La Caza de la Serpiente: Capítulo 8

La Caza de la Serpiente Capítulo 8

«El hombre nace con el Pecado anidado en su pecho, es un ser pecaminoso por naturaleza. En principio es pequeño, no más que un garbanzo, llevado ignorantemente. A medida que uno crece, se desarrolla en su interior con mayor o menor fuerza; sin embargo, cuando se hace consciente y mayúsculo, trasciende la carne y se torna Mal absoluto y diabólico, es corruptor del alma. Esto hace al hombre culpable de la iniquidad de la tierra. En eso consiste el Pecado Original, y no se va con agua sino con la muerte». Un terrible discurso el del obispo de León el día que regresaron de San Vicente. Nuño era más joven entonces y más impresionable con las palabras que con hechos. Aquel día, en vez de ser felicitados por la heroica hazaña realizada, por la suicida resistencia, fueron aleccionados en contra del Mal, una peste terrible, que podía padecer cualquiera y que cualquiera podía contagiar. El obispo puso la semilla de la paranoia en aquellos corazones guerreros. Mucho más tarde oyó Nuño hablar a otro clérigo de amor fraternal entre los pueblos, y le sonó tan extraño que le supo a herejía. No fue el único, pues el religioso en cuestión fue ajusticiado segundos después de su afirmación.

Si se le venían aquellas cosas a la cabeza era porque había visto las marcas de latigazos en la espalda de Grañón cuando este se bañó en el río. Por como la tenía se podía dilucidar que el vergajo del sayón de turno le había levantado la piel en más de un centenar de ocasiones. El bandido, convertido en guía y compañero de viaje, parecía inofensivo puesto en remojo. Su cuerpo, contrahecho y delgado en extremo, le asemejaba a un niño enfermo. Un niño que, sin embargo, no se desprendía de su daga ni para bañarse. Grañón se sentía nervioso al abandonar el bosque que tan valioso le era como refugio y hogar, a salvo de la comunidad.

Pasadas las ruinas de Clunia y la hora nona, el Duero estaba ya muy próximo. Apenas prestaron atención a las pequeñas agrupaciones de chamizos —difícilmente podían llamarse aldeas— que explotaban la fertilidad de la ribera fronteriza en derredor de la fortaleza de Peñaranda, que se distinguía sobre su cerro en la lejanía. Cabalgaban con paso tranquilo, Nuño en su Belfudo, Grañón en un mulo fuerte que había costado cuarenta sueldos y que había empezado a cojear a poco de salir de Arandilla. Tras emplear un buen rato en desclavar una piedra del casco de la pata trasera izquierda y hacerle una cura de urgencia, prosiguieron la marcha. Para hacerla más amena, ya que el paso lento era obligado y por tanto, propenso al aburrimiento, Nuño entabló conversación con Grañón.

—¿Qué sabes de esa Leonor?

—Es una mala bestia. Preciosa, pero más peligrosa que una loba herida. Y rápida con el cuchillo. Lo único que le importa es su vida y su negocio. Es muy lista, dicen que hasta sabe leer, pero además es que es una superviviente; todo lo ha conseguido a base de mucho fornicar e intrigar. La taberna, por ejemplo, pues supo hacerle el juego a dos bandas rivales que acabaron matándose mutuamente y ella terminó dueña de todo el negocio. Ya se sabe, lo que no consigan los encantos de una hembra...

—No lo consigue ni Dios —completó.

—A muchos no les gusta que sea una mujer quien esté a cargo del negocio, pero no se atreven a mover un dedo porque saben que son más los que están a favor de Leonor. Nadie podría, como ella, establecer relaciones con el poder. Ellos se llevan parte de los beneficios y todos contentos. Ni un judío podría planificarlo mejor.

—Todos ganan, ¿eh?

—Algunos la llaman la Reina de los Ladrones, pero hasta yo reconozco que no es para tanto, más tarde o más temprano alguno de sus enemigos la ensartará y la partirá en dos, y a buen seguro que será en la cama donde muera.

Esta última observación no le gustó a Nuño, que aspiraba a encontrarse de nuevo con Leonor y terminar lo que empezó, tal vez cuando atrapase a la serpiente. Dejaban de lado una pequeña aldea cuando algo les llamó la atención.

—¿Qué pasa ahí?

Pocos metros adelante, un grupo de personas, todos hombres, rodeaban una casa esgrimiendo los aperos de labranza, garrotes y mazas, con aires furibundos. Unos lanzaban piedras contra la pequeña construcción, otros arremetían contra los animales que no habían sido guardados en el corral. Un puñado de mulas atadas a un árbol cercano observaban nerviosas el espectáculo. El griterío junto con el coro de rebuznos era ensordecedor. Nuño contó tres gallinas muertas a pedradas, un cordero descalabrado que temblaba en su agonía junto a un rastrojo, y doce individuos dispuestos al asalto. Cuando los vieron aparecer, los sitiadores cesaron en sus voces y los observaron con detenimiento, aferrados a sus armas. Uno de ellos, el que parecía capitanearlos, que se alzaba en más de dos metros del suelo, más de ciento diez kilos de puro músculo, peludo como un oso, con la cabeza unida a los hombros por un anillo de grasa y un martillo de herrero en las manos, los saludó con un gruñido.

—Buenos días, amigo —saludó Nuño de Oca.

—Buenos los traiga Dios... ¿De dónde venís?

—De Caleruega, y vamos hacia Peñaranda del Duero — dijo Grañón.

—Pues todavía os queda buena jornada...

—Sí, decidme, ¿qué hacéis? —preguntó Nuño de Oca—. ¿Qué es lo que ocurre?

—Cosas nuestras, señor. Nada que nosotros no podamos resolver.

—Tú eres navarro, ¿verdad?

—Cierto, señor. Pero ahora vivo aquí, con mi familia.

—¿Todos estos son tu familia?

—Hermanos y primos, sí señor, y alguno más que falta...

—¿Y esa casa...?

—Nos ha sido robada, pero no tardaremos en recuperarla. Es cuestión de tiempo.

No había acabado de decirlo cuando la puerta de la casilla se entreabrió y un rostro apagado, macilento, se asomó. Un hombre de unos cincuenta años, moreno, con el miedo incrustado en la carne, los miró un instante y se apresuró a cerrar. El llanto de un niño pequeño estalló en el momentáneo silencio. Nadie se movió.

—Tenemos que irnos —susurró Grañón, tirando de las riendas de Nuño.

—Llevad buen viaje e id con Dios —despidió el navarro, rascándose las pobladas barbas, sonriente. Belfudo relinchó, en desacuerdo con la decisión, pero se puso en marcha, obediente. Un oscuro cuervo, que todo lo presenciaba desde su atalaya en lo alto de un pino, pareció reírse de los dos hombres que regresaban al camino. Apenas habían recorrido una decena de metros cuando se reanudó el jaleo. El calor vespertino animaba a los insectos a atacarlos, y el mulo de Grañón no parecía dispuesto a caminar, por lo tanto, volvieron a detenerse.

—Qué calor más malo —dijo Grañón, buscando una sombra bajo la que resguardarse—. Si bastase la luz de una antorcha para iluminar el camino yo viajaría siempre de noche y pasaría el día durmiendo. Se avanza más, os lo digo yo; con luna llena he llegado a recorrer en una noche lo que otros en dos jornadas completas. El frescor ayuda a correr, todo lo contrario que este fuego abrasador, que adormece y fatiga a poco que dé el sol. Por la noche se siente uno más ligero, más despierto, bueno, más despierto si hubiese descansado antes, porque con este paso no puedo con mis huesos... ¿Me estáis escuchando?

—No.

—Ah, ya, estáis pensando en los de la casa de antes. No os conviene meteros en disputas que ni os van ni os vienen. Es práctica común eso de asediar al vecino para arrebatarle la casa, no debería importaros, y menos tratándose de un judío.

—¿Judío?

—Seguro, ¿no le habéis visto la cara? Tenía nariz de judío.

—No sabía que hubiera judíos por estas tierras...

—Y menos que habrá, esos navarros y demás gentes del Norte llevan viniendo en oleadas desde hace más de cien años, creyéndose los amos de todo; mediante la presura familias enteras se quedan con grandes cantidades de tierra, luego se enfrentan a sus vecinos y los echan a patadas. Si son judíos o mozárabes, encima cuentan con el beneplácito de las autoridades. Ese judío tiene las horas contadas, una vez me contaron que a uno de estos, allá por Simancas, le quemaron la casa con él y su familia dentro... Fue una lástima porque hubo que reconstruir el edificio... ¡Y luego dicen de los ladrones!

—Vaya, vaya...

—Pero nosotros no podemos intervenir.

—Es cierto, no podemos retrasarnos más.

—Eso, eso. Dentro de poco anochecerá... No hemos avanzado nada... ¡Maldito mulo! Vale menos que la mierda que caga.

Nuño miraba al horizonte serrado, como esperando una señal. Grañón temía que llegase. Contuvo su nerviosa verborrea, tragó saliva y cerró el puño en torno a su cuchillo. El castellano seguía con aire ausente. Las nubes en lo alto formaban enigmáticos dibujos, constituyendo el mapa de un mundo desconocido, de continentes níveos que vagaban a la deriva por un intenso mar azul.

—¿Por qué crees que voy detrás de ese homicida, Grañón? —Habló de repente, en tono fúnebre, Nuño de Oca, cogiendo al otro por sorpresa.

—No sé. La verdad es que no se me ocurre una buena razón, ya que no os mueve ni la venganza, ni el deber, ni...

—El deber, tal y como tú lo entiendes como trabajo, no. Pero, llega un momento en que uno no tiene más remedio que hacer lo que debe hacer.

—¿Qué?

—No lo entiendes porque no eres más que un ladrón.

—Es verdad, soy un ladrón y no lo entiendo.

—Mira, podríamos irnos ahora, tranquilamente y sin mirar atrás, ¿cierto? Podríamos dejar a ese judío o lo que sea a su suerte, y nadie podría echárnoslo en cara.

—Bien cierto es.

—Sin embargo...

—¿Sin embargo, qué? —Grañón murmuró una blasfemia para sí.

—Sin embargo, no vamos a hacer eso.

—¿No?

Nuño mostró su sonrisa más feroz y Grañón no pudo tragar más.

¿Recordáis al cuervo del que os hablara más atrás? Espectador de excepción desde su posición privilegiada, en las alturas, desde donde dominaba el amplio decorado en el que estaba a punto de transcurrir la acción. A decir verdad, ésta llevaba ya un buen rato transcurriendo, con los primos y hermanos del gigantesco navarro aullando como fieras alrededor del cobertizo, profiriendo amenazas, insultos, blasfemias, arrojándoles carne podrida y excrementos por las ventanas, dispuestos a incendiarlo todo, a envenenarles el pozo, a todo. El vino que unos habían traído desde la bodega de la aldea inflamaba los ánimos por momentos de tal modo que los ojos les llameaban de rabia. Dentro de la caseta, sumidos en la penumbra, un hombrecillo, su esposa y dos criaturas, se abrazaban atemorizados, rogando a su Dios por sus almas, que sus cuerpos ya los veían condenados a no ver un nuevo amanecer. El asedio, el hostigamiento al que estaban siendo sometidos desde hacia varios días, estaba a punto de volverlos locos; sólo querían morir cuanto antes.

Eh, qué es eso, comenzaron a decir algunos, los menos borrachos, cuando escucharon como un redoble de tambores, aproximándose, cada vez más fuerte, más rápido. Son cascos de caballo, no tambores, reconoció uno que había luchado en el frente. ¿Caballos? Caballo y un mulo, para ser exactos, pero eso no lo supieron hasta verlos, y para cuando quisieron verlos ya los tenían encima, literalmente. Belfudo arrolló a un hombre que llevaba una horca. El silbido los asustó más que el ruido de los cascos. El silbido de la espada girando en el aire, trazando círculos de muerte en derredor, círculos que atraparon a otros dos campesinos y los convirtieron en cuatro mitades. Pero lo peor de todo, lo que en verdad resultaba terrorífico, era ese otro sonido que se sobreponía al silbido de la espada, al repiqueteo de los cascos, el grito de guerra de Nuño, arrancado de sus entrañas, bestial y desgarrador. Hasta el cuervo saltó de su rama para ponerse a salvo, pero enseguida se percató de que precisamente él era el único que no corría peligro. Siguiendo los pasos del castellano, iba Grañón, más sigiloso, menos espectacular pero igualmente efectivo. A pie, armado de espada corta y cuchillo, se aprovechó del desconcierto causado por su entrada en escena y de que toda la atención parecía centrarse en el milites de Oca, para bajar de su cabalgadura y traspasar con sus hojas los cuerpos de los campesinos. Unas estocadas rápidas y precisas, y llegaban muertos al suelo. Pero los colonos navarros no se dejaron intimidar mucho más. Su líder, aquel ser más semejante a un plantígrado que a un humano, martillo en ristre, cargó contra la montura al más bárbaro estilo y logró derribar a Nuño. Se entabló entre los dos un violento duelo cuerpo a cuerpo, los hermanos y primos acudieron en tropel a ayudar a su pariente y pronto descargaron sobre el infanzón una salvaje tromba de golpes. Grañón consiguió abrir un hueco entre aquella masa de gente a base de tajar a diestro y siniestro, entonces el infanzón se puso en pie, recuperó su arma, y hasta el cielo se tiñó de sangre.

El cuervo entendía a la perfección lo que sucedía quince metros más abajo. Encogido, guardó silencio mientras se repartía muerte, y sólo cuando se hubo hecho el silencio, abrió el pico para cantar una alabanza. Desgraciadamente, los cuervos sólo saben graznar, pero aun así, Nuño intuyó lo que trataba de hacer el pájaro negro y le agradeció el detalle con un saludo marcial. A sus pies, se esparcían cadáveres amorfos, ensangrentados hasta el último centímetro de piel. Él mismo estaba cubierto de plasma sanguíneo, propio y ajeno, y vísceras. Se mantenía erguido no sabía cómo, pues no había parte de su cuerpo que no le doliese. Un poco más apartado, Grañón recuperaba el conocimiento, el aliento y la consciencia de que también estaba herido. Belfudo bufó tranquilo y pateó el suelo en señal de victoria.

El crujido de una bisagra acompañó al movimiento de la puerta al abrirse. El hombrecillo moreno emergió del quicio, menos asustado, confuso, sin saber qué pensar de lo que acababa de ocurrir en sus terrenos. Nuño trató de sonreírle, explicarle que ya no tenía nada que temer, quiso decirle: Mira, aquí tienes a tus vecinos, nunca más volverán a atormentarte, pero simplemente se desmayó.  

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