La Caza de la Serpiente: Capítulo 11

La Caza de la Serpiente Capítulo 11

Astorga se escapa a mis ojos como el agua entre los dedos. No sólo la ciudad, la tierra, toda la cúpula celestial, parecen formados por borrones que se solapan unos a otros, impidiéndome apreciar un asidero al que agarrarme en medio de semejante babel visual. De igual modo percibo el sonido, pues no distingo ruido ni voces, sino que me llega una argamasa cacofónica en oleadas; a veces, un tremendo escándalo, y al segundo, una gran paz. No estoy asustado por ello. Todas estas sensaciones me resultan familiares. Sé a lo que preceden. Tampoco me resulta desconocido el intenso dolor que padecen mis músculos, como si estuviesen sometidos de forma constante a una gran tensión. Tengo una sed que no se calma ni con agua ni con alcohol. Conozco remedios médicos que me ahorrarían este sufrimiento, pero prefiero experimentarlo, me hace sentir más vivo, hipervivo.

Este es el segundo día que estoy en semejante estado, y hoy se ha agravado. Permanezco encerrado en mi celda monacal, con órdenes de que nadie moleste mi recogimiento. Ya no acudo al refectorio, sino que me suben un poco de comida y agua al cuarto. Los monjes me tienen algo de miedo, puedo sentirlo en su forma de mirarme, de andar, el temor impregna su sudor, les tensa la vejiga. Dos veces visité la capilla para orar, y ahora lo hago aquí; plegarias que yo mismo invento dirigidas a Dios, pronto estaré contigo, le digo, pero no demasiado pronto.

Los últimos acontecimientos no están muy claros en mi mente. Conservo la imagen de una mujer, gritando, gimiendo tal vez. Mis manos se cierran en torno a su cuello mientras me abro paso entre sus piernas, preparado para ofrecerle pasión y muerte, absorbiendo su miedo, alimentándome de él, amasando su carne estremecida sobre una mesa. Serás uno con el diablo, le digo y ella desboca los ojos llenos de pánico, boqueando como pez fuerza del agua. Ya no recuerdo más. Mi cabeza anda confusa por su reordenación. ¿Quién es ella? Tiene asociado el nombre de Inés de Fernández... Ah, todo es tan confuso... Dentro de poco habrá pasado y estaré más cerca del final. Voy preñado de otra esencia que poco a poco va aflorando. Me duelen mucho las mandíbulas y los ojos.

Percibo un extraño olor, familiar pero indescriptible. ¿Azahar? No sé. Seguramente será cosa de mis alterados sentidos, pero no puedo evitar pensar dónde lo habré olido antes, qué significa. Estoy muy solo. ¿Es de día o de noche? No puedo saberlo pues mi celda carece de ventana. No tengo más que un camastro, un candil y una palangana. Me rondan insectos, creo que algunos hasta se han atrevido a trepar por mi cuerpo mientras dormía. La verdad es que dado mi estado actual no he sentido sus patas por mi piel, pero he visto cucarachas en mi lecho. Y ratas negras en las esquinas de mi celda. Pero podrían ser alucinaciones, o sueños, pues me resulta difícil distinguir cuándo estoy despierto y cuándo dormido. He visto buitres devorando la carroña, un lince, un cuervo con el plumaje ensangrentado, y las nubes volando a toda velocidad sobre una tierra en llamas.

Estoy muriéndome; fray Cebrián se está muriendo, más bien. Entre tanto, mientras se va forjando en mí otro ser, he dejado mi libro al cuidado del diácono de San Andrés, que como hombre inculto y mezquino, sé que lo esconderá como un tesoro sin preocuparse de su contenido, que de todas formas dudo mucho que supiera leer. No concibe emplear el poder de Dios más que para llenarse la barriga, adorando antes un plato de estofado que a los santos de la Iglesia. A pesar de esto, bajo su custodia mi legado estará seguro, listo para la posteridad. Lo he hecho así porque creía necesario que la última etapa de mi viaje no había de ser yo quién la relatase, sino los cronistas reales en sus códices, los testigos en forma de cuento, los obispos en sus diatribas, los bardos en sus cantares... Estoy temblando y es de excitación.

Me pregunto qué pasará, qué planes tendrá esta nueva encarnación. Me gustaría que arreglase ciertas cuentas pendientes mías, como escarmentar al criado de doña Inés, ese maldito de Roldán. Podría, qué sé yo, citarlo en alguna callejuela o en las afueras de la villa, y golpearle en la cabeza hasta que los ojos se le desprendiesen de las órbitas, o patearle el vientre hasta hacerle vomitar su hígado. Tal vez podría valer una rápida maniobra izquierda-derecha con una daga para abrir su cuello y dejar que se convierta en una fuente de jugosa y cálida sangre. O inflingirle un tremendo dolor al romperle los huesos de la mano, uno a uno, con una piedra o un mazo.

Podría, simplemente, ignorarlo. En atención a Inés. Tiene algo esa mujer que me ha trastornado del todo. Me repugna al tiempo que me atrae, la odio tanto como la deseo. Copular con ella ha sido un delicioso sacrificio, un castigo agradecido. Quizás sea esa mezcolanza entre prostituta y letrado la que la hace tan especial. Sin embargo, me cuesta mucho ignorar su simpleza, su estrechez de miras, su pronto conformismo. La rebeldía que la había llevado a los caminos, en busca de maestro pintor, de páginas que ilustrar, de ganarse una reputación, todo se acabó al primer revés. De un plumazo había vuelto a casa, a la espera de un compromiso matrimonial y fornicaciones a escondidas. Gracias a Dios no tendré que volver a verla.

Las mujeres son criaturas extrañas. Tienen algo en su interior distinto a cualquier otro ser de Dios. Hasta las niñas lo tienen. En estos momentos de incertidumbre, cuando mis pensamientos van y vienen, creándose y destruyéndose, la memoria se agita entre los distintos tiempos y vidas vividas, tal que entre estas paredes vuelven a mí hechos e historias de los muertos que fui, y pensando en hembras he recordado un suceso que mis oídos recogieron en Peñaranda, en no sé qué aldea. Contaron la historia de forma muy vaga, pero los detalles podía imaginármelos. Trataba de dos chiquillas que habían ido a jugar a la orilla de un pantano, o del río. Supongo que sus padres les tendrían prohibido ir allí por la peligrosidad que entraña semejante lugar, y por la misma razón, a las crías aquel desafío a la regla les parecería irresistible. Se divertían persiguiéndose entre las cañas, casi desnudas para no mancharse con el barro. Sus vestidos ondeaban en una rama baja de un chopo cercano, movidas por una ligera brisa. Era una preciosa tarde de primavera. Entonces, un desconocido apareció allí como por casualidad. Caminó hacia ellas sigilosamente, sin hacer ruido, observándolas a través de los matorrales y tras los árboles, como si él también participase del juego. La sangre llenó sus manos y sus ojos, enrojecidos por el calor. Sudaba de manera copiosa, la vegetación cambiaba de color pasando del fresco verdor a un abrasador tono anaranjado, y el cuchillo había brotado en su mano como la espina en la rosa. Ocultada la hoja a sus ojos, debió darse a conocer. El miedo y la timidez iniciales las hicieron dejar escapar un chillido y retroceder unos metros.

Sin embargo, el individuo no tardó en ganarse su confianza con buenas palabras, quizá con promesas de regalos, o con el simple ofrecimiento de un pedazo de pan. Una vez las tuvo a su alcancé, se abalanzó sobre la mayor y la degolló. Antes de que su último suspiro abandonase el cuerpo por la nueva abertura, un segundo tajo desde la garganta al ombligo la abrió en canal, emergiendo a borbotones todas sus virginales entrañas, que se extendieron por la tierra como semillas.

Luego cayó ella, de espaldas, rodeada de propia sangre y vísceras. La hermana pequeña, incapaz de reaccionar, recibió un puñetazo en la cara, produciéndole apenas un corte en la mejilla, a continuación la puso a cuatro patas y la montó violentamente. La pequeña, de no más de siete años, sangró en abundancia, más cuando, llegando al orgasmo, el hombre comenzó a apuñalar su espalda repetidas veces, dieciséis o diecisiete. Cayó muerta con el falo todavía enclavado en su cuerpecito. Seguidamente, el homicida se quedaría tirado en el suelo, agotado, y una vez recuperadas las fuerzas. Introdujo los cadáveres en un saco, lo ató a una gran piedra y lo arrojó al pantano donde las encontraron después.

A esto me refería antes, las mujeres tienen una curiosa capacidad para atraer la violencia, la guerra, el Mal. Desde Eva hasta doña Inés, acogen en su naturaleza la esencia de la atracción de la maldad. No me extrañaría que esta nueva razzia de Almanzor estuviese provocada por alguna mujer. Al-Mansur, todopoderoso valido del califa, lleva casi cincuenta empresas guerreras en veinte años. Ha sobrepasado, por cantidad y por la importancia de sus objetivos, el estricto cumplimiento de la yihad; domina las rebeldías internas y amenazas externas; ha hecho de Córdoba el centro del mundo. Acaso ahora ataque por culpa de una mujer.

Me duele mucho la cabeza. Noto excesivo calor a mi alrededor, como si las paredes estuviesen ardiendo. El aire que respiro también es abrasador, poco a poco, el fuego se va introduciendo en mi pecho, pasando a mi sangre, haciéndola hervir. Me mareo y tengo que apoyarme en el camastro. Las oscilaciones del sonido vuelven en forma de torbellino de flautas y tambores, de cascos de caballos sobre carne humana, crujir de huesos, gritos y risas de taberna, algarabía de fiesta entremezclada con el fragor de la guerra. No puedo abrir los ojos. El olor. Las dagas al rojo. Un cielo encarnado y un trono de osamentas humanas. La mano izquierda de Dios me está señalando. Le agrada la agonía de Cebrián. Quiere ver en qué me estoy convirtiendo. Están llamando a la puerta.

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