La Caza de la Serpiente: Capítulo 25

La Caza de la Serpiente Capítulo 25

De lo sucedido en las proximidades de Palas de Rei se enteró todo el mundo, involucrado o no en la búsqueda. Todos fueron obligados a volver a Lugo, y entre los que no pudieron hacer oídos sordos a la orden estaba Nuño de Oca. Se habían recuperado los caballos robados, a uno de ellos se le hubo de matar a causa de sus lesiones y el otro no serviría más que de animal de tiro. En doscientos cincuenta sueldos estimaba la pérdida don Suorio Piñeiro de Boimente, más otra cantidad similar en concepto de gastos y salarios de sus peones, alcanzándose así cifra igual a la multa por matar a un noble, que no sabía el ganadero a quién reclamar. Estalló un conflicto de jurisdicciones entre nobles laicos y diocesanos, para desesperación de la familia de Viladonga. El rey estaba a punto de marchar a Oviedo, para guarecerse tras las murallas que levantase Alfonso II el Casto el siglo anterior para defender la plaza del Naranco de los musulmanes. Así, yendo de fortificación en fortificación, Vermudo II no quería saber nada de caballos ni homicidas. Noticias llegadas de la costa lusitana hablaban de los incendios y saqueos llevados a cabo por Almanzor y sus hijos, que ya habían sobrepasado Braga sin detenerse a descansar ni un solo día.

Nuño de Oca había fracasado, y un iracundo Sancho García no escatimó palabras para restregárselo por la cara, finiquitando su participación en el caso, pues partirían en breve de vuelta a casa. Aseguró a todo el que quiso oírle que podía encontrarle en menos de una semana, pues conocía la comarca y las montañas, pero fue ignorado. Tal vez no era tomado muy en serio porque hasta él recelaba de sí mismo; su fallo había resucitado sus viejos temores, y el milites se venía abajo por momentos. Acaso no estaba escrito que fuera él quién lo atrapase, le fue a comentar un obispo. Pero a Nuño las blasfemias parecían darle fuerzas y le traía sin cuidado lo que hubiera o no designado Dios, él quería cazarlo, debía hacerlo. Se planteó un último intento. Repasó mentalmente la entrevista con Inés de Fernández, sabedor de que ella era la clave; la mujer seguía viva por alguna razón. No creía el castellano en motivos románticos, sino que todo debía formar parte de su oscuro y retorcido juego. El monstruo sensible y erudito había devorado la voluntad de la hembra con palabrería; la insaciable serpiente comportándose como un bardo cualquiera. Entonces recordó el libro. Monje itinerante y escribano, había dicho doña Inés, había realizado una obra que ella nunca vio, como tampoco vio ese libro tan espléndido necesitado de ilustraciones que doña Inés podía haber hecho. Un libro, sin duda, del que era autor. Una crónica imposible de conseguir en la capital de Al-Andalus, porque trataba de su personaje favorito: él mismo.

Decidido, mandó un mensaje a Inés de Fernández pidiéndole una cita en secreto. Confiaba en que la curiosidad femenina fuera más fuerte que su primera impresión, y que olvidase por un momento que el hombre que la convocaba era el mismo que acusaba a su amante de múltiple homicida. Le trajeron la negativa antes de que pudiera impacientarse, lo que no evitó que informase a la discreta recadera de que la esperaría de todas formas tras los corrales a media tarde. Y medio oculto en un recodo a espaldas de la casa, se dispuso a persistir en su empeño de verla. Ya planificaba Nuño formas de entrar en el edificio cuando un muchacho se aproximó a él. Observándolo más de cerca, descubrió el soldado lo atractivo de su rostro, que le llevo a desenmascarar a la mujer, disfrazada para la ocasión y cuya melena y formas había escondido bajo un ancho blusón.

—Buenas tardes, señor infanzón —dijo sonriente—. ¿Habéis venido a acusarme de la muerte de esos caballos? ¿Tal vez de la toma de Lamego?

—No he venido a bromear, no obstante os pido disculpas si os he ofendido.

—La cortesía no es lo vuestro, señor, como tampoco el seducir a jóvenes damas, así que decidme qué es lo que queréis.

—Las damas que seduje tiempo ha que son madres y has- ta abuelas. Lo que vengo a preguntaros es sencillamente todo lo que sabéis de ese libro que decía tener vuestro monje.

—¿Por qué? ¿Pensáis ahora culparle del saqueo de alguna biblioteca monástica?

—Por favor, os estoy pidiendo ayuda. En nada compromete lo que me digáis si confiáis tanto en la inocencia de ese Cebrián.

—Desde luego, porque no sé nada. Sólo me habló de él en un par de ocasiones, al principio de conocernos; luego no se acordó de mostrármelo así que no pude verlo ni conocer su contenido.

—¿Os propuso ilustrarlo?

—Esa fue mi primera impresión, pero luego pensé que un libro que él comparaba al Beato de Liébana no podía carecer de pinturas. Tal vez quería que yo las restaurase, pero no volvimos a hablar de ello.

—No parecéis pensar que lo hubiera escrito él —dijo Nuño. Inés se quedó muda, y le cambió el color de la cara, como si acabara de serle desvelado un misterio divino.

—No. No lo creía.

—¿Por qué?

—No sé, no me dio esa impresión.

—Sabréis si lo llevaba consigo...

—Sí —se ruborizó casi sin darse cuenta—, creí adivinar el bulto de un grueso tomo en su equipaje.

—¿Creéis que sigue llevándolo consigo? ¿Que se lo trajo a Lugo, o a dónde quiera que esté? Inés se encogió de hombros por toda respuesta.

—¿A qué viene tanto interés por ese libro? Vos no parecéis un hombre versado en las letras —ironizó maléficamente.

—Ni sé leer ni escribir, señora, pero creo que ese texto tiene mucho que ver con lo que busco.

—¿Qué se os ha pasado por la cabeza? ¿Que el libro es el relato de los crímenes de vuestro monstruo homicida?

—Doña Inés, me habéis leído el pensamiento. La conversación acabó ahí, aunque todavía estuvieron juntos un poco más, en silencio, concentrados en sus propias reflexiones. Ninguno tenía nada más que ofrecer ni sugerir.

Una misma sensación en ambos, la que se experimenta al aproximarse a la cima de una montaña, desde la que basta un solo vistazo para dominar todo el paisaje. Los dos ansiaban llegar, ver y entender. Se despidieron con cierta timidez, como si de repente fueran conscientes de lo embarazoso de su encuentro.

La noche se deslizó con dificultad por las gentes de Lugo, incluidos el castellano y la pintora, viviendo cada uno en su lecho una pesadilla colectiva con monstruos de diferentes rostros que se sucedían, y entre todos el más terrorífico era el último, una sombría faz que emergía lentamente de la oscuridad como una bestia del Apocalipsis. Al día siguiente se llenaron todas las capillas. La histeria colectiva iba en aumento. Así transcurrieron dos días, celebrándose misas a destajo y la guardia aplacando a palos los ánimos más exaltados.

Más de la mitad de los obispos ya habían abandonado la villa, los nobles más importantes se peleaban por las provisiones que aún no tenían dueño, y Nuño de Oca veía cómo se le agotaba el tiempo. Nada supo del conde de Astorga o de cualquiera de su familia, ni de cualquier otro magnate gallego, leonés o astur. Conoció por casualidad que soldados de Viladonga habían vuelto a salir a buscar al primogénito, lo cual no ayudó a sosegarlo. Fue entonces cuando ocurrió algo que le acercó un paso más a la cumbre. Un escueto mensaje de Inés le emplazaba para esa tarde en la iglesia de San Marcos. Mientras caminaba hacia allí a la hora indicada, al tocarse el pelo recién lavado, se percató de que no era tan invulnerable al hechizo sexual de la mujer como creía.

Al entrar, no pudo contener la sensación de que estaba profanando el templo con su presencia. Los bancos rebosaban de campesinos que pedían clemencia al Dios crucificado, inmersos en la tenebrosidad del edificio. Apenas unos cirios en el altar y la cetrina luz que conseguía entrar iluminaban sus rostros asustados. En aquel gimoteante maremagnum no veía cómo dar con doña Inés de Fernández. Una mano en su hombro le hizo volverse como un relámpago. Podía haberle costado muy caro aquel ademán a la mujer, pero Nuño controló sus músculos y sus puños se quedaron donde estaban. Le indicó con un gesto que le siguiera, y pegados a la pared, avanzaron entre las hordas de timoratos. Atravesaron una puertecilla y se encontraron en una pequeña habitación. Una lámpara de aceite arrojaba su luz sobre los muros y los cuatro muebles que allí había.

—¿Qué? —inquirió Nuño, justo cuando un rollizo monje entraba por otra puerta. El religioso miró de pies a cabeza al infanzón, le entregó un papel plegado a Inés y se sentó en una de las sillas, la única tapizada.

—Este es el abad Gutier, de la iglesia de San Andrés, en Astorga. Él acogió a fray Cebrián durante su estancia en la villa. Creo que puede ayudaros.

Tomó asiento Nuño e hizo crujir sus nudillos, como si fue- se a iniciar una pelea, mostró sus colmillos al abad en lo que pretendía ser una sonrisa amenazadora. Gutier consideró para sí que aquel castellano debía comer niños crudos para cenar. Doña Inés guardó el recibo de la donación que había convencido al religioso para aquella reunión y se sentó dispuesta a disfrutar con el interrogatorio. El abad Gutier formaba parte del séquito del obispo de Astorga que, cómo no, había acudido a la Curia Regia y ya se estaba arrepintiendo de ello. Su marcha era inminente, y si no se había producido ya era porque su conde don Munio parecía estar a punto de morir. Nuño fue desgranando poco a poco la información de los sucedido semanas atrás, todos los detalles de la estancia de Cebrián, de su místico recogimiento y de su posterior desaparición. Habló el abad de la antipatía que despertaba en la congregación, de lo que gustaba de pasar el tiempo junto a su caballo. Coincidió en la descripción con lo que ya había oído Nuño de boca de la pintora, y añadió el monje a sus virtudes la discreción y profunda religiosidad.

—¿Sabéis algo de un libro que llevaba consigo?

Y aquí se mudó la cara del abatte, que del típico sonrosado del que tiene buenas hambres pasó a la lividez enfermiza del apestado. Sus sanos sudores se volvieron escarcha y los posos del vino que todavía saboreaba su paladar se transformó en puro vinagre. Ninguno de estos signos pasaron desapercibidos para los otros dos.

—¿Lo habéis visto, verdad? —intervino Inés.

—No, yo...

—Está en vuestro poder, ¿no es así? —se apresuró a sentenciar Nuño de Oca.

—El hermano Cebrián lo dejó a mi cuidado, sí —respondió Gutier, controlándose.

—¿Qué? —habló Inés, muy excitada—. Le habréis echado un vistazo. ¿Qué es...?

—Pues no sabría cómo... —el monje temblaba como una gran montaña de sebo.

—¡No lo habéis leído! —exclamó la mujer, encarándose con el religioso—. ¡Ni siquiera lo habéis abierto!

—Apostaría a que no sabe leer ni escribir... —apostilló Nuño, al tiempo que apartaba a Inés de Gutier, llegándole el intenso calor que despedía el cuerpo de ella, atravesando la ropa hasta sus manos. La chica miró el recibo y se lo tendió violentamente al humillado prelado.

—¡Leed! ¡Leed vuestra propia firma!

—Calma, por favor, señora —dijo el milites—. Y ahora escuchadme, abad, necesito ese libro. Es de vital importancia que me lo entreguéis...

—Un momento —se levantó el gordo envalentonado—, ¿con qué autoridad me reclamáis algo que no es vuestro?

—Maldita sea, abad... No tenéis ni idea de lo que está en juego. ¿Acaso queréis ser partícipe de todas esas muertes?

—Alto, castellano —se inmiscuyó doña Inés, molesta—, creo que volvéis a precipitaros en vuestras acusaciones...

—Señora, señor, os ruego que salgáis de este templo —interrumpió Gutier—. Ya no hay nada más que discutir.

—Necesitamos ese libro —dijo Inés.

—Pues por el momento se quedará donde está, en San Andrés, hasta que Dios disponga otra cosa —el diácono les abrió la puerta—. Por aquí saldréis más rápido.

—Esto no quedará así, os lo juro —se despidió Nuño.

En el exterior no hubo reproches ni más disputas, sólo la desagradable impresión de ser incapaces de avanzar en ninguna dirección. No hubo mucha charla, pues enseguida apareció una de las primas de Fernández, que se llevó a la pintora con la excusa de que el conde había sufrido un nuevo ataque de nervios. Sólo el vino en cantidades desproporcionadas ofreció consuelo al castellano las jornadas posteriores, que se entregó al alcohol con la misma fiereza con la que otrora descuartizase cuerpos en el frente. Estaba cansado ya de dar palos de ciego, de soportar a los superiores y de excitarse con las mujeres equivocadas, así que se aplicó el cuento de que cuando un hombre ya no tiene dónde caerse muerto, lo único que puede hacer es empinar el codo y dejar que lo acuesten otros. El corazón de don Munio resistió el embate, no hubo más recados y en la costa atlántica la gente seguía huyendo en desbandada mientras sus casas eran incendiadas por manos musulmanas. El mismo día en que Vermudo II desertaba subido en un carro y acompañado de doscientos hombres armados, primer viernes de agosto, llegaron al resacoso Nuño noticias frescas de última hora: el homicida había sido capturado.  

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