La Caza de la Serpiente: Capítulo 26

La Caza de la Serpiente Capítulo 26

La verdad es que me entregué. Bajé hasta calzada y di con un pobre zagal que pastoreaba una decena de ovejas. A pesar de sus cortas entendederas, siguió con precisión mis indicaciones y pude poner fin a mi escapada. Todos salimos ganando: él logró una recompensa y el respeto y admiración de sus vecinos, al menos por un día; la aldea tuvo su héroe local; los guardias a los que fui entregado también recibirían una justa gratificación por su buen hacer y yo, además de una paliza no demasiado fogosa y unas vueltas de cuerda alrededor del cuerpo, la tan ansiada popularidad. En cada villa y caserío que cruzamos al regreso, los que todavía no habían huido ante la inminente razzia, escuchaban con atención, de boca de los soldados de Viladonga, los detalles de mi hipotética captura. Creían que se enaltecían ellos, pero en realidad estaban propagando mi mensaje. Así es como comienzan a forjarse las leyendas.

No hubo nada en Lugo que delatase su impaciencia de conocerme, pero lejos de preocuparme, pues sabía que todo era cuestión de tiempo, me lo tomé con buen humor. No tardaría en hacerles olvidar a aquellas gentes la marcha del rey y la venida del general enemigo, en breve sólo tendrían ojos y oídos para mí. Me entraron en la corte del magnate por la parte de atrás y me arrojaron sin contemplaciones a un cuartucho bajo la casa a modo de lúgubre mazmorra. Esto me aclaró quién estaba a cargo de mi caso, con lo que supe a qué atenerme. Me dejaron a solas, para que el aislamiento me ablandase un poco; quedé encerrado en la más triste negrura, sin comida ni agua, sin que llegasen a mí los mundanos sonidos de la vivienda o el exterior, como un insecto en una crisálida. Ignoraban que así sólo conseguirían fortalecerme. De todas formas no fue agradable. Hubiera querido tener junto a mí al Señor, pero supongo que lo tradicional es sufrir el calvario en soledad. Mantuve mi rutina de ejercicios físicos y mentales, pues era prioritario mantenerme ágil y despierto: esperaba visita.

Efectivamente, primero llegaron unos sayones con más ánimo de castigarme que de hacerme declarar. Los puños del que no hablaba se estrellaron en mi cara más de una docena de veces, y muchas más en el resto. No me sacaron más que sangre y tiras de pellejo. Cuando se retiraron, los dientes se balanceaban en mis encías como frutos maduros a punto de caer. El segundo grupo de interrogadores fue más oficioso; un merino me dirigió una serie de preguntas a las que no respondí, mi insolencia fue castigada con una tunda de palos y volvimos a empezar. Éstos sí consiguieron arrancarme unas cuantas piezas dentales pero ni una palabra. Un chavalín de no más de doce años traía sin parar barreños de agua que los soldados me arrojaban en cuanto perdía el conocimiento, o cuando la sangre me cubría el rostro en exceso, o simplemente por diversión. A todos agoté. En uno de esos instantes de semiconsciencia escuché al otro lado de la puerta una voz grave y solemne que sólo podía pertenecer al conde de Viladonga. No entendí lo que decía, pero me pareció que abroncaba a sus hombres. Hablé en aquel momento lo mejor que mis hinchados y doloridos músculos me permitieron. Me parece que más o menos dije:

—Xoan sigue vivo, de momento.

Luego el mundo se alejó de mí con la velocidad de una estrella fugaz. En ocasiones noté manos llevándome de aquí para allá, pero nada logró abrirme los ojos. Todo a mi alrededor se transformó en una caótica argamasa de sensaciones, pero ninguna de ellas acababa de sacarme del trance. Ni siquiera había dolor. Y dormido, me recomponía. Cuando el mundo volvió a darme la bienvenida, lo hizo inmerso en una oscuridad tan densa que llegué a pensar que ya estaba en el umbral de la creación. Pero el suelo seguía firme bajo mis pies, y en tobillos y muñecas pesaban los grilletes que me mantenían encadenado a la pared como un perro. Media docena de pares de ojos me observaban desde lo alto de un ventanuco en aquella celda, silenciosos. Noté sus presencias de igual modo que ellos supieron que había despertado. Pobres idiotas. Pretendían demostrarme superioridad, pero serían ellos los vencidos. No entendían que yo no sólo me ponía en pie, sino que me erguía ante ellos como su rey. Prácticamente, su Dios. A escasa distancia, percibí la ya familiar respiración de Otero, el merino que ya me interrogase con sus puños. Llevaba un látigo.

—¿Qué día es hoy? —pregunté, antes que nada.

—Primera nona de agosto, dies sabatti. Has estado todo un día inconsciente —respondió el merino. Al parecer nadie aparte del oficial pensaba dirigirme la palabra. Oí arrastrarse algo, creo que un látigo—. Escúchame, el juego ya ha durado demasiado. Ya es hora de que respondas a ciertas preguntas...

—Quiero luz...

—Más tarde, quizás. Ahora lo mejor será que hagamos esto lo más rápido posible, así que veamos: ¿dónde está don Xoan Flaínez de Viladonga?

—Supongo que donde le dejé... —el látigo chasqueó en el aire llegando desde el infinito hasta mi cara, haciendo a mi mejilla sangrar y arder de dolor, acercándome más al paraíso.

—Basta de tonterías. Contesta de una vez.

—Quiero luz... —insistí, y las sombras murmuraron, delatando aún más su presencia. Ya los tenía en la palma de la mano. Cesaron las voces, siguieron unos pasos, un susurro, y una antorcha cayó, encendida, ante mí. Cerré el puño en torno a sus almas que ya eran completamente mías. El resplandor de la tea otorgó a mi maltrecho cuerpo el aspecto sobrecogedor a la par que patético de un insecto reseco. Sonreí y hablé:—. Le dejé atado a un árbol, con el otro chico. Sin víveres, sin agua, sin abrigo, ni armas. Sólo ellos, la soga y el árbol, unidos por siempre.

Revuelo de voces en la ventana. Imaginé al patriarca de Viladonga sujetado por los demás. Otero no se mostró alterado en absoluto.

—Dinos dónde están y lo tendremos en cuenta a la hora de dictar sentencia.

—No necesito vuestra presunta indulgencia. Estoy listo para recibir la muerte.

—Hay cosas mucho peores que la muerte, créeme —recalcó la frase con una sonrisa fiera. O tal vez fueran las sombras que la antorcha arrojaba a su rostro, tan semejante al mío, casi gemelo.

—No me asusta el dolor... ¿Primera nona de agosto, dijiste? Entonces dejadme recordaros que mis prisioneros no resistirán sin agua otro día más.

Se desataron los murmullos, elevando el tono hasta convertirse en palabras comprensibles, tiznadas de graves sentimientos, pero el merino no se volvió hacia ellos, estaba muy seguro de su papel en aquella función. Él era yo, otro yo desdoblado para demostrarme, sirviendo a ambos lados, que tenía todo el poder, todo el control, tejiendo mi trama con las dos manos. Le amé con todas mis fuerzas.

—Qué es lo que quieres —dijo.

—¿Querer? No sé.

—Algo querrás a cambio de esas dos vidas —creí ver que me guiñaba un ojo. Me lo guiñaba a mí mismo, diciéndome «están atrapados».

—A decir verdad, sí que deseo un par de cosas, pero no veo por qué habríais de concedérmelas. Soy un criminal.

—Tampoco sé si puedo fiarme de ti. ¿Por qué habría de creerte?

—¡Están vivos! Pero no por mucho más tiempo. Pensad no sólo en la falta de agua. Pueden pasarles muchas cosas ahí, solos e indefensos...

—Está bien, negociemos. Nos dices dónde están y si no has mentido veremos qué se puede hacer contigo.

—No. Antes os diré lo que quiero, y después hacéis lo que juzguéis conveniente. Primero, quiero una opulenta cena, como gesto de buena voluntad. Hace semanas que no como nada en condiciones. Allá en la sierra se pasa hambre, ¿sabéis? Segundo, ya que he de ser juzgado, prefiero serlo sólo por el rey, en Curia Regia, en la Plaza Mayor de León.

—Eso son tonterías... —comentó alguien.

—¡Silencio! Tercero: yo guiaré a no más de tres hombres hasta don Xoan y Míguez. No intentaré nada y podéis cargarme de cadenas tanto como queráis. Subidme a un caballo y os llevaré hasta ellos.

—¿Qué clase de truco es éste?

—No es un truco. Sólo tres hombres y yo. Si descubro que alguien nos sigue tomaré cualquier otra dirección y los dos morirán irremisiblemente. Es el único modo. Además —añadí, devolviendo el guiño a la encarnación de mi reflejo—, así comprobaréis in situ si miento o no.

Nadie fue capaz de abrir la boca. Otero sacudió su flagelo, cruzándome el pecho desnudo con un rayo de hiriente fuego que me derribó de espaldas. Pateó la arena del suelo con el pie y apagó la antorcha. Se marcharon todos a deliberar, pero yo ya sabía que la decisión estaba tomada y me eché a dormir, satisfecho.

La segunda reunión fue un puro trámite. Una pareja de soldados me llevaron a un amplio salón, despojado de su rica decoración, indigna de mí por supuesto. Me dejaron en una silla, siempre con mis extremidades atadas con grilletes. Entraron dos hombres, Otero y su señor, y fueron a detenerse entre una gran mesa vacía que descansaba junto a la pared y yo.

—Me habéis arrebatado lo más querido de este mundo —habló el padre, don Flaín de Viladonga, todo él crispado hasta la extenuación—. Sólo quiero deciros que si algo le ha ocurrido a mi hijo yo mismo os haré ansiar la muerte.

—Intentad cualquier cosa, cualquier truco y juro por Dios que os desollaré como a un conejo —añadió Otero.

—Entonces, ¿eso significa que tenemos un trato?

Muy a su pesar, el hombre asintió. Le tendí la mano con un estrépito de eslabones para sellar el acuerdo, además de para humillarlo un poco más. Me la estrechó impasible, aunque con toda seguridad le acuciaban las arcadas. Percibí a través de su piel todo el miedo y la desesperación que le embargaba. No le vaciló el pulso, pero sabía que por dentro era simple pulpa temblorosa.

—Enseguida os traerán la cena —dijo, y a continuación giró sobre sí mismo y abandonó el salón.

—No comáis demasiado —sentenció el merino—. Partiremos al alba.  

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