La Caza de la Serpiente: Capítulo 19

La Caza de la Serpiente Capítulo 19

(Hay un cadáver clavado en el cieno. Sólo las piernas han quedado fuera, el resto del cuerpo está bajo el barro del pantano. La gruesa rama que, desde un árbol centenario, se extiende sobre él ha posibilitado a modo de grúa que le hayan dejado en semejante postura. Los calzones se arrugan junto a la superficie, mostrando las piernas desnudas y la lazada que une los tobillos. Es una posición tal que las mantiene rectas, como un famélico tronco. Está descalzo. Nuño pudo verle gracias a que apreció en la distancia la palidez de las plantas de sus pies. Belfudo relincha incómodo, no le gustan esta clase de muertos. Antes que nada, el infanzón inspecciona los alrededores. Ve señales de lucha a unos metros del grueso tronco del árbol, dos personas se habían batido no más de dos días atrás en aquel páramo, muy cercano al monasterio de Santa María de Carracedo, que fundara el rey hacia 990. Lo habitaban unos pocos frailes y un puñado de monjes de segunda categoría. No parecía cosa del clero. Sabía quién había hecho esto, y posiblemente, quién era la víctima.)

La Asturica de Augusto y urbe magnífica de Plinio había saludado a Nuño de Oca cuando aquel sujeto empezaba a ser sembrado. Había dormido en el patio de una de las muchas iglesias de la villa, derrengado por el cansancio. Quiso la suerte que nada más traspasar las murallas, en plena noche lluviosa, encontrase a un religioso, que tras una breve plática, le ofreció su convento para guarecerse. El milites no encontró razones para negarse y fue con él. Había sido una buen idea, como luego tuvo ocasión de comprobar, pues la paja estaba seca y los monjes le sirvieron una sopa de cebolla aún caliente antes de retirarse a sus celdas. De mañana se enteró que aquellos días muchos soldados viajaban hacia Lugo, acudiendo a la llamada de Vermudo II, que viendo como Almanzor preparaba una nueva ofensiva, quería congregar el mayor número de fuerzas posibles en su Corte. Entendió Nuño los motivos de tanta caridad cristiana, pues desde el primer momento se había identificado como militar.

El trajín de la dura cabalgada desde Benavente, de la que Belfudo se resentía con una ligera cojera, le había hecho plantearse pasar unos días de descanso en Astorga. Entre tanto, recabaría información, interrogando a los vecinos acerca de cualquier crimen acaecido en los últimos meses. Porque no todo había sido tragar polvo y sacudir las riendas del caballo en sus últimas jornadas, sabía que había perdido el rastro de la serpiente. No quería preocuparse ni considerar el fracaso de sus conjeturas hasta estar seguro de que él no había estado allí.

(Nuño toma un rollo de cuerda, todavía sin decidir de qué manera extraerá a aquel hombre de tan inapropiada sepultura. Le repugna atrapar las piernas con una lazada y tirar de ellas, como si se tratase de capturar un animal; además, no cree que eso sirva de mucho si no le ayuda el caballo. Prefiere trepar a la rama, desandar los pasos del homicida, y procurar entenderle deshaciendo sus gestos. Se libera de la espada y deja la cota de malla en tierra. También se descalza, todo en beneficio de la escalada. Con la cuerda enrollada a la cintura y empleando la fuerza de brazos y piernas, se eleva del suelo, alcanza los primeros ramales, resoplando y maldiciendo.)

Nadie había muerto en Astorga con un cabo de cuerda asomándoles por la boca en todos sus siglos de historia, lo cual no supuso un alivio para Nuño. Era una villa que había presenciado mucha violencia, así que escuchó multitud de historias desagradables acaecidas en otros tiempos y en otras partes, pero ninguno asociable a la serpiente. Uno de los incidentes escabrosos del que le hablaran trataba de la violación de una de las doncellas del conde semanas atrás por un forajido que, aprovechando la ausencia del magnate y su contingente de guardia, había penetrado en la casa. Los rumores apuntaban hacia algún amante despechado de su licenciosa sobrina, que en aquel momento era la única de la familia que residía en la casa, y que de tan salvaje modo se vengaba de ella. Tales acontecimientos habían forzado el regreso de don Munio Fernández, que no había tardado en volver a Lugo llevándose consigo a su pariente. Aparte de las posibilidades que la narración ofrecía a los lugareños para la chanza y la divagación de taberna, al castellano le impresionaba la referencia a la violación, pues era actividad practicada por su perseguido. Pero el dato era tan vano que no le permitía admitirlo formalmente.

(Está ya a diez metros de altura. Cuando cruje alguna ramita bajo sus pies le aflora el sudor frío. Nuño de Oca no es inmune al vértigo, nunca le ha gustado estar más arriba de la grupa del caballo. Puede ver las marcas que dejó el homicida en la corteza del árbol. Ahora ya sabe un poco más de él: es un hombre joven, fuerte y sin miedo a las alturas. También sabe que la vileza de su mente no tiene límites. Alcanza la gran rama y se sienta a horcajadas en su base. Respira profundamente. Escucha las risas de Belfudo. Todavía tiene que avanzar dos metros por el brazo. ¿Cómo lo hizo él? ¿Cargó con el cadáver hasta allí, o lo ató en tierra y luego, una vez arriba, se ayudó del balanceo para moverlo y dejarlo enclavado en aquel punto del pantano? Seguro que subordinó sus actos al tiempo del que disponía, y éste pudo ser mucho dado que en aquel paraje inundado de vegetación no se aventuraban ni las alimañas.)

El noble bruto que le había llevado de un lado a otro de la península se encontraba mejor al caer la tarde, y caminaba por el patio del convento con normalidad. Él agradecía más el reposo que su jinete. Nuño se embriagaba en la cantina, y había pasado de oyente a orador, relatando algunos de los lances en los que se viera en su juventud. El feliz clima de cordialidad vinatera del local se vino abajo en cuanto entró un hombre con el rostro descompuesto. Amarillento, sudoroso, jadeante; trastabilló hacia el mostrador y pidió una copa de aguardiente. El tabernero le sirvió con premura al tiempo que todos los parroquianos enmudecían y se giraban hacia el recién llegado. Tragó el licor de una vez, tosiendo al recibir a palo seco la descarga de alcohol en el estómago.

Aun así, pidió otro, sabiéndose el centro de atención.

—¿Qué es lo que ocurre, amigo? —preguntó el cantinero.

—Vengo de Columbrianos... Ni imagináis lo que ha ocurrido allí esta mañana...

(Sentado en la rama, sobre el muerto, Nuño se desata la soga y hace un nudo corredizo que enseguida desliza por las yertas piernas. No logra evitar ver cómo varias moscardas recorren los pies. Cierra el lazo por debajo de la otra ligadura, para que así sirva de tope. Comprueba que está bien afianzada y tira con fuerza. El cuerpo apenas se mueve. Lo intenta de nuevo. Nada. Se pone en cuclillas, alza la vista y comprende. Lanza su extremo sobre una horquilla que hay encima de su cabeza. Al tercer intento logra pasarlo y agarrarlo. Se alza sin miedo. Si con este sistema se levantan iglesias y castillos, él sacará a ese desgraciado. Tira y el otro cede. Un nuevo esfuerzo. Va saliendo, ya se le ve la cintura.)

La botella del aguardiente se vació a la conclusión del relato y Nuño se marchó como una flecha hacia el pueblo del Sil y el Bouza. Poco le importaba que fuese a caer la noche encima. La borrachera se esfumó con la brisa del camino. La poca luna que le contemplaba y sus millares de estrellas le acompañaron en el desplazamiento. Por suerte, el camino era bueno, así que no existía posibilidad de equivocarse, ni de accidentarse. Nuño se sentía rebosante de excitación, nunca había estado tan cerca. Después de cruzar Castilla de norte a sur y llegar más allá del Duero, sólo le llevaba dos o tres días de ventaja. Demasiado poco. Columbrianos estuvo ante sus ojos tras diez horas de galopada, seis de ellas nocturnas. La aldea estaba conmocionada por el crimen. Mucha gente de villas vecinas había acudido a curiosear; cuando Nuño llegó habían doblado al número de habitantes. La mayor parte de la gente se había congregado ante la iglesia, lanzando frases contra la autoridad, que no tenía allí ningún representante y que tampoco parecía muy dispuesto a aparecer. Fue entre tanta algarabía donde conoció a cierto personaje que se esforzaba en proclamar que ya un soldado de Astorga andaba tras el criminal. Apartados del tumulto, pudo interrogar un confuso Nuño al hombre, Ervigio, quien elaboró una completa descripción de la escena que se había encontrado el día anterior. Le aclaró que era un sayón del conde de Astorga el que venía persiguiendo al homicida desde esta villa. Por lo tanto, la serpiente sí que había estado implicado en la violación de la doncella y esta certeza, además de la extenuación, le hicieron marearse en cuanto se quedó a solas. Apoyado en la pared de una casucha, se durmió mientras unos hablaban ya de que todo era cosa de musulmanes.

(Ata la cuerda a la rama en la que estaba, dejando oscilar a Roldán como un péndulo. Tiene el torso desnudo, cubierto de cieno, con las muñecas atadas a la espalda. Lo ha sacado igual que lo metió, con la salvedad de que la primera vez estaba vivo y lo dejó caer de golpe, y él ha sacado un muerto palmo a palmo. No encuentra heridas abiertas, aunque tendría que lavarlo para verlo bien, por eso piensa que lo arrojó vivo, quizá inconsciente, pero respirando. Se seca el sudor con el faldón de la camisa. Está muy cansado. Demasiado viejo para tanto ajetreo. Tal vez demasiado viejo para enfrentarse a la serpiente. Inmediatamente aleja esos pensamientos. ¿Cuántos eran ya? ¿Diez, veinte? Imposible recordarlos a todos; la niña de Caleruega le parece tan lejana ahora, con un soldado semidesnudo pendiendo de un árbol al lado de una iglesia dedicada al Salvador. No la ha olvidado, pero siente que ha empequeñecido en comparación con la totalidad de la obra de su presa. Y ya que así parece quererlo, le perseguirá hasta el fin del mundo. Hasta que lo mate o lo devore el mar. Recuperado el resuello, Nuño mueve la cuerda, obligando al finado a danzar en el aire. Cuando sobrevuela la orilla en la que espera el impaciente Belfudo, suelta el cabo y dos tercios de Roldán se posan en tierra sólida. Satisfecho, emprende el descenso más confiado. Más tarde, avisará a los monjes y proseguirá hacia Lugo. Sonríe con amargura; ha oído que don Sancho García se ha reunido con el rey).

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