La Caza de la Serpiente: Capítulo 23

La Caza de la Serpiente Capítulo 23

Un Nuño hosco había pasado el fin de semana sentado en el suelo de una tienda, afilando su espada. Era su forma de esperar. Para su desesperación, no podía hacer otra cosa. El conde de Castilla le había prevenido ante ocurrencias tales como volver a ver a la sobrina de don Munio o ir por ahí hablando del homicida. A medida que transcurrían los días se incrementaba su cólera. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Esperar un nuevo crimen? Y estaba seguro que ni aún así le creerían. Fray Cebrián no había aparecido, y estaba enterado de que personas del conde de Astorga andaban buscándole en secreto. El blanco de sus iras era doña Inés. Amigos de Nuño la mantenían vigilada, por si acaso el homicida decidía terminar el trabajo, pero no creía que fuera a ocurrirle nada. Si el criminal había resuelto perdonarle la vida, no iba a cambiar de opinión a estas alturas, aunque nada podía darse por sentado ya que trataban con un demente. Su enojo era tal que se sorprendía deseando que la maldita aprendiz de pintora fuera la próxima víctima. Enseguida desechaba estos pensamientos. No debía haber más muertes que la suya, la del homicida.

En el campamento, los rumores de retirada a Oviedo eran cada vez más fuertes, y en cuanto esto sucediera, ellos se replegarían a Burgos y ahí se apañasen los gallegos con sus aldeas y sus animales. Todos pasto de las llamas. Las prostitutas se habían ido hacia Asturias, lo que era un claro indicador de que sabían antes que nadie hacia dónde soplaban buenos vientos. Los obispos pensaban hacer lo propio. La situación inicial de jovialidad se tornó en pura inquietud. Las peleas entre soldados empezaban a ser más que ocasionales. Eran unos dos mil hombres, menos preocupados ante la perspectiva de encararse con los diez mil que se decía acompañaban a Almanzor, que por la incertidumbre. Pasaban así los días, todos iguales entre sí, embutidos en una rutina desesperante. Y Nuño, cuya paciencia se agotaba a cada avance de la piedra de afilar por la hoja de su espada, se desquiciaba.

Tanto él como Belfudo se habían repuesto totalmente de sus heridas y el descanso, aunque poco debido al insomnio provocado por la tensión, era bien agradecido. Alguna de estas noches en vela se descubrió extrañando a Leonor. En ese pequeño instante aflojaba el ceño, olvidaba la cacería y buscaba el reflejo de su rostro en el metal pulido del yelmo o en la espada, se rascaba la barba y se lamentaba de su edad. Con diez años menos lo mandaría todo al diablo y partiría a Caleruega. Luego, se resignaba al paso del tiempo y volvía a tenderse, tratando de dormir.

Sus compañeros le relataron lo que les aconteció tras su detención. Tal y como había prometido don Sancho, habían sido liberados sin condiciones, y como supieron de su jura, cabalgaron hasta Burgos en busca de una explicación. Después de conversar largo y tendido con el conde, aceptaron de igual modo hacerse vasallos suyos. Todos eran nobles de segunda categoría, infanzones como Nuño, pero al parecer Sancho García confiaba más en ellos para dirigir sus fuerzas que en otros personajes de más alta alcurnia. Ninguno de ellos parecía a disgusto con su nueva situación, aunque en sus palabras encontró Nuño cierto tono de disculpa. Para contrarrestarlo, los felicitó por su decisión. Lo importante es que volvemos a estar juntos, les dijo con sincero entusiasmo.

En ellos vio reflejado su posible futuro, una vez cazase al homicida. Hasta entonces no se había planteado qué haría después. Ciertamente, había jurado fidelidad y obediencia a Sancho García, y tendría que cumplir su palabra. Su odio por el conde había quedado soterrado ante la imponente presencia de la serpiente. Una vez eliminada, ¿volvería a aparecer? Sólo el tiempo podría decidirlo.

Vio al rey en una ocasión, seguido por su cohorte de consejeros y validos. Montaba un grueso caballo más apto para largos viajes que para el combate. Su pierna se veía hinchada pero en mejores condiciones de lo que se venía comentando. Sólo su distinguido atavío le delataba como monarca, pues aunque eran ropas de estilo sencillo, bastaba un poco de atención para apreciar que los materiales con los que habían sido confeccionadas eran de la mejor calidad. Tampoco iba enjoyado como un obispo. De esta manera, Vermudo II aparecía ante su pueblo como un rey humilde a la par que excelso. Con gusto hubiera Nuño de Oca rasgado aquellas túnicas y capas, y buscado entre sus carnes el valor de Su Majestad.

Ironías de la vida: el hombre que ostentaba el trono leonés, conseguido gracias al favor de Almanzor en su pugna con Ramiro III, pensaba en refugiarse de su otrora aliado en la villa donde a la muerte de Ramiro obligó a retirarse a su madre, la regente Teresa Ansúrez. Muy cara le había salido a Vermudo II la escolta musulmana con la que entró a León hacía doce años.

La feria tercia, martes, apareció un avejentado mulo abandonado junto a una de las puertas de la muralla. Semejante acontecimiento no hubiera provocado más que una mirada de irritación en Nuño, y tal vez soportarle algún que otro insulto, de no ser por que le fue comunicado por Sancho García. La importancia de la noticia no era el insulso hallazgo del pollino, sino lo que había sucedido a continuación, y que era lo que en verdad había motivado la presencia del conde de Castilla en la tienda de su milites. Al parecer, el animal fue casualmente reconocido por un conductor de carretas que había llegado desde Astorga con víveres hacía una semana. Dijo que el mulo pertenecía a un individuo que había acompañado a la caravana hasta Columbrianos y que allí le había perdido la pista. El carretero, enterado del doble homicidio, sospechaba que ese hombre podía haber tenido algo que ver en el asunto. Nuño no lo dudó. Aquel mulo le habría llevado hasta la villa, tras el crimen se deshizo de él, y para la segunda parte del trayecto tuvo que robar otra montura. En aquel momento reconoció haber pasado por alto un detalle fundamental: ¿y el caballo de Roldán? Tenía que hablar con don Munio Fernández.

—Ni hablar —le dijo Sancho García.

—Quizá sepa qué ha sido del jamelgo del sayón. Lo habrá buscado, ¿no?

—Por supuesto, pero imagino que lo vendería o cambiaría por otro en el camino. Si es así no creo que encuentre nada por el momento. Escuchadme, Nuño, no podemos hacer más. Ya os dije que este delito no pertenece a la circunscripción de Castilla. Aquí ya tienen a sus merinos y sayones investigando. Si lo atrapan será sometido a un tribunal local y juzgado según sus fueros. Yo no pienso reclamar derechos sobre él.

—Así, pues, me dejáis solo tras las filas enemigas.

—Amigo Nuño, estáis obsesionado. Acabaréis enfermando o perdiendo la razón. Escuchadme, estoy convencido de que sabrán atraparlo. Os aseguro que cuando eso ocurra haré todo lo posible para que os permitan declarar ante los magistrados. Con vuestro testimonio le veréis condenado. No podéis hacer más.

—Jamás lo atraparán. Es demasiado listo...

—Esta discusión es una estupidez. La decisión ya está tomada. Dejad este tema ahora mismo —y diciendo esto, el conde se retiró rápidamente. No quería escuchar una réplica que le forzase a tomar una decisión más severa. Nuño de Oca gritó con todas sus fuerzas, exasperado. Todos estaban en su contra. Nadie hacía nada por frenar al homicida y a él, en cambio, no hacían más que ponerle trabas.

Esa noche un lobo salió a las calles de Lugo. Deslizándose como una sombra entre las casas, silencioso e invisible a ojos humanos, husmeando el aire, rastreando los rincones, preparado para atacar. Los perros se escondían a su paso, las ratas corrían de regreso a sus madrigueras, un bebe estalló en llantos al asustarse su ángel de la guarda. Lobo da xente, un lobo que era un hombre, Nuño, enfundado en ropas oscuras, con dos puñales por colmillos; sus ojos escudriñaban las tinieblas, cruzaban las ventanas de los hogares, atravesaban paredes y cortinas; su olfato filtraba todos los efluvios urbanos, casi todos ellos pestilentes; sus oídos estaban atentos a gemidos, suspiros, susurros y murmullos, voces en sueños y ronquidos; sus manos tanteaban paredes y muros, puertas, suelo, tras una vibración anómala, un contacto extraño. En resumen, todos sus sentidos estaban alertas, a la caza de cualquier indicio revelador, convencido de que un monstruo semejante debía dejar un palpable rastro de iniquidad. Como un nebuloso espectro, cruzó la plaza de un extremo a otro, de parte a parte, sintiendo su maligna presencia en todas partes, como si el homicida hubiera contagiado de su pestilencia a toda la villa. No es que no encontrara el rastro, sino que este lo envolvía por doquier, congestionándole de tal manera que le resultaba imposible mantenerse cuerdo. Entraba por su piel, como una enfermedad etérea, le contaminaba la sangre, le hacia partícipe de sus delirios, de sus crímenes, le hacía igualmente culpable de todas las muertes, iniciadas al principio de los tiempos y que sólo concluirían cuando se desatara el fin del mundo. Había trascendido de mero homicida a la encarnación de lo peor del hombre, el Mal personificado, y su largo manto de ruina y destrucción le estaba envolviendo como la manta al recién nacido. Palpaba su esencia, pero ¿dónde estaba el cuerpo? ¿Dónde estaba la sustancia, el individuo, la parte tangible en la que incrustar su hoja? La serpiente, ¿dónde estaba? Había mudado de camisa, otra vez, y se había esfumado.

El extraordinario esfuerzo físico y mental acabó por postrar a Nuño en el lecho de amanecida. Temblores fríos le sacudieron bajo la ropa de cama, y el delirio acudió a visitarle en forma de pesadilla. Estaba atrapado en lo más profundo de un pozo, rodeado de una espesa negrura en la que ni siquiera podía verse las manos; aguardaba, sospechando que no tardaría en percibir el horrible siseo de la gran culebra. Pero nada de eso sucedía, y en su lugar, notaba como algo le impedía respirar. Jadeaba, notando la náusea que le ascendía por el pecho. Los espasmos le hacían tirar la espada, los vértigos trastabillar, y al doblarse en dos sobre sus rodillas para vomitar, lo que asomaba por su boca era la larga, áspera y brillante cabeza de una serpiente.

Tardó en recuperarse Nuño, nada que no pudiera solventar el descanso y unas infusiones de hierbas preparadas por el médico de campaña de los castellanos. Le dejaron yacer hasta entrada la noche, en la que el hambre le hizo regresar al mundo de los vivos. Sus compañeros se lo llevaron a cenar en torno a una gran fogata en cuyas ascuas se iban haciendo lechones, patos y un poco más allá, truchas tan grandes como ovejas. Al momento le llenaron un cuenco de sidra y le pasaron el muslo de un ánade, y ambos fueron muy bien recibidos por su estómago, que manifestó su alegría provocando un sonoro regüeldo, acogido con vítores. En un gran banco esperaban su turno más viandas y los postres, con un enorme canasto de mimbre a rebosar de roscas. Nadie le explicó el motivo del banquete, y tampoco pudo preguntarlo, ya que se llenó la boca de comida y no pensó en vaciarla hasta que no pudiera tragar más. Las penas con pan son menos, que se dice.

Y la cena se hubiera desarrollado a las mil maravillas de no ser por un inoportuno mensajero que, asfixiado por la carrera, irrumpió en el semicírculo de comensales e informó, sin aguardar a identificar al jefe de los presentes, ni esperar autorización alguna, de que el primogénito del conde de Viladonga, pariente lejano del rey y prometido de doña Inés de Fernández, don Xoan Flaínez, había sido secuestrado. Cambiando el muslo por la espada, las retinas refulgiendo en la noche con más intensidad que las brasas de la hoguera y rugiendo blasfemias a voz en grito, Nuño salió lanzado hacia la corte de Osorio Linar. Estaba contento, y no pensaba arrepentirse de ello. Pero sobre todo, quería ver qué caras ponían los nobles de Lugo, Astorga, León y Castilla cuando les dijera que besasen su encallecido culo.  

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