La Caza de la Serpiente: Capítulo 16

La Caza de la Serpiente Capítulo 16

Cruzaba ríos, cruzaba valles y montes, Nuño de Oca cabalgaba de nuevo a la jineta, todavía no en Belfudo, pero eso era cuestión de tiempo. Iba por él, por sus armas y por los bastardos que le apalearon. Y por más, una vez resuelto este maldito asunto, volvería por el homicida, por la serpiente que le cegaba de rabia. Atrás quedaban las semanas de mercenario junto a Leonor y sus negocios oscuros; no huía, abandonaba toda la caterva de delincuentes, ladrones y contrabandistas reunida en Peñaranda. El guerrero estaba dolido, herido en su orgullo por él mismo, tenía una piedra en el estómago que esperaba vomitar tras acabar con los que, con una paliza, le habían demostrado la fragilidad de su personalidad. Se odiaba. Habían bastado unos estacazos y los encantos de una fémina para hacerle pensar en renunciar a todo. Aunque se tratase de una mujer como Leonor, seguía siendo imperdonable. Tenía que recuperar, sobre todo, la fe en sí mismo.

Se había ido sin despedirse y sin desayunar. Leonor no se lo había impedido, pero le había dedicado una interminable mirada que venía a significar que todavía le debía un favor. Tras tomar el mejor caballo que había en las cuadras, salió disparado hacia Palencia. Era él quien reclamaba ahora venganza, y ya suponemos cómo la hará efectiva. Por ello, cruzaba el Esgueva, los valles del Cerrato, pasaba por Caleruega, sin detenerse a preguntar ni a admirar el paisaje. Todo lo veía rojo, le rechinaban los dientes, respiraba más agitadamente que su montura, batían sus sienes con infernal cadencia. Aunque podría sonar demencial, era feliz. Hizo noche al raso, a pesar de que había un poblado un poco más allá, y una ermita un poco más acá. Terminó su bolsa de provisiones, pobre en la prisa, y se echó sobre una manta. Se durmió enseguida, pues su agotamiento era tremendo y no sólo físico.

Y ahí, al poco de reemprender el camino, la tuvo, presidiendo las vastas llanuras de la Tierra de Campos, convertidas casi en desierto estratégico por la sistemática tala de árboles, a la izquierda del río Carrión, y rodeada por una muralla: Palencia, renaciendo alrededor de su iglesia. Pequeña urbe con su centenar largo de habitantes, que acogía a la gente de paso desde tiempos de los visigodos.

Como hiciera en Peñaranda, se camufló entre los habitantes, eso sí, con la habilidad recién adquirida entre ladrones, buscando a quienes le asaltaran. Bastaron unos sueldos dentro de una copa para que el tabernero de la plaza mayor le confiase que, en efecto, había llegado dos días atrás a la villa un campesino enorme como un oso, acompañado de otro individuo con acento navarro. Sólo habían acudido al local la primera noche y ya no los había vuelto a ver. Nuño no necesitó saber mucho más. Su generosidad con el dueño de la taberna le garantizó su discreción. A continuación, un paseo dado con aire descuidado por las cuadras de las afueras le permitió localizar a su buen compañero de fatigas. El caballo relinchó al reconocerlo aunque enseguida calló, precavido. El infanzón, oculto por un jergón oscuro con capucha, se apostó en las inmediaciones. Esta vez la emboscada correría de su cuenta.

Pasaron las horas como fue pasando el sol de este a oeste. Inexplicablemente, reinaba en la zona el silencio más absoluto, tampoco se veía a nadie yendo o viniendo; salvo algunas ratas negras como el hollín que cruzaban la calle de un patio a otro. De repente, apareció el gigante. Tras él, uno de los que le asaltaran en estado ebrio. Agazapado en las sombras, Nuño templaba el pulso y empuñada la espada sólo esperaba a que pasasen por su lado. Fue cosa de un instante, la pareja caminó hacia el establo, Nuño se acercó silenciosamente por detrás.

—Eh, amigos —les llamó.

El gigante se volvió, su rostro no dio muestras de entender nada y se encontró, otra vez, con un doloroso saludo entre las ingles. Su compañero, incrédulo, actuó de forma automática llevándose la mano a la empuñadura del cuchillo. Se quedó ahí mientras la hoja de Nuño le abría en dos el tórax. Pateó la cabeza del grandullón, derribándolo, con la boca ensangrentada y los dientes bailando en su interior.

—Mis armas, mis cosas, ¿dónde están?

El hombre le dijo que en un cuarto que había en la casa junto a la caballeriza, pronunciando como pudo, dejando escapar en bocanadas y toses grandes cantidades de sangre y piezas dentales. Hipaba, asustado, desde el suelo mirando fijamente los ojos encendidos de Nuño, que le producían más terror que la punta de la espada dirigida a su garganta. No hallaba ni un resquicio de piedad en aquellas pupilas de fuego, por lo que tuvo que hacer acopio de fuerzas y serenarse para recibir la muerte con algo de dignidad. Pero no era cosa fácil.

—¿Qué? ¿Te resignas a morir? Eso sería poco para ti. Debería atarte al caballo y arrastrarte por toda la vía Aquitana hasta Burdeos —Nuño bajó la espada, fastidiado. Ya no estaba disfrutando con aquello, quizás porque no tenía alma de homicida. Se volvió, pensativo, y el gigante se incorporó sobre sus rodillas pensando que, a lo mejor, aquella bestia le dejaba vivir—. Bah, no tiene sentido prolongar esto por más tiempo.

Y diciendo aquello, el castellano se giró y decapitó al otro de un mandoble. Luego empleó el resto de la noche en ocultar los cuerpos, arrastrándolos hasta el brocal de un pozo seco. Una vez retirada la losa que lo cerraba, arrojó los dos cadáveres al interior, no sin pocos esfuerzos ya que el gigante pesaba como diez toros, y su amputada cabeza como un tonel de vino. Antes de tapar el pozo, se preguntó dónde estaría el tercero.

—Ya se reunirá con ellos en el Infierno.

Al alba, fue hacia el albergue en donde se habían refugiado los finados. Comprobó que en la habitación estaba todo y hasta más dinero del que le robaran. Se tendió sobre el lecho y procuró descansar. Sólo cuando su cabeza se posó en el catre, echó de menos con una profunda inhalación el perfume a canela de la piel de la Reina de los Ladrones. Luego no hubo más que la agradable sensación de haber sobrevivido para luchar un día más.

Cuando despertó era hora de yantar. Preparó a Belfudo para partir y abandonó el alojamiento con absoluta cautela. Todavía no había acabado de decidirse hacia dónde ir, y no lo resolvería hasta después de haber comido bien y caliente. Adecentado su aspecto, pero todavía con la túnica cubriendo sus pertrechos de guerra, entró en una posada y pidió buen vino, caldo y cordero asado. Mientras masticaba como si acabase de descubrir la exquisitez de la carne a la brasa no podía dejar de estar, oído avizor, atento a las conversaciones vecinas. Las más absurdas simplezas se combinaban con las habituales maldiciones contra los magnates, obispos o moros. También había quien se quejaba de una terrible peste que estaba atacando al ganado porcino allá en los condados catalanes y otro compañero que juraba que allí crecía un delicado árbol frutal totalmente desconocido para el resto de la península. Nuño de Oca pensó en Burgos, en el conde Sancho García, en los rumores acerca de una nueva razzia contra el rey. Entonces, uno de los diálogos derivó hacia temas más escabrosos que la muerte de los gorrinos y se habló de cierta mujer, una lugareña de cincuenta y tres años a la que su marido había degollado, tras violarla, hacía un mes. No tenía mucho de especial aquella historia, de no ser porque el susodicho esposo había proclamado su inocencia desde el primer momento, aunque habían sido su arma y sus ropas las que se encontraron manchadas de sangre. Nadie le creyó y enseguida fue ajusticiado entre una gran algarabía. Pero duró poco la fiesta, pues al parecer una semana después apareció en la cercana Benavente un vagabundo muerto de igual forma y hubo quien relacionó ambos crímenes y planteó la posibilidad de que el inculpado hubiera dicho la verdad.

El milites, enjuagándose la garganta con un prolongado trago, se acercó hasta los comensales que de tan macabra forma distraían su comida. Se disculpó por la intromisión, y poniendo su cántaro de vino sobre la mesa a modo de ofrecimiento, preguntó si conocían algún detalle más acerca del crimen de la mujer. Los peones se miraron entre sí, escamados, luego uno de ellos se sirvió vino en su vaso de madera, y le dijo que, en efecto, recordaba cierta particularidad del asunto acerca de que le habían sacado algo de la boca.

—Un trozo de cuerda —dijo el peón, apurando su vaso y extendiendo la mano para rellenárselo—. El hombre que la mató le había metido un buen trozo de cuerda hasta las tripas.

Nuño se despidió de la mesa convidándolos a otra ronda de tinto. Ya no tenía que esperar más. De nuevo se cruzaban su camino y el del loco homicida, que seguía sembrando cadáveres tras de sí. Consideró su ruta; hasta Palencia había viajado hacia el norte, desde Toledo o quién sabe si no empezaría en la mismísima Córdoba, hasta ¿dónde? Su ruta, si bien irregular, parecía seguir un detallado plan, combinando grandes capitales con pequeñas aldeas, aunque era en estas últimas donde sus crímenes parecían más brutales. Parecía dirigirse hacia la Gascuña, más allá de los Pirineos, atravesando los condados de Castilla y Aragón. Sin embargo, de ser así no se habría desviado hacia el oeste y liquidado a un mendigo en Benavente. ¿Cambio de planes? ¿Y luego qué? ¿León? ¿Astorga? ¿De nuevo al sur? Si se había desviado una vez, podía hacerlo más veces. Comenzó a desesperarse ante semejante despliegue de posibilidades. Es curiosa la forma en que trabaja la mente, pues exasperado como estaba el castellano sin una dirección a seguir, no se le ocurrió otra cosa que liberar su rabia con una viscosa flema. Escupió en el suelo, y en aquel momento recordó los días lluviosos en Galicia de un Nuño adolescente, apenas armado y en busca de aventuras, pues sabía que aquellas costas eran azotadas por piratas vikingos, tan brutales y salvajes como la lengua que hablaban. El peregrino gascón, Gonzalo Sánchez, fue de los pocos que se atrevieron a darles caza y Nuño se había incorporado a sus filas sin dudarlo un instante, y si su brazo no era lo bastante fuerte para esgrimir la espada con precisión, ya montaba como un auténtico caballero. Gonzalo era el mayor guerrero que viera Nuño hasta que conoció a Garci Fernández, a pesar de que apenas se entendiera lo que hablaba ni aún en el más estilizado latín. Era hombre culto, aficionado de igual forma a las letras que a las armas, y un gran campeón.

«¡Oh, San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla; se nuestro amparo contra la maldad y las asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes; y tú, Príncipe de la milicia celestial, con el divino poder relega al Infierno a Satanás y a los otros espíritus malignos que discurren por el mundo para la perdición de las almas!». Así rezaba, pero en su rebuscado latín, Gonzalo Sánchez el Gascón todos los amaneceres.

Recordó especialmente uno de sus últimos días allí, lluvioso, por supuesto. Habían perdido el rastro de los nórdicos y nadie sabía qué hacer. El Gascón los contempló desde lo alto de su montura, extrajo su espada de su funda y la arrojó hacia delante, dando vueltas por el aire. Santiago nos guiará, dijo. El arma cayó y su punta señaló hacia las montañas del litoral compostelano. Y hacia allá se encaminaron. Apenas eran treinta hombres, trepando como cabras por la escarpada cordillera que bordea la ría de Arosa, sin saber a ciencia cierta qué iban buscando. Después de marchar una jornada completa, calados hasta los huesos y rodeados de inhóspita vegetación, bajando un pequeño desnivel uno creyó ver algo entre los arboles. Antes de que pudiera avisar de su descubrimiento se escuchó un silbido y en la cabeza de un compañero cercano apareció una flecha que le entraba por un ojo y salía por la nuca. El soldado cayó al barro como un fardo, los demás se arrojaron para ponerse a cubierto. Nadie llevaba arco, así que acabaron por levantarse y cargar al frente. Al llegar no encontraron a nadie, salvo unas huellas. La voz de Gonzalo, atronadora, maldijo en tres o cuatro lenguas, interrogó al que había visto al arquero y después se marchó a explorar con tres hombres. Metidos ya en horas nocturnas, regresaron al improvisado campamento con un prisionero, un niño no mayor que Nuño, atado por las muñecas y con la nariz rota. El Gascón traía el arco partido en dos en una de sus manazas. El chico se resistía, pero uno de los hombres le abofeteó hasta que cesó en su empeño. Aparentemente, porque al primer descuido el prisionero le atizó una patada en los testículos al gascón, que le dejó rodillas en tierra, amarillento y con dos gruesos lagrimones corriendo por las mejillas. De nuevo, el lugarteniente golpeó al chico. Gonzalo Sánchez se recuperó enseguida, desenvainó su espada, de un solo movimiento le abrió el vientre y luego le partió el cráneo en dos. Alguien vomitó, y el ayudante fue a limpiarse los trozos sanguinolentos que le habían salpicado la vestimenta.

Nuño, como los demás, no hicieron gesto alguno. La lluvia no cesaba y se mezclaba el agua con la sangre, creando bajo su cuerpo un extraño charco multicolor. Gonzalo los miró con aire desafiante, esperando alguna réplica que nunca llegó. Luego insultó al que había devuelto, le llamó cobarde y a punto estuvo de hacerle seguir los pasos del chiquillo.

Al día siguiente se fueron de allí como si nada hubiera pasado. Nadie habló del incidente. A nadie le pareció mal, tal vez porque bajo la lluvia y en tiempos de guerra todo se ve de manera diferente. Siguieron el lecho del Ulla, mojándose más, hasta llegar a un poblado. Entonces la mandíbula de Gonzalo se abrió tanto que creyeron que se le había desencajado. Se estaba riendo a carcajadas, tan sonoras como un redoble de tambores. Los demás, confusos, también fueron experimentando esta histeria, al ver que el pueblo había ardido hasta los cimientos.

—Qui potest capere, capiat —le oyeron decir al capitán.

Permanecieron allí un día entero, escarbando en las cenizas. Después regresaron al interior y se unieron a los batallones del formidable prelado Rosendo. Dos días más tarde dieron con Gunderendo y acabaron con aquella plaga.

Como se ve, lo ocurrido en Galicia no había sido precisamente para agradecerle nada al apóstol ni al arcángel, pero de todas formas, Nuño repitió aquella acción. Su hoja trazó círculos paralelos al suelo, hasta que el suelo la detuvo, encarada hacia el noroeste. Por lo tanto, tras visitar Benavente, seguiría otra jornada más hasta Astorga, villa sobre la que pondría el pie, según estos cálculos, el catorce de julio.  

Capítulos anteriores:

Licencia: 
Creative Commons Licence

Añadir nuevo comentario