La Caza de la Serpiente: Capítulo 22

La Caza de la Serpiente Capítulo 22

Creo que ningún César estuvo en Lugo. Me enorgullezco pues en ser el primero. Ciertamente, el punto álgido de mi múltiple existencia es este Cesar humilde en el que me he convertido. De esta suerte, la transformación ha llegado a su fin; la serpiente se ha desprendido de su última camisa para mostrarme como rey, reino y vasallo a la vez. Como estaba predestinado, me he descubierto a mí mismo y he comprendido. Dios me ha regalado el glorioso título que los hijos de Roma dieron a sus emperadores, pues al igual que ellos, por mis obras seré recordado. Y del mismo modo que sabemos que Cayo Julio Cesar ganó las Galias, que derrotó a todos sus oponentes hasta la conjura que acabó con su vida hace casi mil años; y que fue Trajano el que emprendió grandes obras públicas, y quien anexionó al imperio Dacia, Arabia, Mesopotamia, Asiria y Armenia; así, afirmo, me conocerá la posteridad.

La prueba de mi transformación: me crucé con Limía y no me reconoció. ¿Por qué habría de hacerlo si soy otro? Es hora de dar el paso definitivo: conquistar al populacho. Aunque entiendo que sólo las mentes lúcidas apreciarán mis actos en su plenitud, no quiero que mi historia permanezca entre los muros de un monasterio, escudriñada por unos pocos ojos cegatos, por lo que tengo que hacerme accesible al pueblo. Y dado que el vulgo no lee ni escribe, que sólo se interesa por lo que puede contar, ya sea en la taberna, en el yantar, o alrededor de una fogata en las noches de recolección, debo convertirme en cuento, en narración, en leyenda. De esta manera alcanzaré la eternidad: en forma escrita para eruditos, traductores y reyes; y en forma oral, para el pueblo.

Quiso Dios que antes probase que era digno de su confianza y aún tuve que superar una pequeña prueba los primeros días de mi resurrección. Entregado a la marea humana, me dejé llevar de un extremo a otro a Lugo, compartiendo sudores y gritos, como uno más en el nervioso gentío, un vulgar personaje en el basto escenario. Se hablaba de Oviedo, de que el rey quería volver a refugiarse en Asturias —esconderse del amirita más bien—. Llegaban noticias de la costa lusitana, de donde los habitantes huían ante la incipiente invasión andalusí. El miedo se extendía como el fuego en un bosque seco; escuché a un hombre aterrorizado ofrecer trescientos sueldos por un caballo y no recibir respuesta alguna. La taberna se encontraba casi vacía; sólo los parroquianos más huraños se mantenían en sus puestos, y yo con ellos. Estaba apoyado en el quicio de la puerta cuando pasó un hombre que se me quedó mirando con gesto turbado.

Aceleró el paso y desapareció tras la esquina. Salí en pos de él, intrigado por su comportamiento. La calle iba hacia el norte, hacia la Puerta Nova. Distinguí su nuca entre un montón de cabezas. Tomó la primera a la derecha. Entré en una sucia callejuela. Había más gente, menos espacio. No se volvió, pero sabía que le perseguía. Aceleramos el paso. Se abrió camino a empujones. Algunos se volvieron a protestar, pero él ya no estaba ahí. Giró de nuevo, por detrás de una tienda. Casi lo tenía. Tropecé con una montaña de basura. El agua sucia corría calle abajo. Vi sus huellas. Hacia la derecha. Hacia abajo. Seguí andando, sin verle. Llegué a la Plaza Mayor. Una multitud negociaba a voces ante el palacio. Lo había perdido. Paciencia, me dije.

Al día siguiente descubrí su mirada curiosa en el reflejo de la bandeja de plata bruñida que el dueño tenía a modo de adorno en la pared. Cuando me volví el individuo ya no estaba. Asomándome a la ventana le vi huyendo otra vez. Salí tras él sin prisas pero con precaución. Por segunda vez, jugamos al gato y al ratón entre la soldadesca y los vecinos, en los apretados callejones cubiertos de inmundicias, con el cielo amenazando tormenta veraniega y la daga ocultada en el hueco de la manga de mi blusón. Podía oír desde cualquier parte sus pasos apresurados sobre el empedrado. Su carrera era fatigosa. Yo estaba tranquilo, con el frío albergado en mis tripas. La tarde se oscurecía progresivamente. Atajé por el patio de una casa. En la desembocadura de un oscuro pasaje el hombre se dio conmigo de bruces y se clavó la hoja hasta la empuñadura. Me aparté con una susurrada disculpa y desaparecí por otra bocacalle sin mirar atrás, con la mano y el arma cubiertas de cálido líquido, y la carne de gallina. Recordé su cara. Era uno de los carreteros que marcharan delante de mí. El carretero, en silencio, se desplomó de rodillas con la mano en el abdomen, taponando un chorro de sangre que manaba como una fuente granadina. Murió fulminado, en soledad, sin un grito ni un lamento. Cerró los ojos y se fue, como si se echara a dormir. Fue precioso.

Lo vi desde la penumbra de un portalón, luego me alejé para lavarme. Paseando, llegué hasta las ruinas de las termas romanas, junto a la orilla del Miño, ahora desiertas, pero en otros tiempos, no hacía mucho según me contaron, convertidas en lupanar. Una voz me sacó de mis cavilaciones: un hombre pedía ayuda en las proximidades del puente a Santiago. Me acerqué a él. Por su atuendo deduje que se trataba de alguna clase de noble, de los que la villa rebosaba. Me preguntó si podía auxiliarle, ya que acababa de torcerse un tobillo. Un poco más apartado esperaba su montura, casi divertido. Le presté mi hombro y avanzamos hasta un árbol.

Tendría mi edad, corpulento, de cabeza y mandíbulas rasuradas. Parecía inteligente y cultivado. Se presentó como Xoan Flaínez, natural de Lugo, primogénito de un magnate local y hasta pariente, lejano, del rey. Avergonzado, me explicó que había salido a ejercitarse en la monta y llegando al puente su cabalgadura le había jugado una mala pasada. Le intrigó mi acento y quiso saber si yo era soldado y a quién servía. Le respondí vagamente, alistándome en aquel instante a las fuerzas de Burgos, y pareció creerme. Tenía el tobillo hinchado pero no estaba roto: una pequeña torcedura. Le coloqué un paño húmedo y salí al camino en busca de ayuda. Unos campesinos acudieron a mi llamada, y entre todos subimos al bien nacido en su caballo. No quiso más atenciones y se despidió con amabilidad y la promesa de una recompensa. Le aseguré con la mirada de que yo iría a recogerla.

Te abandono hoy, Lugo, por la más antigua de tus puertas, la del Carmen, por la que se va a Santiago. Luego cruzaré el puente romano sobre el Miño, que forma parte de la Vía XIX. Todo está señalado, trazado el camino con mano sabia. No voy sólo. Cabalgo junto a dos hombres, maniatados y amordazados. Dos capuchones cubren sus rostros. No me preocupa que los identifiquen, lo hago porque quiero que no vean ni oigan. Los he zambullido en la terrible oscuridad de la nada. Están en el Infierno y yo soy su guía. No puedo evitar reírme, como no puede contener el lobo aullar a la luna llena. Se acabaron los discursos, a partir de ahora sólo habrá acción.  

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