La Caza de la Serpiente: Capítulo 21

La Caza de la Serpiente Capítulo 21

Llegaron el sol y Nuño de Oca a Lugo con pocas horas de diferencia, dado que el segundo había hecho noche en el camino. No era desconocida la plaza para él; fue en la capital de la meseta de Terra Cha donde combatió por vez primera a los normandos y se iniciara en la práctica de la guerra. Habían pasado tres décadas y todavía la iglesia daba muestras de no haberse recuperado del incendio. Se avivaban pues los recuerdos a cada paso, y más viendo que en esos momentos Lugo estaba tomada por la mesnada cristiana. Entre los hombres de armas que aguardaban a ambos lados de los muros, Nuño creyó reconocer a algún viejo compañero, pero no se acercó a nadie hasta que entre la comitiva castellana le pareció distinguir a los amigos que le acompañasen en Caleruega. También él fue identificado y enseguida muchos fueron a verle, intimidados por su presencia como quien está ante un fantasma o una leyenda. Sus camaradas corrieron a abrazarlo con la incredulidad reflejada en el rostro. Nadie parecía esperar verle con vida. En pocos minutos le llenaron las manos de comida y bebida, los hombros de palmadas y los oídos de noticias. Había gran distensión en el ambiente; sabedores de que no entrarían en batalla mataban el tiempo como si se tratase de una reunión de veteranos en una taberna. Dejarían que Almanzor hiciese lo que le diera la gana y en cuanto el amirita se hubiese aburrido y emprendiera el regreso, como mucho le tirarían piedras desde algún desfiladero. Así eran las estrategias de Vermudo II.

Dejando su montura en las tiendas paisanas, se encaminó resuelto a la corte en la que le informaron se alojaba don Sancho García. No se entretuvo en dar explicaciones a los criados de la casa, que acostumbrados a los barbarismos castellanos, le dejaron hacer. De este modo, su figura de barbas desaliñadas, cabellera de guedejas enredadas, rostro tostado por el sol, con el polvo del camino como segunda piel, ropas ajadas y espada al hombro, irrumpió en el salón sobrecogiendo a los presentes. El máximo mandatario de Castilla, sentado entre almohadones, vestido a la manera musulmana y con la cabeza cubierta por un curioso sombrero fue el primero en reaccionar, incorporándose de un salto.

—¡Por todos los santos, Nuño! ¿Os habéis escapado del Infierno? —exclamó sin perder su gravedad y elegancia—. Mandé una docena de mensajeros en vuestra busca y ninguno supo encontraros. Ya os daba por muerto, ¿dónde habéis estado?

—De caza, señor —respondió Nuño de Oca, avanzando hasta el centro del salón. El resto de personas, casi todos consejeros, además del propietario de la casa, se miraban entre sí, confundidos y asombrados; todos habían oído hablar del infanzón y no sabían qué hacer ni qué decir.

—¿Un mes?

—Y todavía no he concluido.

—Ah, ¿no me iréis a decir que todavía andáis tras ese homicida de Caleruega?

—Por él, y no otra cosa estoy en Lugo.

—No puedo creeros, Nuño... Habéis estado, dejadme pensar... unas cinco semanas tras él... ¿Y decís que ahora está aquí?

—Sí. Hasta más allá del Duero llegué siguiendo su rastro y en este instante, ambos estamos en la villa.

Don Sancho resopló. Se quitó el sombrero dejando ver los mechones canos que ya cubrían sus sienes y la lustrosa calva que ganaba terreno sobre la frente. Como si con aquel gesto hubiera dado una orden, los consejeros se levantaron, conteniendo sus murmullos, y se retiraron. En cuanto se vieron a solas, el conde volvió a sentarse en sus cojines y le indicó a Nuño que hiciera lo propio en uno de los bancos.

—Supongo que sabéis cómo están las cosas por aquí.

—El gallego anda otra vez con la pierna bajo las mantas, ¿eh?

—Sí —el conde rió la gracia. Vermudo II padecía de gota, y en sus recepciones solía cubrirse la pierna enferma con finos lienzos y brocados—. Tiene mucho valor para ignorar los acuerdos con Córdoba, pero luego deja cobardemente que Almanzor campe a sus anchas por tierras cristianas. Ya se reconstruirá, ésa es su excusa.

—¿Y a qué habéis venido?

—Bueno, aunque de una forma simbólica, sigue siendo nuestro rey y hay que apoyarle; aunque sea de una forma simbólica.

—Qué será esta vez.

—No lo sabemos todavía. Lugo, Astorga... No viene por nosotros, Nuño. Ahora, contadme, ¿qué es lo que os ha ocurrido realmente?

—Os he dicho la verdad. He estado persiguiendo a ese loco homicida por toda Castilla hasta aquí.

—Pues aunque lo parezca, no es éste el mejor momento y lugar para ocultarse.

—No sabría deciros. Ese hombre es un enfermo. Disfruta matando y torturando a personas inocentes, de toda clase y edad. Nunca vi nada igual, ha dejado a su paso un denso reguero de sangre. No sé qué le ha traído aquí, pero sí que piensa matar de nuevo.

Don Sancho García entrelazaba los dedos y se mordía los labios, nervioso.

—¿Conocéis esta comarca, verdad Nuño? No conozco otro lugar que, con tanto obispo, sea tan pagano. Esas historias de meigas, de duendes, de lobishome... ¿Me estáis contando otra leyenda, Nuño?

—La serpiente.

—¿Qué?

—Estas gentes temen sobremanera a las serpientes.

—Ah, sí, esas historias de culebras gigantes...

—Este monstruo es real, yo he visto lo que hace. Quiero acabar con él de una vez.

—De acuerdo. ¿Qué habéis pensado hacer?

—Quisiera ver a la sobrina del conde de Astorga.

—¿Qué decís? ¿Y eso?

—Ella conoce al homicida, le ha tratado y puede describírmelo.

—¿Cómo? ¿Pero de qué demonios estáis hablando?

—Es muy largo de contar y no tengo mucho tiempo. ¿Dónde puedo encontrarla?

—Olvidaos de eso, Nuño. Don Munio Fernández está negociando su matrimonio con otro conde gallego. No creo que os permita siquiera verla de lejos.

—El homicida mató a uno de sus hombres hace dos días, en Santa María de Carracedo. Yo mismo lo saqué de las arenas movedizas a las que le había arrojado de cabeza —respondió sin inmutarse. Sancho García se levantó al instante, tirando varios cojines al suelo, y se puso a pasear por la habitación, mirando sin ver los tapices que adornaban las paredes. Estrujaba el sombrero entre sus dedos crispados.

Nuño le observaba inexpresivo, descubriendo que el conde había heredado todos los ademanes maternos.

—Escuchadme, Nuño —dijo por fin—. Puedo concertar una entrevista con don Munio, pero no está en mi mano que también asista o no su sobrina. Como veis, hago lo posible por ayudaros.

—Ya os juré fidelidad, señor. No obstante, gracias.

—No me las deis tan pronto que no he terminado de hablar. No sé cuánto más estaremos en Lugo, pero no será mucho. Cuando decida que volvemos a Burgos vendréis conmigo. Sin rechistar. ¿De acuerdo? Si os digo que se acabó, es que se acabó.

—Soy vuestro homine fidele, señor, y os debo obediencia.

—Guardaos vuestra sorna, Nuño. Sólo espero que llegado el momento seáis tan disciplinado como mordaz. Ahora retiraos, y por todos los santos, adecentaos un poco. Ahora estáis en la Corte Real. Ya os enviaré a buscar cuando el conde de Astorga acceda.

Nuño abandonó la casa confiando en su suerte. Impaciente, paseó el resto de la jornada por Lugo, escudriñando los ojos de todo el que se cruzaba, buscando el destello delator que le permitiera reconocer al homicida. Más tarde, cansado y por qué no decirlo, sintiéndose sucio, regresó a la tienda con los suyos. Tras el merecido aseo, disfrutó de una agradable velada entre iguales, donde el vino corría por las gargantas como la sangre por sus memorias. Estaban en el comedor de la corte sita en la céntrica plaza de Santo Domingo, cerca del templo dedicado a San Pedro. Dos silenciosos esclavos moros terminaban de retirar la mesa ante la llegada de las dos visitas. Por la misma razón, don Osorio Linar, señor de la casa, acababa de abandonar la silla que ocupaba en un extremo del gran tablero rectangular.

Don Munio Fernández, conde de Astorga, apenas había probado bocado y con mal humor había despedido a su mujer e hijas, mandándolas a saludar a los nobles parientes que tenía en la villa. En su mano sostenía un cáliz de fino cristal tallado repleto de un enérgico aguardiente de cerezas sustituto de su medicina, cuya botella tampoco descansaba muy lejos de él. Doña Inés de Fernández reposaba en un estrado almohadillado, apartada de la mesa tras el yantar. Tenía razones el conde para necesitar del líquido espirituoso. Cuando todo parecía encauzado, y el acuerdo matrimonial con el primo de don Osorio, principal noble de Lugo, estaban a punto de culminar felizmente para ambos, habían ido llegando las malas noticias. Primero, el anuncio de la muerte de Roldán, que los había sobrecogido. Y después aquella entrevista. Que el mismísimo conde de Castilla le hubiera solicitado audiencia de modo tan misterioso no podía significar nada bueno, y si al principio se asustó al pensar que se trataba de una nueva conjura contra el rey, su disgusto no decreció cuando le dijo que el asunto concernía a su sobrina. Ya se planteaba don Munio la posibilidad de vender como esclava a la maldita chica cuando le informaron de la llegada de los invitados.

Don Sancho García saludó con las formalidades de rigor y le presentó al hombre que le seguía. Si los castellanos tenían fama de bárbaros se debía a individuos como Nuño de Oca. A ojos del conde de Astorga, poco distaba el infanzón de un vikingo; a pesar del baño, el recorte de barba y melena y las vestimentas nuevas, seguía conservando el gesto feroz del que se ha criado en el campo de batalla, la forma de mirar de quien espera ansioso un ataque por sorpresa. Todos sus movimientos expresaban desafío. Admiró a Sancho García por haber logrado someter a bestia semejante, aunque no estaba seguro de que el magnate lo hubiera logrado del todo. Prosiguieron las presentaciones, quedando los recién llegados impresionados por la belleza de Inés. Nuño apreció que, si bien era una hermosura totalmente contraria a la de Leonor —mediaba una notable diferencia de años y carnes—, compartía con ella el despertar cierta atracción animal. De inmediato, se sintió excitado al oler de cerca su piel. Era como los efluvios de una bestia en celo. El conde tomó asiento encarando a don Munio, aceptando primero una copita de aguardiente. Nuño escogió una banqueta y se situó en el cuarto vértice imaginario del cuadrado que trazaban los demás.

—Bien, señores —empezó el conde de Astorga—. Creo que querían hablar con mi sobrina...

—Don Munio, no quiero que vea esta charla como un interrogatorio —ofició Sancho García—. Puede dar por terminada la reunión cuando lo considere preciso. En cuanto a vos, señora, no tenéis por qué responder, pero os agradeceríamos que lo hicierais de la manera más sincera posible.

—De acuerdo —respondió Inés, fastidiada—. ¿Qué quieren saber?

—Creo que habéis estado de viaje durante los últimos meses, ¿no es así? —dijo Nuño.

—Sí. Visité varios claustros en la Marca Superior ofreciendo mis servicios como pintora. Lamentablemente no está bien considerado que una mujer desempeñe este oficio, por lo que apenas pude ejercer y me vi forzada a regresar —al decir esto último miró a su tío de reojo, pero él no se inmutó.

—¿Ese sayón que han encontrado muerto, Roldán, era vuestra escolta?

—El pobre Roldán no era más que un mayordomo y sí, por orden de mi tío fue mi protector durante el viaje. Era un buen hombre, aunque a veces se excedía en sus funciones.

—En vuestro camino de regreso os detuvisteis en León. Creo que allí conocisteis a alguien. Contadme cómo fue.

—Estaba en el mercado, comprando ciertos materiales para el dibujo, cuando se me presentó fray Cebrián. Como ambos debíamos ir hacia Astorga se ofreció acompañarme y no encontré razones para negarme —doña Inés empezó a irritarse, sospechando a dónde querían llegar.

—¿Y qué opinaba vuestro escolta?

—Ya os he dicho que en ocasiones se excedía en sus funciones.

—¿Cómo era ese fray Cebrián? Habladme de él.

—Es un monje itinerante. Joven, culto e inteligente. Ha viajado mucho, creo que pasó bastante tiempo en Al-Andalus. Escribano y creo que teólogo, me dijo haber realizado una Sancti Fructuosi Bracarensi Vita. También comentó que tenía en su poder un libro magnífico por ilustrar, que no llegué a ver y que supongo adquirió en el mercado de Córdoba o Murcia. Su lúcida conversación fue un bálsamo tras semanas soportando necedades.

—Entiendo. ¿Pero cómo era físicamente? ¿Alto, bajo, cuál es su color de pelo, de sus ojos?

—Pues no sé... —la mujer se vio turbada por la agresividad verbal de Nuño. Su tío y Sancho García parecían estar a punto de saltar de sus asientos y poner punto y final a la confrontación—. Alto, cabellos y ojos claros, de complexión normal; no sé, como cualquier hombre corriente...

—Está bien —no quiso Nuño ahondar más por no irritar al tío, pero por la cabeza le rondaba la cuestión de cómo un sujeto de lo más común había podido seducirla tan profundamente. Tal vez sólo se debía a una cuestión sexual, ya que hasta él mismo se había excitado sólo con su proximidad. Quizá a ella le sucediera algo parecido con el homicida; quizá el desaforado celo fue mutuo y por esto Inés seguía viva. Ignoró estas conjeturas y prosiguió con las preguntas—. Continuad. Qué pasó después.

—Como no me encontraba bien tuvimos que retrasar la partida hasta la tarde.

—Pero eso significaba tener que acampar a mitad de camino para pasar la noche —habló Sancho García, procurando no parecer escandalizado.

—¿Y qué? No era la primera vez.

—Señores... —murmuró don Munio, a modo de advertencia. Los otros dos asintieron.

—¿Qué os contó, de qué hablasteis durante el viaje?

—De todo un poco, para distraernos de la monótona marcha. Sobre sus viajes y cosas por el estilo. Cuando llegamos a Astorga, fray Cebrián se alojó en un convento, y antes de que saliera hacia Lugo le convidé a cenar en agradecimiento a sus atenciones. Esa fue la última vez que lo vi. ¿Satisfechos? Ahora señor, permitidme deciros algo: si pensáis que fue él quien forzó a la doncella y acabó con la vida de Roldán estáis muy equivocados. Fray Cebrián es una persona excelente y sensible, sencillo, un erudito, incapaz de tales actos. Yo soy la mejor prueba de ello, pues sigo viva y de una pieza.

—Aquí, en Lugo, ¿habéis tratado de encontrarle?

—Sí, pero todavía no hemos dado con él. Tal vez se haya desviado de su ruta, o se haya entretenido por el camino... Quién sabe.

—¿De verás no visteis nada sospechoso en él? ¿Os creísteis a pies juntillas todo lo que os dijo sin cuestionar nada? —Nuño dijo esto casi gritando de indignación.

—¿Por qué no iba a hacerlo? ¿Creéis que no sé distinguir cuando alguien me miente?

—Por favor —intervino de nuevo el conde de Astorga—. Moderemos el tono. ¿Qué es lo que ocurre con ese hombre, Nuño de Oca? ¿A qué se debe todo esto?

—Tengo poderosas razones para pensar que ese individuo es un peligroso homicida.

—¿Cómo? —exclamaron tío y sobrina al unísono.

—No hay posibilidad de error. Llevo siguiendo sus huellas desde hace más de un mes. Mutila, viola y mata indiscriminadamente a niños, adultos y ancianos. He visto lo que hace con ellos, las atrocidades más salvajes que puedan imaginar. Es un ser monstruoso escapado del peor de los Infiernos, de la más terrorífica de las pesadillas —a medida que las palabras abandonaban su boca, el salón se iba oscureciendo. Una densa nube cargada de tormenta estaba ocultando al sol, pero a los reunidos en la planta baja les parecía que Nuño estaba invocando a Satanás—. Y todo lo hace por puro placer, gozando con el dolor ajeno como quien disfruta del vino o el sexo.

—¡Por todos los santos del cielo! —exclamó espantado Munio Fernández—. ¿De qué está hablando vuestro hombre, don Sancho?

—Estáis completamente loco, infanzón —dijo doña Inés, pálida—. Os repito que si fray Cebrián fuera el monstruo que decís yo no estaría aquí.

—Violó a una de vuestras sirvientas.

—¡Eso está por demostrar!

—Roldán así lo creía.

—¡Roldán estaba celoso de él! Sé que fray Cebrián es incapaz de hacerle daño a nadie.

—Eso es lo que quería haceros creer. Os supongo enterada del crimen de Columbrianos, su autor no es otro que vuestro sensible erudito. ¿No lo veis? Habéis sido manipulada, os ha utilizado...

—Y después debería haberme matado, pero no lo hizo, luego algo falla en vuestro planteamiento.

—Quizás... quizás sea porque vos le ayudasteis.

—¡Un momento! —protestó don Munio—. ¿Está acusando a mi sobrina?

—Bueno, hasta el momento es la única persona que he conocido que ha estado junto al homicida y no ha muerto. Cuanto menos es desconcertante.

—Nuño, no sigáis por ese camino —atajó don Sancho, diplomático—. Yo creo en la existencia de ese homicida, pero no podéis probar que él y ese monje amigo de doña Inés sean la misma persona.

—Señores —habló Munio Fernández, ya en pie y muy irritado—, no puedo consentir que se viertan sobre mi familia acusaciones tan graves. Les ruego se retiren y les conmino a olvidarse de nosotros en este asunto. Buenas tardes.

Los castellanos se levantaron, se despidieron con un ademán y se dirigieron a la puerta de salida, no sin que antes el infanzón cerrase la discusión.

—Si dan con ese Cebrián no duden en hacérmelo saber. Estaré encantado de disculparme ante todos si realmente me he equivocado de hombre.  

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