La Caza de la Serpiente: Capítulo 14

La Caza de la Serpiente Capítulo 14

Probad el sabor del barro. Hacedlo, un bocado de barro aderezado con vuestra propia sangre. Los granillos de tierra unidos por el agua de una tormenta de verano que se extinguió hacia la medianoche y compactados por las pisadas de los que entran a los lugares por las puertas de atrás. Con la boca llena de esos granillos no se puede hacer gran cosa, apenas respirar, y lo peor del asunto es que no es tan fácil quitárselos de encima, escupirlos, cuando has quedado prácticamente inconsciente. Preguntadle, si no, a Nuño de Oca.

Hacía dos días que había regresado a la fronteriza y dura Peñaranda. Como siempre, trajo las alforjas cargadas de preguntas. En especial, le interesaba saber quién había negociado su muerte con el infame Grañón. Había encontrado cincuenta sueldos entre las pertenencias del difunto y no dudó un instante de que se trataba de una parte de lo acordado por su traición. Lo que más le afectó no fue que el hombre en quien llegó a confiar le hubiera vendido, sino que tratase de acabar con su vida por la espalda. Esa no era forma de morir, no era honorable. Si debía hacerlo, de frente y sin máscaras. Por esto, lo dejó sin sepultar, para que los carroñeros menos escrupulosos se alimentasen de él. Una vez en la villa, procuró pasar desapercibido para poder investigar con mayor libertad de movimiento. Estaba convencido de que en uno o dos días habría solventado esta pequeña contrariedad; pero la suerte no estuvo de su parte. Ni siquiera el tabernero que los atendiera la primera vez decía recordarlos a ninguno de los dos. Mentía, como mentían casi todos los demás. Notó Nuño demasiada tensión en el aire; permanecían sus interlocutores nerviosos, en un constante estado de alerta. Hasta para Peñaranda aquel ambiente enrarecido parecía excesivo. Inquietaba al caballero su incapacidad para dar con el motivo de semejante desazón. En estas se encontraba cuando le fue bloqueado el paso en una callejuela de regreso adonde tenía la cama. Un individuo más semejante a un buey erguido sobre sus cuartos traseros que a un hombre, de rostro barbilampiño e inexpresivo, se encontraba plantado ante él. La anchura de sus hombros era casi la de la calle, por lo que el paso resultaba imposible si no se apartaba o lo izaban por el cielo una cohorte de ángeles.

Ninguna de las dos cosas sucedió. Ya pensaba Nuño haber encontrado un segundo Grañón dispuesto a cobrar sus huesos, cuando percibió pisadas detrás de sí. Emboscada, casi pronunció. Dos hombres por lo menos. Fue rápido lanzándose hacia delante, clavando la rodilla en los testículos del gigantón, y volviéndose hacia los otros. El enorme asaltante se dobló como una bisagra, dejando escapar un mugido cargado de dolor, pero no se movió de su puesto. Los supuestos dos eran tres sujetos, armados con porras y estacas, de menor estatura y complexión pero peor genio. Nuño, sin espada, atacó de nuevo. Transcurrieron unos segundos largos como días de ayuno, en los que se mantuvo más o menos equilibrado el intercambio de golpes, hasta que el goliat recuperó la movilidad y lo atrapó entre sus brazos. Después ya no hubo pelea, sólo muchos que dan y uno que recibe. Puños que trituran huesos, patadas que voltean vísceras, insultos con cierto deje del norte, navarro por más señas. Nuño entendió; y hasta le pareció reconocer, entre brumas, la cara de alguno de los que escaparan con vida semanas atrás. Luego voló al paraíso del silencio y la oscuridad, dejando atrás el dolor, y se le llenó la boca de materia primordial.

¿Cuánta violencia puede resistir un cuerpo humano? ¿Cuánto puede tardar en recuperarse? Nuño de Oca necesitó cinco días para poder volver a andar. Con distintas velocidades, el resto de sus funciones vitales también fueron curando. No es difícil imaginar que nunca lo habría logrado solo, heridas como las suyas requerían además de reposo, muchos cuidados y si el destino parecía desviar la vista cuando acechaban los encontronazos, le prestaba toda su atención a la hora de auxiliarle en la caída. De tal modo, del barro pasó a la sábana, fue llevado a una casa, bien atendido bajo la supervisión de una mujer a la que la curiosidad la había llevado a ejercer de buen samaritano, sin dejar de lado que una vez recobrada la salud, podría obtener algún beneficio del yaciente soldado.

Lo primero que hizo Nuño al recobrar el sentido fue preguntar por su caballo y su espada y lo que escuchó no le hizo mucho bien. Los navarros, lejos de conformarse con la paliza, se lo habían llevado todo. Parecía, pues, que la caza del castellano había llegado a su fin. Había acabado tan desnudo como el día en que nació, sin más pertenencias que el viejo amuleto vikingo, al que se aferró conteniendo las lágrimas de desesperación. Él no conoció a su benefactora hasta que logró ponerse en pie y renquear por la habitación hasta la puerta. Iba a abrirla cuando alguien se le adelantó y quedaron ambos, cara a cara. Coincidiendo en la mirada de sorpresa —más prolongada la del hombre— y en el estatismo, todavía tuvo que transcurrir un buen rato hasta que los dos se decidieron a moverse y hablar. Fueron hasta un pequeño salón y se acomodaron en sendas sillas. La criada que atendiera a Nuño trajo enseguida, a petición de su señora, un cántaro de vino y unos vasos de barro.

—Veo que estás mejor —dijo ella, divertida.

—¿Qué diablos haces tú en Peñaranda? —Nuño se sirvió dos veces, y por dos veces vació su vaso de un trago. Ante él, en mejor disposición que la última vez se hallaba la mismísima Leonor, la Reina de los Ladrones.

—Negocios —respondió.

—Ajá, eso explica la tensión de estos días...

—La villa está llena de ladrones —rió—. Almanzor prepara una nueva incursión al norte, así que se avecinan buenos tiempos para quien sepa aprovecharlos.

—Y esa eres tú.

—Y mis asociados; hay mucha gente en esto. ¿Tienes hambre? Mataría ahora mismo por un poco de carne — volvió a reír. Leonor, lejos de aquella estampa de Caleruega, vestía de forma sobria, como una dama de la corte, ceñida la ropa eso sí, a su escultural cuerpo de largas piernas, generosas caderas y pequeños pero firmes pechos. Su cabellera se recogía tras una fina diadema de plata. Nuño pudo apreciar, por fin, su color cobrizo. El de sus ojos variaba con la luz, oscilando entre el azul y el verde. Bajo la ancha manga izquierda del vestido creyó apreciar el bulto de una daga. Su forma de moverse recordaba a la de un lince.

—Bueno, ¿qué es lo que quieres de mí?

—Sin rodeos, ¿eh? Eso me gusta. Bien, digamos que necesito protección...

—No me digas, ¿y tus hombres? ¿No están capacitados, o es que no te fías de ellos?

—Yo no me fío de nadie. Y tampoco he traído un ejército, alguien tenía que cuidar la taberna. Mira, dentro de unos días celebraremos una reunión muy importante con gentes del otro lado del Duero y necesito a alguien como tú.

—¿Por qué yo?

—Porque así lo he querido.

—¿Y para esto es por lo que me has curado?

—En realidad no tenía nada pensado, pero sabía que acabarías siendo de utilidad.

—Así es como funciona esto ¿no? Yo te hago un favor, tú me haces otro.

—En realidad sigo ayudándote. No tienes nada, esos hombres te lo quitaron todo, así que soy lo único que te queda.

Nuño se rascó la barba, se sirvió más tinto, de más allá del Pirinero al parecer, y observó a la mujer. Bellamente perversa, pensó.

—Ni siquiera sabes mi nombre —dijo, notando el calor del vino propagándose como un incendio desde el vientre al resto del cuerpo.

—Eres Nuño, infanzón del conde de Castilla, y el mejor soldado nacido en las sierras de Oca —replicó Leonor ante el desconcierto del aludido—. Como ves, sé informarme.

—Estás loca.

—Vaya... —suspiró y alzó la copa a modo de brindis—. Creo que todavía puede excitarme un hombre como tú.

Nuño tuvo dos días más para recuperarse antes de la temida reunión. Apenas vio a Leonor en la casa durante ese tiempo, tampoco un nutrido contingente de fuerzas. La criada y cuatro hombres más componían la salvaguarda de la mujer. El edificio era de lo más común: techumbre de madera recubierta de teja, un corral en el que hacer sus necesidades, y en cada dormitorio, una banqueta, una lucerna de latón y una jofaina. Le proporcionaron armas y vestimenta, y así salió a la calle a inspeccionar los alrededores. Cuando, a la hora de la cena, regresó, le contó a uno de los hombres que un personaje delgado vigilaba la parte trasera de la casa. También había notado que en el establo no había caballos para todos. No había para él, en realidad, según le explicó el individuo. Leonor no había dicho nada de que él necesitase montura. Esto último lo dijo con sorna, lo que no agradó a Nuño, que se sentía atrapado en una cueva de ladrones.

—Me parece que quieres tomarnos el pelo.

La voz de un tal Xastre resonó entre las penumbras de la habitación, iluminada por una lámpara que pendía del techo. Fuera reinaba la oscuridad. Los animales parecían tranquilos. Nuño no acababa de confiarse, pero todo se estaba desarrollando tal y como había dicho Leonor en las horas previas a la reunión, cuya localización exacta no supieron hasta que llegó un mensajero y le siguieron cruzando el pueblo hasta una casita en las afueras.

—No, pero así están las cosas. Este año ha habido mucha sequía en el sur —el que acababa de hablar parecía árabe, pero su acento no denotaba nada. Leonor callaba, aguardando su turno. Incluyéndola, había cinco personas más, cada uno con un solo hombre como salvaguardia. Él no debía hacer nada que ella no le hubiera ordenado previamente, salvo que su vida, la de ella, corriera peligro. Sobre el silencio resonaban las respiraciones de los reunidos, solemnes.

—Pensaba que con las acequias y demás sistemas de regadío eso ya no era un problema —intervino Coriano. Le temblaba la voz, tal vez porque era el más novato de todos y porque lo fácil era hacer el ridículo. El árabe le ignoró y siguió con la vista fija en Xastre. Podría decirse que era él quien lideraba al resto.

—Podemos darte protección en toda la sierra de Guadarrama, pero no hasta el paso de Miedes —añadió un gordo sentado al final de la mesa cuyo nombre Nuño no lograba recordar.

—Entonces creo que no hay trato.

—Esperad un momento —Xastre se levantó de su sillón y se apoyó en el muro que tenía detrás en actitud pensativa.

Nuño juzgó aquello una cuidada representación—. ¿Tú que dices, Coriano?

—Pues...

— Nada, no digas nada. ¿Leonor?

—Si quiere alcanzar el valle de Ebro no hay más remedio que atravesar los pasos de Miedes y Cuesta de Paredes. Aunque también se puede ir hacia el este y hacerse por Somosierra y Tablada. Pero es más peligroso y, por tanto, más caro.

Xastre regresó a su asiento, satisfecho y tamborileo con los dedos sobre la mesa.

—¿Y bien?

El árabe asintió.

—Cincuenta barriles de aceite —y se estrecharon las ma- nos y pasaron a otro asunto. Poco a poco se fueron acabando la noche y los negocios, y hasta Coriano tuvo oportunidad de mejorar su imagen y quedar incluso bien. Así, se despidieron rozando el alba y cada ladrón regresó sin despedirse a su cubil. Nuño esperaba no tener que volver a ver a Xastre, su frialdad le resultaba despreciable.

No había movimiento en la casa. El hombre de guardia les abrió las puertas y se llevó los caballos. Leonor parecía ebria de satisfacción. La fatigosa noche, lejos de haberle hecho mella, había despertado su lujuria. Nuño creyó ver destellos de deseo en su mirada, a los cuales respondió, pues desde que recuperase la sensibilidad en las piernas no había pensado en otra cosa que en yacer con la mujer. No hicieron falta demasiados preliminares, permitieron actuar al instinto y se dejaron llevar.

El cuarto de Leonor era el mejor de toda la casa, amplio, cama alta y grande, con plumacios forrados de lino. Desnudos, se arrojaron en ella, cegados de pasión, extendiendo con sus caricias las gotas de sudor sobre los cuerpos, estrujándose mutuamente con abrazos, recorriendo con las lenguas toda su anatomía, con suculentas paradas en los pezones, bajando hasta el ardiente infierno, subiendo la vertical del pecado. Las curtidas manos de Nuño empezaron un tierno masaje; los dedos de Leonor recorrieron las cicatrices del guerrero. Las bocas parecían una sola, se dejaron deslizar con suavidad por encima y por debajo del otro. Quedaron entonces más unidos que los labios, moviéndose en su lúbrica justa en todas direcciones. Las cascadas incontrolables de sudor arrastraban piel abajo los pensamientos. Suaves ruidos surgían de lo más profundo de sus gargantas. Luego, se produjo el trasvase del delicioso picor que va desde unos genitales hasta las profundidades de los otros. Y enseguida, nada más que calma y sopor, y una ligera brisa que entró para refrescarles y promover, tal vez, un segundo embate.

Había amanecido hacía un buen rato. Nuño abrió los ojos deseando quedar atrapado en las delicadas sábanas de lienzo. Estaba muy relajado, tranquilo, en paz. Alargó la mano buscando el contacto con la cálida piel de la mujer, pero no encontró nada. Afinó el oído y oyó ruidos en la habitación contigua. Muy intrigado, se levantó y caminó de puntillas hasta la puerta entreabierta. Ella hablaba en susurros con alguien al otro lado de la puerta entreabierta. Aunque sólo podía verla a ella y de espaldas, por sus gestos era evidente que no estaba muy conforme con lo que le estaban contando. Un crujido del suelo a su paso le delató y provocó la inmediata interrupción de la conversación.

—Te andaba buscando —alegó a modo de disculpa.

—Será mejor que te vistas.

—¿Ocurre algo?

—Negocios, ya lo sabes.

Nuño volvió al dormitorio. Mientras se vestía iba pensando en cómo se sentía. Sentado en el borde del lecho se descubrió a sí mismo considerando su nueva posición. Estaba cansado de guerrear para los grandes señores, de recibir golpes gratuitamente. Había malgastado su vida en contiendas inútiles que no le habían aportado ningún beneficio. Había dejado que la política y el falso orgullo le cegasen, y así le había ido. Su maltrecho cuerpo no soportaría ya muchos años y apenas había disfrutado de otros placeres más mundanos, como amar a una mujer o formar una familia. Él, viejo bárbaro castrense, después de tantos años, no tenía nada más que su habilidad para la lucha. Tal vez podría abandonar la persecución de un fantasma y establecerse con la Reina de los ladrones. Tal vez... En la mesa, mientras desayunaban, Nuño dudaba entre confesarle o no sus planes a la pelirroja. No estaba seguro de cómo podía tomárselo, aunque tampoco le preocupaba en exceso, leonores había cientos... bueno, por lo menos sí unas decenas.

—¿Estás bien, Nuño? —le dijo ella, con su habitual mira- da irónica—. Deberías comer más, para coger fuerzas...

—Leonor —se atrevió a hablar Nuño—, quisiera hablarte...

—Aguarda un momento... Tengo una sorpresa para ti: hemos encontrado a los hombres que te asaltaron, con tu caballo y tus armas.  

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