La Caza de la Serpiente: Capítulo 15

La Caza de la Serpiente Capítulo 15

Mi nombre es Clemente, soy un modesto alfarero y viajo a Lugo para visitar a unos parientes, en concreto a mi vieja tía Luisa y su familia. Cosas de herencias, ya se sabe. Voy recién afeitado y me he hecho cortar el pelo, llevo también ropas más vivas que este camisón que visto ahora, pues no es cosa de presentarse en casa ajena de cualquier manera, como un mendigo. Un renqueante mulo es quien carga conmigo y mi hatillo, yendo tras una pequeña caravana de carromatos cargados con productos del campo, alimento al parecer, destinado para la Corte. No son más de cinco vehículos, custodiados y guiados por una docena de hombres. A pesar de su aparente carácter áspero, suponen una segura compañía ante la amenaza de salteadores de caminos. El final de esta primera etapa será el pueblo de Columbrianos, cuyas tierras creo que ya horadaron los romanos para extraer oro. El verano se hace notar en el camino que abandona Astorga, aún así, no tengo por qué quejarme, prefiero el sol a la lluvia.

No recuerdo muy bien cómo o cuándo empecé a trabajar el barro. Desde luego que fue desde pequeño, pues ya mi padre hacía escudillas y toda clase de recipientes. Supongo que un día me sentó en sus rodillas y me enseñó. Hasta hace poco no me había planteado cambiar su diseño, pero he observado que puedo vender una vasija con motivos árabes al doble de su valor. La verdad es que es el único trabajo que me gusta hacer, por lo que puedo decir que soy afortunado. Incluso empiezo a ganar dinero.

Y al tiempo que todas estas verdades, con sus coartadas de recuerdos, animan mi cuerpo y le hacen perseverar en el viaje, otras partes de mí acogen otras tantas voces familiares de vidas pasadas, como ropa vieja en un arcón. Voces que cuentan historias escalofriantes, repletas de muerte y violencia. La frondosidad creciente de la vega del Boeza se va volviendo siniestra a nuestro alrededor mientras llega el anochecer, y me asusta, pues imagino que será en esos instantes, al hallarme indefenso en la noche, cuando las malditas voces querrán hablarme y mostrarme las escenas que guardan en sus retinas, y yo no podré hacer más que abrazarme a mí mismo. Como no es un trayecto largo, espero llegar a la villa antes de que el cielo se cubra de oscuridad. La caravana, por su carga, y en mi caso por el mulo que me lleva, hacen que el paso de la marcha sea un tanto lánguido.

Hemos llegado a Columbrianos justo cuando el sol estaba a dos dedos de altura sobre el horizonte, tras atravesar el río por el puente romano y subir por la iglesia de Santo Tomás de las Ollas. Los carreteros partirán al alba y hasta entonces debo buscarme un sitio para cobijarme; no les gusta que los desconocidos ronden su carga y yo todavía sigo siendo un extraño. De todas formas lo prefiero así, pues tampoco soy amigo de rendir cuentas a nadie. No hay problema de hospedaje en la localidad; gracias a las peregrinaciones que, cada vez más, llevan gentes a Santiago, no faltan paisanos que alberguen a los viajeros. De esta forma, he conseguido habitación en casa de dos ancianas hermanas, Cella e Ivelinda, esta última postrada en la cama por una enfermedad, sin pedirme nada a cambio salvo acompañarlas en la plegaria antes de irme a dormir. Ceno y no bebo más que agua, pues no quiero tener un sueño pesado.

Mi cuartucho, como el resto de la casa, es modesto sin llegar a parecer pobre, lo cual siempre resulta agradable. En la noche no se escuchan más ruidos que los de los animales del corral y los ronquidos de la inválida, graves e intermitentes. En ocasiones deja de respirar, como si se le olvidase hacerlo, para pasar enseguida a un gruñido largo y prolongado producido al pasar el aire de golpe por su oxidada garganta. Su hermana, menor en edad aunque inapreciable a simple vista, duerme a los pies de su cama y no da señales de que el incesante trompeteo filial le afecte en absoluto. Esta Cella se parece mucho a mi tía, viuda y devota, como si fuese común entre estas mujeres que al perder el marido y los hijos, no deseasen a más hombre que Jesús. En realidad, no tengo ningún recuerdo acerca de mi tía, pero estoy seguro de que debe de asemejarse mucho a la anciana, como un olmo se parece a otro olmo. Todavía faltan dos jornadas de viaje hasta Lugo, y para entonces espero haberme ganado la confianza de los caravaneros, no ya por la compañía, sino porque sus viandas deben ser más substanciosas que las mías.

Advierto la cercanía del río Sil, casi puedo notar el frescor de sus aguas en esta calurosa noche. Me gustaría bañarme en él, las voces han comenzado a susurrarme obscenidades y me siento sucio por dentro. Tengo una erección, tan imponente como inexplicable. Me encuentro confuso, creo que al orar con las viejas he excitado a las voces, parecen estar encantadas conmigo, con esta nueva piel, pero me piden que no me adhiera tanto a ella, que a fin de cuentas, también se caerá como cayeron las de ellas. No sé qué pensar. Poco a poco, voy notando el frío, un frío especial que endurece mi piel, la transforma en escamas, me envuelve como una coraza flexible, como la piel de una serpiente. Hasta diría que puedo ver en la oscuridad como los murciélagos. Las voces se van fundiendo en una sola, muy familiar, la mía. Me apetece mucho reír, a carcajadas, y calmar la sed que ahora mismo tengo. ¿Habrá vino por aquí? Ivelinda profiere uno de sus largos ronquidos, llenando de golpe sus despistados pulmones. Cella, sosias de mi tía Luisa, sigue feliz en su descanso, acaso regodeándose en un piadoso sueño. Siento el indomable deseo de coger el cuchillo y el rollo de cuerda que guardo en la talega.  

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