La Caza de la Serpiente: Capítulo 2

La Caza de la Serpiente Capítulo 2

Qué es un hombre sino un conjunto de tripas más o menos revueltas en torno a una espada. Nuño de Oca era un guerrero, un infanzón de Castilla, un milites del conde, sin tierras ni más posesiones que su caballo, sus armas, y sus tripas. Ya ni siquiera un alma encerrada en la carne, él había abierto cientos de cuerpos y nunca halló en ellos más que líquidos pestilentes y mollejas, lo mismo que en cualquier otro animal. Y no se trataba sólo de infieles los que habían sucumbido a sus mandobles, sino algún que otro bandolero cristiano, y hasta más de un clérigo malparido. Ni rastro de Dios en todo aquello. Triste realidad, pero cierta al fin y al cabo, y así, de batalla en batalla, fue perdiendo la fe Nuño, reemplazando al Altísimo por su hoja, no hay más Dios que la espada y más milagro que el escudo, allá en el valle déme mil de mis dioses y quédese aquí el suyo, le dijo una vez a un obispo antes del combate que le había recriminado sus blasfemias, y remató diciendo: “prefiero cubrirme las espaldas con ésta que con el manto de la Virgen María". Y arreó su montura contra las hordas de Almanzor, junto a Garci Fernández, en el valle del Duero. Perdieron, pero no fue castigo divino sino una mala estrategia y un número superior de enemigos. No hay cabida para Dios en la guerra, se lo dijo el mismo conde días más tarde, es un acto exclusivo de los hombres, con victorias y derrotas, un hombre que avanza y otro que cae. No hay nada divino ni sobrenatural en ello, sólo un enfrentamiento entre dos voluntades humanas donde una siempre acaba por ceder. Y siempre habrá otra dispuesta a ocupar el lugar del caído, añadió él, con la sabiduría que otorga el haber sobrevivido tantos años a lomos de un caballo manchado. Don Garci, que también era de los bautizados con sangre en el frente, asintió con sobriedad y bebió su vino.

Nuño no era un sujeto grande, sino más bien bajo, entrado en carnes y en años, fuerte y velludo como un oso, rápido como un zorro e igual de astuto. Le gustaba pelear, no conocía otra forma de vida que no fuera la guerrera. En tiempos de paz, muy escasos, vagaba por tierras de nadie, solitario, haciendo pequeñas incursiones en territorio árabe o inmiscuyéndose en escaramuzas fronterizas, hasta que la frágil tregua se esfumaba como el humo de una fogatilla bajo la tormenta y de nuevo se reagrupaban las fuerzas contra Almanzor. Sólo oír el nombre del caudillo amirita le hacía desenvainar, él era el Gran Enemigo, el hombre que poseía la voluntad más fuerte de toda la península, y se empeñaba en demostrarlo constantemente. Nuño había oído como uno de los condes se preguntaba una noche de campaña a qué sabría su sangre, si sería como las de sus berberiscos o por el contrario tendrían el aderezo de alguna especia mágica que lo hacía invencible, si sería acaso de otro color distinto al rojo. Se oían entre las tiendas fabulosas historias acerca de lo que magos y alquimistas cordobeses podían hacer, así que no eran raros aquellos pensamientos declamados. A Nuño le hubiera gustado contestarle, en su conciliador tono socarrón, que ya lo degustarían a la mañana siguiente, pero se abstuvo de decir nada, quizá por un asomo de prudencia, quizá porque no lo veía tan fácil. Almanzor se morirá solo, le oyó a un judío una vez camino de Burgos. Pues vamos listos si nadie lo mata, replicó un acompañante castellano. “No me refería a eso, sino él solo, en soledad”, apostilló el viejo sefardí. Nuño de Oca meditó largamente, y en muchas ocasiones, acerca de estas palabras. Le parecían la más siniestra profecía, pues un guerrero que cae en la lucha nunca muere solo, hay todo un campo de batalla plagado de hombres para hacerle compañía, y aún los que cayeron antes, en otras guerras pasadas. Morir solo, en soledad, implica deshonor, vergüenza; nada peor que perder la vida en el lecho, tiritando de fiebre o empapado en diarreas, mejor cortarse la garganta o las venas, que te cocee una mula en la cabeza y te salten los ojos de sus cuencas y los sesos por la nariz.

Qué cosas más terribles había tenido que ver Nuño a lo largo de sus cuarenta años de vida, desde aquellas mozas gallegas destripadas por los vikingos que asolaron la costa de Galicia, hasta aquella docena de monjes empalados a las puertas de San Esteban de Gormaz, y sin embargo, todos estos fantasmas palidecen en su memoria al compararlos con aquellos desgraciados de Caleruega. De aquella tarde no guarda un recuerdo, sino una vívida impresión. Ved vosotros también.

Cae la tarde sobre la llanura castellana. El lienzo azul intenso que cubre el cielo consiente, por fin, el paso de algunas nubes arengadas a soplidos de un tímido viento. Pocos son los pájaros que alzan el vuelo en esas calurosas horas; se contentan con mirar el arisco paisaje y a los sesteantes lagartos sobre las rocas. Sólo los insectos zumbones prosiguen con su actividad, gozosos con el madurar de las frutas.

Nuño de Oca contempla intrigado la modesta puerta de madera que cierra la casucha de barro, solitario hogar del pequeño poseedor de aquellas tierras. El militar también ha encontrado las ventanas trabadas, confirmando su mal presentimiento inicial. No escucha ningún sonido proveniente del interior, a decir verdad, hay un espeso silencio que lo envuelve todo en derredor. Su caballo, como consciente de tan incómoda situación, relincha nervioso a pocos metros; los tres amigos que le aguardan en sus monturas también se muestran inquietos.

Con la espada ancha en la diestra, se decide a entrar. Apenas se desliza un rayo de luz en el interior cuando, poco a poco, empuja la puerta, pero el milites no necesita ver para reconocer el olor que alcanza sus fosas nasales con brutal contundencia. Aprieta los dientes y sus dedos se cierran fuertemente en torno a la empuñadura de su hoja. Sus ojos escudriñan la pobre morada. Enseguida aprecia que lo que hay tras el rústico banco de la cocina es el cuerpo de un hombre. En su lento caminar tropieza con cacharros de cobre y barro desperdigados por el suelo, algunos hechos pedazos, y un par de velones que acierta a encender. El aumento de luz no sirve más que para mostrarle con mayor definición la tétrica cara de la muerte. El hombre de la casa yace inerte, vestido tan sólo con su sangre, con las manos atadas a la espalda. Un examen más de cerca le permite ver que el campesino luce heridas por todo el cuerpo, pequeños cortes no mortales pero que, sin duda, sirvieron para torturarle largo tiempo. La causa real de la muerte se refleja en los ojos del finado: un atroz e ilimitado pánico.

Nuño siente un brusco escalofrío que le sacude como un latigazo; en su vasta carrera como hombre de armas, implicado en decenas de batallas y con una innumerable cantidad de enemigos muertos a sus espaldas, jamás había visto semejante expresión en el rostro de nadie. A pocos metros del cadáver descubre un arca de considerables dimensiones, que abre con la punta de la espada. No debió contener demasiadas cosas de valor, aún así, también ha sido saqueada; en el fondo sólo halla un pequeño vestido, de buen lino blanco. Nuño no puede contener el impulso de cogerlo y estrujarlo, sintiendo el suave tacto entre sus dedos y el aroma a tomillo que emana del tejido. Estas sensaciones le hacen subir la bilis a la garganta, mientras su mirada se dirige instintivamente hacia el dormitorio. Antes de que pueda pensar en el significado de sus actos, ya se ha plantado ante el umbral del cuartucho junto a la cocina. La cetrina luz que desprende la llama de la vela, con su juego de danzantes sombras, le ofrece a sus retinas un enfermizo espectáculo en donde dos mujeres desnudas, madre e hija, sobre dos míseros lechos, le miran con ojos vidriosos, con una cuerda alrededor de manos y garganta, y otro cabo —hasta eso puede ver con más claridad de la deseada—, asomándoles por la boca. La niña no es mayor de doce años, la madre tampoco sobrepasaba los cuarenta. Hay sangre sobre los muslos de la chiquilla, que denota que su homicida también fue su violador.

Nuño no quiere saber más. Sale tambaleante de la casa y da gracias a Dios cuando la luz del atardecer y la brisa, más animada, refrescan su cara, devolviéndole el color y haciéndole pensar que acaba de despertar de un mal sueño. Lamentablemente, esta percepción no desaparece, sino que se acrecienta cuando lo que le espera fuera son los hombres de Sancho García, Conde de Castilla.

—Señor Nuño de Oca, daos preso —le dice el jefe del escuadrón que los ha dado caza, luciendo una sonrisa lobuna.

Nuño, tras una muda consulta con sus amigos, enfunda la espada, apático. Hasta aquí lo que pasó esa tarde, lo que inició la caza de la serpiente.  

 

* La caza de la serpiente es una obra del escritor albaceteño Juan García Rodenas, que nos ha cedido para su publicación semanal, cada jueves, en www.elpincho.net. Esta novela fue creada por su autor en el blog El juego del muerto, desde el 1 de junio del año 2013, fecha en la que publicó el primer capítulo, hasta el 12 de agosto del mismo año, cuando la novela llegó al final con el capítulo número 32. 

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