La Caza de la Serpiente: Capítulo 10

La Caza de la Serpiente Capítulo 10

Estaba en un paraje brumoso, solitario y oscuro, o lo que era lo mismo, ciertamente siniestro. Un disonante rumor le envolvía, sin permitirle pensar con claridad. El viento parecía soplar de todas partes y de ninguna, pues tan pronto estaba envuelto en un suave torbellino, que reinaba la más absoluta quietud. En torno a él se alzaban unos mortecinos árboles, delgados y nudosos como los brazos de un anciano, que se elevaban hasta el negro cielo en desesperada plegaria, formando una extraña cúpula enramada, una jaula de barrotes retorcidos que le aprisionaba. Se sentía como un insecto atrapado en una tela de araña. Sin calzado, sin armas, vestido sólo con un sayo y una sensación de desasosiego. No era la primera vez que se encontraba desarmado, y sin embargo nunca antes se había visto tan indefenso. Sus curtidos puños nada podían resolver en la niebla, entre los árboles. Abotargado por semejante escenario y la fluctuante algarabía que deshojaba sus nervios como una perversa enamorada, únicamente podía gritar de rabia, pero su voz no se propagaba más allá de sus labios, ahogada aun antes de salir.

Entonces escuchó un siseo. Provenía al tiempo de todas partes y de ninguna. Cada vez más próximo, más cercano, acompañado del conocido susurro que producen al reptar los anillos de una serpiente sobre la hojarasca. Girando a su alrededor. Rodeándole, estrechándose lentamente, acercándose cada vez más. El miedo comenzó a apoderarse de él. Un miedo como nunca antes había experimentado. En ese instante, una figura fue emergiendo de entre las tinieblas, solidificándose, y cuando Nuño vio sus ojos, despertó.

El infanzón castellano estaba desorientado, pero reconoció enseguida que el lugar en el que estaba tenía poco que ver con el de su delirio, aunque tampoco podía explicar cómo habían llegado Grañón y él a aquella carreta. Descubrió sus armas y sus ropas apiladas tras de sí, junto a una infinidad de cacharros domésticos, y a un niño agazapado a los pies del bandido, durmiendo ambos con gran serenidad. Notó la boca pastosa y el cuerpo cubierto de un desagradable sudor pegajoso. Había tenido un poco de fiebre. Se palpó las heridas y las descubrió vendadas y hasta cosidas. Al moverse, el dolor le hizo rechinar los dientes. Seguía con vida, y al parecer, en buenas manos. Prestó oídos al entorno y distinguió voces de hombre y mujer conversando en el exterior, un cuchicheo indescifrable. También le llegó el olor a quemado de una hoguera, el de una sopa calentada en la misma, el sudor de los caballos y otro que no logró identificar. Con mucho cuidado, se arrastró hacia fuera. El niño pareció abrir un ojo cuando pasó cerca de él, pero le ignoró y continuó con su dormir. Nuño se encontró con la noche, estrellada y agradable, y una pareja que se quedó de piedra cuando le vieron aparecer medio desnudo.

—¿Qué hacéis? —articuló con dificultad el hombre. Nuño de Oca no respondió inmediatamente. Estiró sus músculos, haciendo chasquear sus articulaciones y gruñendo por las punzadas de las heridas.

—¿Tú eres quién me ha curado?

—Sí, señor.

—Has hecho un buen trabajo, las puntadas son algo burdas pero a estas alturas poco importa una cicatriz de más.

—Yo... hice lo que pude...

—Nada se te puede reprochar. ¿Tienes vino?

—No deberíais... —enseguida se interrumpió y, levantándose, le tendió una bota que el viejo soldado cogió al vuelo y se vació en la boca casi sin respirar.

—Gracias, y ahora cuéntame, quiénes sois y cómo hemos llegado mi guía y yo hasta vosotros...

—¿No recordáis? La casa asediada... Con vuestra intervención nos salvasteis a mi familia y a mí de una muerte segura.

—Ah... Tú eres el judío.

—Sí, señor, mi nombre es Isaac.

—Apea el tratamiento, amigo, soy Nuño. Sólo Nuño. Dime Isaac, dónde estamos.

—Bueno... acabamos de dejar Peñaranda.

—¿Cómo?

—Llevamos una jornada de viaje hacia el este... Partimos en cuanto estuvisteis en condiciones de viajar.

—¡Huisteis, querrás decir!

—No teníamos alternativa. Era del todo imposible quedarnos en la aldea después de la matanza. En breve acudirían más hombres y soldados del conde para dar cuenta de nosotros... Sé lo que estaréis pensando, pero no creáis que luchasteis en vano, de no ser por vos no habríamos tenido ninguna oportunidad. Probablemente creeréis que soy un cobarde, pero mi deber es velar por los míos.

—Como te he dicho antes, no se te puede reprochar nada

—Nuño se sentó en una piedra junto a la débil fogata, con ojos tristes—. Perdóname, amigo. A veces olvido que no todo el mundo se rige por la ley de la espada.

—Anda, Sara, tráele algo de comer a... Nuño.

La mujer, silenciosa, se levantó presta a obedecer, pero la mano del militar se aferró a sus faldas y la frenó en seco cuando pasó por su lado.

—Mejor un poco más de vino, si hay, por favor —le dijo él con una media sonrisa.

Más tarde, el matrimonio se fue a dormir bajo un pequeño toldo que habían instalado entre dos árboles, a unos metros de la carreta. Nuño oyó el llanto de una criatura y cómo la madre lo acallaba con una nana en su propia lengua. Él se quedó solo, con un odre de vino de buena calidad, con una manta sobre los hombros y la vista posada en las ascuas. Sus pensamientos derivaron hacia la melancolía, como si el dolor de sus huesos le hubiera despertado viejos recuerdos de la infancia. Buscó aquellos instantes felices en los que no necesitó una espada para sentirse bien. Pensó en su padre, y lo comparó con el judío que acababa de conocer. Enseguida supo que su progenitor nunca hubiera huido, les habría plantado cara a todos aquellos asaltantes, dándole a su esposa un cuchillo para que, en caso de que él cayese en la batalla, se matase junto a sus hijos. Nuño incluso se obligó a recordar si no habría ocurrido algo similar alguna vez. Por su parte, él no tenía hijos, al menos ninguno que fuese a reclamarle la paternidad, así que jamás se vería en la misma disyuntiva que el judío. Trató de ponerse en su lugar, imaginar la pugna interna de Isaac, ¿huir o luchar?, ¿familia u honor? O tal vez nunca ocurrió y siempre tuvo claro qué debía hacer. Ya poco importaba. El vino lo fue atontando, y sus planteamientos se fueron yendo por etílicos vericuetos hasta desaparecer vencidos por el sueño.

Amaneció el vigésimo primer día de junio, décimas calendas de julio, miércoles. La mañana se presentaba sofocante, y probablemente una tormenta se les viniese encima mediado el atardecer. En León habría mercado, y en el camino junto al río Perales la carreta de Isaac se disponía para la marcha. Sara, la esposa, iba sentada junto a su marido con el bebé en un canasto entre ambos. El otro niño en la parte de atrás del carro, mirando con curiosidad a la pareja de viajeros. Grañón —en mejores condiciones de salud que el milites— montaba un precioso caballo trigueño, con toda seguridad robado a los caídos en el pasado encontronazo. Desconfiaba de los judíos, aunque parecía llevarse bien con el chiquillo, al que había enseñado, en secreto, algunos trucos de timador. Nuño de Oca, sobre un Belfudo intranquilo, soportaba a duras penas un terrible dolor de cabeza. Isaac había tratado de convencerlo para que permaneciese con ellos unos días más, hasta que cerrasen mejor sus heridas, pero Nuño no estaba dispuesto a perder más jornadas de viaje. La mujer, por el contrario, pareció satisfecha con su despedida. El adiós fue sobrio y rápido.

Arreados los animales de tiro, el carro partió con paso vivo. Isaac deseaba alejarse lo más rápidamente posible de la comarca, ante la posibilidad de que los navarros supervivientes y sus familiares se hubiesen lanzado en su busca. Por su parte, los dos jinetes no se movieron de donde estaban, con la mirada puesta en el menguante vehículo. Cuando ya no fue más que un punto en una nube de polvo, partieron en dirección contraria. Iban sin provisiones, sólo una mínima reserva de agua, y confiaban en alcanzar Peñaranda al anochecer. El yantar dependería de lo que lograsen cazar. Durante un buen rato ninguno habló. Uno afectado por la resaca, el otro rumiando para sí sus pensamientos. Una vez más, fue Grañón el que dio cerrojazo al mutismo y le contó una historia a Nuño que decía así:

—Un cristiano, un musulmán y un judío estaban hablando del poder de sus religiones. El cristiano dijo: «Sé que mi religión es la verdadera, pues estábamos padeciendo una sequía terrible en mi comarca, mi familia y yo estábamos a punto de morir de hambre y sed, cuando me puse a orar fervientemente y entonces ocurrió el milagro: mientras sobre todo el campo lucía un sol achicharrante, en mis tierras caía una lluvia torrencial: todo alrededor era sol y en mi campo era lluvia; gracias a eso nos salvamos yo y mi familia». El musulmán no quiso ser menos y contó: «Sé que mi religión es la verdadera, porque estaba en el desierto y me sorprendió una tormenta de arena, y mi camello y yo estábamos a punto de ser cubiertos por las dunas, y cuando ya casi no podíamos respirar, me puse a orar y entonces ocurrió el milagro: todo el desierto era una tormenta y alrededor de mí había una calma total, gracias a ello pudimos llegar a un oasis y salvarnos». Y por último, el judío habló de tal manera: «Sé que mi religión es la verdadera, porque estaba dando un paseo alrededor de mi casa el Sabbatt y me encontré una bolsa en el suelo, rebosante de sueldos de plata, pero como era Sabbatt no podía agacharme a cogerla, pero entonces ocurrió el milagro: todo a mi alrededor era Sabbatt, pero cerca de mí y del saquillo no lo era».

El bandido puso punto y final al relato con sus ruidosas carcajadas. El rostro del castellano permaneció inalterable.

—¿Por qué atacaste? —habló Nuño, frío—. ¿Por qué me ayudaste contra esos malnacidos?

—No sé, supongo que me dejé llevar por vuestro ímpetu.

—O tan sólo querías matar a alguien...

—Es posible. No soy de los que le hacen ascos a una buena pelea...

—Aquello no era una pelea, sino una batalla campal.

—Os he visto luchar, sabía que no tendríamos excesivos problemas; además, muchos de ellos estaban borrachos...

—Y si la cosa se ponía fea siempre podías escapar, ¿no?

—Por favor, me ofendéis —pero su sonrisa delataba otra cosa.

La plaza fuerte que tanta sangre había visto correr les dio una fría bienvenida. No eran días propicios para viajar por la zona. Aquella comunidad, como todas las fronterizas, vivía en un permanente clima de inseguridad material y mental, embebido en sus propias obsesiones. Todo era extremismo llevado a las últimas consecuencias; los religiosos lo eran en exceso, acusando y condenando por ejemplo a las prostitutas, causantes siempre —según ellos— de toda enfermedad y todo mal que acechase a los vecinos. Otros arremetían contra aquel cuya piel o religión fuese distinta de la suya; había quien veía monstruos dignos de aparecer en el Apocalipsis en todas partes. Y por supuesto, estaban los que no toleraban la presencia de mendigos, nómadas y forasteros. Lo que dice un pueblo en constante pie de guerra consigo mismo.

Hicieron noche en una lúgubre posada que alquilaba unos pequeños cuartos en la parte de atrás de la casa, donde compartían sueño y espacio cinco o seis personas en cada uno. No hubo pesadillas, ni escenas oníricas más agradables, sólo una desconexión total del mundo, un plomizo sopor que sólo las voces y patadas del patrón lograron despejar a la mañana siguiente.

Peñaranda no tenía mucho que ofrecerle a Nuño, no así a Grañón, que ya conocía el lugar y sus posibilidades para quien careciese de escrúpulos o ándase sobrado de sueldos. Acordaron separarse y reunirse pasada la hora del yantar en la posada. Nuño deseaba estar solo, para investigar y para pensar, y la compañía interesada de Grañón le desagradaba de nuevo. Dispuesto a averiguar todo lo posible acerca del crimen del que le hablase Leonor, recorrió la villa y habló con todo aquel que podía saber algo. Al tiempo, trató de informarse de si había llegado a oídos de la autoridad su choque con los navarros.

Pasaron dos días más, solsticio de verano incluido. Celebrado de manera desenfrenada por los lugareños, ayudó a que a más de uno se le soltara la lengua. Del homicidio supo que, cuando se encontraron los dos cadáveres maniatados alrededor de un árbol, desnudos y degollados, cubiertos de moscas y medio devorados por las alimañas, se pensó inicialmente que se trataba de una pareja de campesinos ejecutados por bandidos o moros. Pero cuando alguien comentó que los criados de Anselmo y Giselda, un matrimonio de nobles ancianos, llevaban una semana buscándolos por los alrededores porque habían desaparecido sin dejar rastro, se supo, sin necesidad de localizar entre el amasijo de carne que eran sus caras un rasgo que los identificara con facilidad, que la batida había terminado. En efecto, uno de los que dieron con los cuerpos así lo corroboró, el hediondo cuadro se completaba con el extremo de una cuerda asomando por la boca de la anciana, como una lengua hinchada, oscura de sangre y hecha tragar cuando la mujer todavía se mantenía con vida. Les habían robado sus joyas personales, que no eran pocas; sus vestidos nunca aparecieron y no se atrapó a ningún culpable, aunque en un primer momento se acusó a uno de los sobrinos de la pareja y a un criado, que salvó la vida a duras penas. A decir verdad, recabar esta información le costó a Nuño mucha plata, paciencia y vino, pues muy pocos parecían dispuesto a hablar, más temerosos de invocar con sus palabras al demonio que a los guardias de la plaza.

Poco escuchó de navarros o judíos, aparte de la vaga noticia de que habían muerto unos cuantos aldeanos en una pelea, sin más datos ni explicaciones, por lo que juzgó Nuño de exagerado a Isaac, y comprobó que, en apariencia, bastante tenían las fuerzas del conde con mantener el orden dentro de los muros como para ocuparse de rencillas de colonos. También creyó ver a Grañón en oscuros tratos con un individuo embozado, imaginó que serían cosas de ladrones, y aunque procuró tener su arma cerca, no receló demasiado.

Por fin, obtuvo un dato relevante que parecía indicar una nueva etapa en aquel camino de la muerte que estaba siguiendo. Al parecer, un mes antes del crimen de Anselmo y Giselda, al otro lado del Duero, en las inmediaciones de Ayllón había aparecido un fulano al que habían robado, atado y finalmente estrangulado. Aunque el tiempo transcurrido entre un hecho y otro fuese tanto, e implicase una muy difícil explicación de dónde estuvo y qué hizo el homicida durante esos treinta y tantos días, el de Oca estaba seguro de que se trataba del mismo hombre. Sus deducciones no eran nada alentadoras, sabía que mataba a hombres, mujeres y niños sin distinción ni razón aparente; que les robaba era secundario, porque no usaba otro criterio de elección que el que se cruzasen en su camino. Mataba con regularidad, casi en cada etapa de su viaje, etapas que parecían variar en duración.

Nuño de Oca no quiso entretenerse más, y antes de que aumentasen sus dudas, tenía que ratificar su intuición sobre el nuevo homicidio. Buscó a Grañón y no necesitó de muchos argumentos para hacerse seguir. El bandido parecía dispuesto a la aventura, y al parecer, también le convenía alejarse unos días del pueblo y ganarse la soldada que le ofrecía el caballero. Deudas de juego, supuso el infanzón. Una vez más, partieron.  

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