La Caza de la Serpiente: Capítulo 7

La Caza de la Serpiente Capítulo 7

Esa noche, doña Inés y yo hicimos el amor. Y cualquiera que piense que no fue un acto premeditado yerra, pues por qué si no iba yo a drogar al perro guardián en la cena. Bastaron unos pocos de esos polvos que adquirí en Toledo, y que guardaba en una fina caña, mezclados con el vino de mi bota, de la cual tuve buen cuidado de beber y de que lo hiciera mi joven compañera de viaje. Para nosotros abrí una jarra de sidra que nos fue avivando el ánimo mientras el escolta caía en un profundo sopor del que no hubiera salido ni plantándole un hierro al rojo en los pies. Así, en medio del bosque, sin más testigos que nuestras sombras, nos quedamos solos. La luna hizo jirones el velo del cielo y pensé hacer lo propio con el vestido de Inés. Risueña como un cascabel, echó a correr, saltando y riendo, cantando, llamándome. Después desapareció tras un corro de árboles. Agarré mi vaso y fui tras ella. El corazón me latía encabritado. Cuando ya me disponía a apurar la copa en mi garganta apareció, apoyada en un tronco vestida con solo una sonrisa. Nunca llegué a catar aquel último trago, que tomó la tierra por mí.

La agarré por la muñeca y la atraje hacia mí. Miré largo tiempo al abismo verde de sus ojos, y le susurré un estúpido ¿estáis ebria? Ella mostró sus uñas y las colocó sobre mi yugular.

—¿Quién eres realmente?

Acarició mi cuello y me llevó de la mano hasta el fondo de su alma. No hubo telas entre nosotros, tampoco timideces, sí intercambio de experiencia, movimiento compartido, chasquidos lobunos, enjuagues de saliva, tensión, carne prieta entre los dedos, entre las piernas, batir de tambores en las sienes, respiraciones acompasadas, chorros de fuego griego, gemidos, muchos gemidos, hidromiel, convulsiones a la par, cuerpos lubricados de sudor, relucientes bajo media luna, sabrosas marañas de pelo, el Señor así lo quiso, goce, espasmos de placer, uñas bajo los omoplatos, trazándome surcos de deleite... Nos despegamos no sé cuándo, mucho después. Inés se durmió, agotada. Yo busqué sus ropas y la vestí. Luego, me aparté hacia un claro, vacié en el suelo la bota de vino adulterado y me desplomé a los pies de una encina, extenuado, derrengado por el sueño.

Un fantasma vino a visitarme, un espectro cargado de recuerdos de otra noche, tan lejana en el tiempo que pudo haber sucedido hacía mil años. Moraba en una especie de celda monacal. El cuartillo solía estar a oscuras, aunque en esa ocasión se iluminaba tenuemente con la luz de una vela y las chispas de la piedra contra el filo. Millones de ojos compuestos de otros tantos insectos escudriñaban los muros en busca de alimento, en medio de montañas de polvo e irregulares columnas de libros enmohecidos, casi podridos. Un hombre, tal vez yo, afilaba su espada mientras rezaba en susurros. Le decía algo a su trémula silueta. Un sentimiento de pesadumbre comenzó a espesarse en la celda, en realidad sótano de un ruinoso edificio que le servía de santuario y madriguera, teniendo por vecinas a las ratas y cucarachas que se devoraban entre ellas como entretenimiento. Las amarillentas páginas de una biblia latina robada decoraban las paredes, haciendo el habitáculo más siniestro si cabe.

—Creo que el tiempo se me agota —dijo el hombre—, noto los dedos de la muerte en torno a mi cuello. Presiento un cataclismo, lo he visto escrito en el cielo y en las cenizas.

Recientemente, había tenido visiones con grandes legiones de muertos dentro de nubes de azufre, había visto al Arcángel San Miguel anunciándole su misión como centinela y defensor de la Palabra Divina.

—Pronto me reuniré con mi General.

Y allí, rodilla en tierra y empuñando la espada, con tiras negras de seda envolviéndole las manos se preparó para salir de su catacumba y cumplir con su papel de ángel exterminador.

Hacía frío y el aire era seco, desde el fondo de un callejón surgían los lastimosos quejidos de un niño pequeño, pero que con toda probabilidad eran producidos por un gato. El misterioso personaje se sentía fuerte y con ganas de hacerse meritorio a los ojos de Dios. Por eso había elegido aquella casa, cuyo nombre familiar significaba futuro y poder. Grandes eran los intereses puestos en el patriarca, a pesar de lo cual, sus custodios no eran enemigos dignos para el visionario. A menos que el Señor le llamara antes de tiempo, el amanecer lo encontraría de nuevo en su agujero. Atravesó con sumo sigilo la villa fortificada. Rezó por su alma y besó la hoja de su espada; el edificio le esperaba impaciente. Entró. No le costó librarse de los dos guardias de la puerta trasera. Sin embargo no se confió, era cuestión de tiempo el que descubrieran los cadáveres y se diera la voz de alarma. Subió al primer piso por la escalera de servicio, con mucho cuidado de no ser visto por un criado que velaba en la esquina opuesta del pasillo. La segunda planta era donde dormitaban los nobles del palacete. Dos enormes soldados le miraron desconcertados. Montaban guardia ante la puerta de la alcoba y su inesperada entrada, espada en mano, no les agradó en absoluto. No consiguieron desenvainar sus armas con suficiente rapidez. Un par de cabezas saltaron por el aire al unísono. Oyó voces tras de sí, otros dos hombres cargaban contra él. El más próximo trató de ensartarle, pero en su alocada precipitación fue abierto en canal de un solo golpe. El segundo, paralizado por la relampagueante muerte de su compañero, perdió la vida con una estocada al corazón. El asaltante irrumpió enseguida en la habitación, asestando mandobles de una forma brutal al matrimonio que no había acabado de salir de la cama, asustados, descuartizándolos en su propio lecho y huyendo inmediatamente después descolgándose por la ventana.

El último tramo de viaje. El río Orbigo quedó atrás. Para disgusto de su marcial acompañante, salimos tarde, sin apremio, como temiendo llegar a nuestro destino. Rodeábamos las montañas. Descendimos una cuesta que nos aceleró el paso, arrojándonos a un vallecito caluroso como el vapor de un caldo. Pasamos un río seco. Un villorrio quedó al margen del camino. Fuimos más rápido. Saludamos a algunos lugareños mientras nos alejábamos, dejando atrás las chozas. Sonó una vieja canción pastoril que se sobrepuso a nuestras voces, que tampoco describían nada: un par de accidentes del terreno, algún animal, el clima. El escolta no me quitaba ojo de encima, se le revolvían las entrañas cada vez que nos veía juntos. Tarareé un poco y hablé de vaguedades, un poco groseramente para llamar la atención de mi acompañante, que apenas me atendía. ¿Pensaría en lo sucedido en la arboleda? ¿Estaba arrepintiéndose? ¿Por qué si no acampamos en el claro del bosque, en vez de en alguna aldea cercana? Pasaban lentas las horas, ninguno de los dos hablaba. En medio de la sierra, cerros pelados sin una mala sombra, aunque se presentía la cercanía del bosque. Fui identificando con su ayuda los montes que nunca había visto antes. Seguí cantando estrofillas. Comenté el firme del camino, bastante malo, y ella me dio la razón. Encontramos un pequeño estanque. Descansamos en su fresca orilla el tiempo justo de comer una manzana. Divagamos un poco a dúo empujados por el aburrimiento. Más pastores con sus rebaños. Grandes terrenos pertenecientes a grandes señores. Campesinos recolectando algo, ajos, olía a campo y a ajos. El camino se ensanchó. Hablé de mi viaje a Granada. Charlamos sobre los diferentes sistemas de riego empleados por unos y otros desde los romanos hasta los musulmanes; hice hincapié en las innovaciones aportadas por estos últimos y que yo mismo había podido ver. Ella no pareció impresionada por mis conocimientos. Me discutía un poco sólo por fastidiar. Buscó algo en su alforja. Busqué yo también, sin saber el qué. Acabé enfadándome. Mi lenguaje se volvió un poco más soez. Necesité echar mano de mi autocontrol. El perro guardián estaba deseando tener una excusa para atacarme. El sol nos dañaba los ojos y nos protegíamos de él como podíamos. Vimos un carro a lo lejos, salido de ninguna parte. Discutimos amablemente sobre dónde estarían las poblaciones cercanas, tratando de orientarnos, dónde el norte y el sur. Nos dejamos llevar. Estábamos muy cerca. Silencio y paciencia. Llevábamos muchas horas de viaje. Hablamos sobre el tiempo perdido almorzando y admirando una ermita semiderruida. Nos manchamos al pasar sobre un charco. Bromeé con la forma de algunas rocas y ella se rió de un modo encantador. Como un mal agüero, se nos cruzó de repente un potro desprovisto de montura al galope.

El castigado cinturón de piedra que rodeaba Astorga quedaba ya a la vista cuando mi vejiga me lanzó un puyazo agudo. Mascullando una disculpa, arreé el caballo a un lado y me alejé del empedrado para calmar la imperiosa necesidad. Mi cuerpo descargó la orina, desinflándose a medida que encharcaba la base de un roble, y no había acabado de guardarme el pene en los calzones cuando una manaza se aferró a mi cráneo por detrás y precipitó mi cara contra la corteza del árbol. Todo se tornó negro por unos instantes; poco a poco la oscuridad se fue poblando de destellos.

—Hijo de perra —pude oír mientras recuperaba la visión y notaba como se derretía la nariz en mi cara. Un pie fue a clavarse brutalmente en mis riñones, haciéndome dar la vuelta en el aire. El rostro borroso del escolta me sonreía con los dientes apretados. Había desenvainado su espada—. Voy a destriparte como a un cerdo.

—¿En serio? ¿Y eso por qué?

—A mí no puedes engañarme, ni fraile ni demonio, no eres más que un farsante.

—Vamos, vamos, hombre, ¿celoso? No deberías estarlo, a buen seguro que yo no soy el primer amante de tu señora, pues la encontré bastante ancha para su edad.

Me arrimó una nueva patada que me partió el labio.

—Tengo razón, ¿eh? ¿Si no cómo consiguió ilustrar ese códice? Seguro que ejerció de barragana de algún magnate...

—¡Bastardo! No eres nadie para hablar así de ella... ¡Te mataré!

Doña Inés apareció de repente y se quedó perpleja al ver a su lacayo a punto de descargar su arma sobre mí. Enseguida comprendió lo que pasaba y se acercó entre risas.

—Deja a fray Cebrián, estúpido.

—Maldita sea, señora, dejadme un momento...

—He dicho que lo dejes en paz...

—Pero... pero él... pero vos... Yo...—su confusión le paralizó de pies a cabeza. Inés me tendió una mano y me ayudó a levantarme—. ¡Me drogó!

—No digas sandeces, maldito criado. Y mejor sería que te atuvieras a tus labores en vez de inmiscuirte en mi vida, si quieres seguir al servicio de mi tío.

—¡Señora...!

Me hubiera carcajeado a mandíbula batiente de no ser porque estaba medio mareado y con la cara entumecida y chorreando sangre.

—Vuelve al camino, Roldán.

La mujer mojó un pañuelo en el agua de su odre y me enjuagó las heridas sin que ninguno de los dos pronunciase una palabra. No sé lo que pasaría por su mente, en la mía se había corroborado que aquella a la que yo había tomado por criatura deliciosa e inocente no era más que otra mujer vulgar, otro pellejo contenedor de fluidos. ¡Cómo pude estar tan ciego! Empecé a sentirme enfermo, y a pesar de la sangre que llenaba mi boca, deseé ardientemente alcanzar una buena jarra de vino en la primera taberna de la villa para borrar el sabor de aquella hembra.

Llegamos. No sabría decir si Astorga estaba a medio construir o medio destruida. Pocos caballos vi, y parecía que los vecinos muchos menos a tenor de las miradas con que nos obsequiaron al llegar. De inmediato percibí que los desconocidos no eran muy bien recibidos, pero no se los podía culpar de ello, ocupados como estaban en plantar vigas de madera que apuntalasen sus casas y cortes. Distinguí en algunas caras y gestos que reconocían a doña Inés, pero nadie osó saludarla. Tampoco mis hábitos despertaron simpatías. Estaban para pocas misas, a pesar de ser día del Señor. El sol de mediodía empezaba a ocultarse tras nubes de tormenta venidas del norte, el vuelo de los pájaros me permitió adivinar que al caer la noche llovería. Era el día noveno de julio.

—Hemos llegado, señora.

—Sí. ¿Qué vais a hacer ahora?

—Lo primero presentarme ante el obispo y encontrar un lugar en el que hospedarme, después... Ya se verá.

—¿Tendréis problemas a ese respecto? Espero que vuestros hermanos de fe os hagan un hueco en su convento.

—No os preocupéis por mí. ¿Y vos, tenéis aquí vuestro hogar?

—Sí, y espero que en cuanto os hayáis instalado acudáis a verme. Sólo tenéis que preguntar por la Corte de don Munio Fernández, Conde de Astorga. Es mi tío.

—Así lo haré. Os lo prometo...

—Y traed ese libro vuestro también, así tendré oportunidad de examinarlo con detenimiento...

No hubo más en aquella despedida. Ella y su humillado guardián subieron hacia la plaza mientras que yo me desvié hacia la iglesia. La mirada de Roldán fue muy elocuente, yo se la devolví, aún no estaba dicho todo.

Una vez solo, calculé el tiempo que permanecería en la villa, que sería más del inicialmente pensado debido a mis desafortunadas heridas. Supuse que en dos o tres días proseguiría la marcha, hasta entonces la piel que me cubría, que ya empezaba a agrietarse, debía protegerme. Podía oler el peligro en el ambiente, tan próximo como la tormenta. Hasta mi marcha, debía planificar con sumo cuidado mis pasos. Presentado ante el diácono de San Andrés, conseguí alojamiento para mí y mi cabalgadura en los establos de la orden, en parte gracias a un generoso donativo que además ayudó a que se aceptase mi condición de monje itinerante sin preguntas. Pagada mi libertad de movimiento en la villa, atendí la llamada del vino.

En la taberna local, atestada de hombres dedicados a la construcción, aproveché para investigar qué se sabía de la familia de doña Inés y de ella misma. Siempre con discreción, me acerqué a las conversaciones de los más veteranos del lugar, que no eran muchos dado el severo azote con que las huestes de Al-Andalus y el propio Dios los castigaban año tras año. En conclusión, parecía ser que la chica no era apenas nadie en la casa, podría haber pasado por el pariente pobre del conde. Casi todos la consideraban una niña caprichosa que desobedecía a sus tutores con idioteces tales como sus afanes pictóricos. Su tío aspiraba a casarla y quitársela de encima cuanto antes, pero en aquel pueblo no había tonto que cargase con ella (con la excepción de Roldán, a mi parecer). Pero tampoco perdía el sueño por Inés, tenía entre manos problemas mucho más graves, y su propia familia le daba más que suficientes quebraderos de cabeza. Seguro que su vuelta, en vez de tranquilizarlo, aumentaba su desasosiego.

Borracho, regresé al convento cuando las primeras gotas comenzaban a precipitarse contra el suelo. Un relámpago iluminó las calles y el trueno las hizo vibrar. El cobertizo donde reposaban media docena de mulos, además de mi montura y yo, estaba bien resguardado, así que me acomodé entre el heno y la paja, junto al cálido cuerpo del equino, y dejé que el sonido de la lluvia calmase mi espíritu. Pensé que si yo fuera Dios, mandaría sobre la tierra un nuevo diluvio universal, y esta vez no avisaría a nadie, para ver quién era capaz de sobrevivir.  

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