nuestra anterior conversación, pero sabía que ya no tendría tiempo de reconstruirla sobre pergamino. Parecíamos dos novatos que nunca habían viajado antes y saben el camino de oídas. Saboreé unos versos pícaros que le había escuchado a un juglar allá en Sevilla. Protestó ella porque no me oía, me preguntó qué murmuraba. Traté de bromear pero se enfadó un poco. Decidí esperar y quitarle hierro al asunto. Cambié de tema. Empezaba a refrescar. Más tarde fue ella la que comenzó a bromear. Dijo, más bien se le escapó, que discutíamos como si estuviésemos casados. Se sonrojó y volvimos a hablar del tiempo. Luego se hizo el silencio. Me costó mucho volver a arrancarle unas palabras y resultaron bastante banales. Enmudecimos otra vez. Al poco me contó algo de su casa, de su familia; de su madre dijo que era una mujer comprensiva con sus aspiraciones. No habló mucho de su padre, creí deducir de su relato que era un individuo al que le gustaba controlar la vida de los demás. Me descalcé. Este detalle insignificante pareció fastidiarle sobremanera. No comprendía la razón, traté de hablarlo pero fue mejor olvidar el tema. Bostecé, no hacía más que bostezar. Ella me preguntó si quería detenerme y dormir, yo negué. Íbamos sin prisa. El sol en descenso me escocía los ojos.

Ninguno abrió la boca durante un buen tramo. Unas lágrimas se me escaparon. Tarareé un poco casi sin darme cuenta, canciones de mi niñez que ella, curiosamente, conocía. Discutimos un poco las letras. La conversación dio un nuevo giro, tratando —de una manera superficial— asuntos cómo los conflictos entre magnates, o cómo iba la guerra. No entendí de qué forma, acabamos hablando de nuestro sentido de la orientación. Ella confesó tener miedo de perderse, a pesar de lo cual seguía viajando. Le había cogido el gusto a fuerza de ir de aquí para allá. Me pregunté si su propio temor le excitaba. Fui consciente de que la ponía, involuntariamente, nerviosa. No hablamos hasta pasado un buen rato. Lo hicimos sobre los insectos, que parecían querer comernos vivos cuando pasábamos bajo alguna sombra.

Al filo del anochecer, era ella la que hablaba, parloteaba sin parar, y yo no le hacía el menor caso. Inés se abrigaba con una manta de lana del frescor nocturno que a mí tanto me gustaba recibir. De repente, tropezamos con un accidente, un carro de dos ejes se había precipitado por la pendiente del camino y al salirse se había llevado por delante varios árboles enclenques antes de destrozarse contra las piedras de la ladera. Ralentizamos la marcha pero no nos atrevimos a parar. No se veía a nadie. Ni siquiera los animales de tiro estaban presentes, probablemente llevaba ahí varios días. Incluso así, no evitamos un escalofrío. Discutimos la trayectoria del carromato, cómo cayó, por qué, en qué estado pudo quedar el conductor. No nos pusimos de acuerdo. Lo dejamos estar y nos alejamos de allí presurosos. La noche nos seguía de cerca.

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