La Caza de la Serpiente: Capítulo 17

La Caza de la Serpiente Capítulo 17

Llegó Roldán a Columbrianos el sábado a media mañana, agotado de la galopada y el mal descanso nocturno. Su insomnio no se había debido tanto a que casi se lo comen las chinches, como a que la herida abierta en su orgullo no cesaba de sangrar. La humilde aldea, sin nada más que reseñar que la calzada romana que la cruzaba, una ermita, y un puñado de familias dependientes del campo le acogió con la afable indiferencia de quienes están acostumbrados a la gen- te de paso. Describió a fray Cebrián a varios campesinos sin obtener nada más que encogimientos de hombros. No habían recibido más visitas que una caravana de carros que había partido con el canto del gallo. Era más que probable, a ojos del soldado, que el falso monje hubiera cambiado su aspecto y mezclado entre el grupo de carreteros.

Comió gracias al altruismo cristiano de un labriego de nombre Ervigio, que además poseía unas vacas con las que suministraba leche a varios vecinos, por lo que podría decirse que era de los más potentados de la aldea, aunque seguía siendo un siervo, como el resto, al servicio del obispado más próximo. En su sencillo hogar, en un banco, compartió pan y estofado con el hombre y sus cinco hijos, no sin cierto malestar por considerar que les estaba privando de una necesaria ración. Ervigio advirtió su preocupación y se limitó a señalarle las sonrosadas mejillas de sus vástagos. Mientras, su mujer y dos hijas aguardaban su turno para hacer lo propio. La vivienda parecía muy pequeña para albergar a tantos. Ervigio quería saber noticias de Astorga, pero Roldán no pudo facilitarle demasiada información, lo que disgustó un poco al otro. No había vino para acompañar el condumio, y el agua parecía sucia, pero no faltó un pedazo de buen queso como postre.

—Hay que llevarle esta leche a las hermanas del castañar —intervino la esposa, señalando una pequeña cántara cuando ya retiraba la mesa—. Con el jaleo de la caravana los niños se han olvidado de hacerlo.

—Yo se la acercaré ahora —respondió Ervigio, atizándole un cachete al hijo más cercano—. Malditos críos, no hacen más que holgazanear.

—Anoche albergaron a uno de los que iban con los carros —añadió la mujer.

—¿Sí? Creía que habían acampado todos juntos allá en el cerro.

Aquel comentario intrigó a Roldán.

—Oiga, amigo, ¿dónde está esa casa?

—Ahí mismo, junto a los castaños, es la última casa de la aldea —el lechero, ya en pie, le señaló el lugar con su grueso dedo índice—. Son dos hermanas que viven solas. Una de ellas está postrada en la cama desde hace cinco años. La otra es viuda. Temerosas de Dios, suelen acoger en su casa a cualquiera que vaya hacia Santiago con tal que rece por ellas ante el Santo Apóstol.

—Le acompañaré a visitarlas. Quisiera hacerles unas preguntas.

—Por supuesto.

Con el comentario de que era bueno andar un poco tras la comida, los dos hombres se dirigieron hacia la casita de los castaños. El campesino cargaba la leche en el hombro, y junto a él andaba Roldán, llevando de las riendas su caballo. En su interior estaba seguro de que estaba sobre la pista correcta. Cuando tuvieron la entrada a la vista, Ervigio voceó el nombre de una de las hermanas sin obtener respuesta. Siguieron avanzando hasta la puerta, que como siempre, se encontraba abierta.

—¿Señora Cella? ¿Ivelinda? —insistió.

No recibieron más que silencio. Afinaron el oído y súbitamente, escucharon golpes en uno de los cuartos. Corrieron hacia allá, con un mal presentimiento presionándoles el pecho. Sus sentidos se abotargaron, sacudidos con violencia por una doble impresión visual y olfativa. La anciana paralítica se encontraba en el suelo, a un costado de la cama, por completo demacrada, en tanto que una densa fetidez lo inundaba todo. Ervigio se inclinó sobre ella para ver que tenía los ojos enrojecidos e hinchados por el llanto.

—¿Y su hermana? ¿Dónde está su hermana?

Pero la mujer era incapaz de pronunciar nada, sus cuerdas vocales estaban destrozadas por gritar hasta la extenuación. La pestilencia se debía a sus excrementos, que envolvían sus extremidades inferiores. Pero eso no era todo, tenía la mirada perdida y las uñas arrancadas, clavadas en los resquicios del suelo al tratar de arrastrarse. Horrorizados, los dos hombres no querían ni imaginar cuánto tiempo llevaba así.

Roldán salió de allí, notando como la comida recién ingerida se revolvía en su interior y ascendía vertiginosamente hasta ser expulsada, vomitando agrio fuego. Tambaleándose, llegó sin pretenderlo hasta el otro cuarto, donde halló a la hermana.

Estaba ahí; el cuerpo desnudo y arrugado como pergamino mojado de Cella, cubierto de manchas y lunares. Gruesas venas azules surcaban sus piernas abiertas, mostrando un sexo cano y marchito; los brazos yacían a los lados, los pechos que nunca amamantaron caían fláccidos sobre los pliegues de la barriga. Sentada en la cama, apoyada en la pared, aguardaba despatarrada que la sepultura enterrase su mueca de horror. En su cabeza ladeada a la izquierda, por la boca abierta, asomaba un cabo como una hinchada lengua de esparto; el otro extremo de la cuerda aparecía por la garganta, rajada a tal fin como una segunda vagina que hubiera atrapado un falo olvidado por un fantasmagórico violador. En el suelo había una palangana llena de agua ensangrentada y un ovillo de paños también teñidos de sangre coagulada, como si tras matarla y mutilarla, el homicida hubiera limpiado el cuerpo. Tanto Roldán como el lechero se santiguaron. El soldado pensó que aquello podría haber pasado en Astorga porque, no tenía dudas, aquello sólo podía ser obra de un monstruo, de fray Cebrián.

Sacaron a Ivelinda a la calle tras tranquilizarla, pues al tocarla le sobrevino un ataque. Cuando cesaron las convulsiones, la limpiaron como pudieron y la llevaron fuera envuelta en una sábana limpia. Con la viuda no se atrevieron más que a cubrirla con una manta. Enseguida fue el lechero en busca de ayuda, montado en el corcel de Roldán. El hombre del conde observaba horrorizado a la anciana superviviente, considerando que estaba peor que muerta. Le hubiera gustado que doña Inés estuviese allí y mirase los ojos carentes de razón de Ivelinda. La ceguera de su ama había causado esta tragedia. Ahora nada más podía maldecirla porque le había impedido ajusticiar al fraile. Se juró darle muerte.

—Lo mataré, señora —le dijo, como si pudiera entenderle.

En cuanto regresó Ervigio con más vecinos y se fueron repartiendo diversas tareas, Roldán subió a su caballo y anunció que capturaría al autor de aquella carnicería. Arreando a la bestia, se lanzó de nuevo a la persecución. Tendida en tierra, Ivelinda se deshizo de su demencia dejando de respirar para siempre. Tras su cuerpo amortajado, unos castaños dejaron pasar a su espectro. Un poco más allá, el río Sil lo conduciría hasta el purgatorio, como hiciera la pasada noche con el alma de su hermana.  

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