La Caza de la Serpiente: Capítulo 27

La Caza de la Serpiente Capítulo 27

La mañana del domingo resultó tan luminosa que parecía mentira que no hubiera existido hasta hacía unas horas. La luz lo cubrió todo, adentrándose en los recovecos y rendijas de la villa, alumbrando hasta el más insignificante de los rincones. Los vecinos caminaban con los ojos entrecerrados o protegiéndose con la mano pegada a la frente. Así, Lugo bien podía parecer un reflejo de la corte celestial, y sin embargo, acogía en uno de sus sótanos al Mal. No se hablaba de otra cosa, bueno, tal vez sí, y es que por muy interesante que fuera la historia del rapto de don Xoan, el vertiginoso avance del infiel tampoco era noticia desdeñable. De entre todas las almas, centrémonos en tres a las que, sin haber visto al culpable, su presencia les concernía de forma especial. Primero, el pobre Nuño de Oca, que no le dejaron ver al homicida y le echaron de la corte del conde de Viladonga sin atender a razones. Ni siquiera el señor de Castilla, que en cuanto supo de la detención corrió a frenar a Nuño en la medida de lo posible, pudo hacer nada. Era prisionero del noble lucense. Sancho Garcés se llevó de allí casi arrastrando a su milites, por cuya febril cabeza ya pasaban ideas tales como asaltar la casa, o pegarle fuego con todos dentro. Con promesas y paciencia trató el magnate de aplacar la ira de su vasallo; también con amenazas. El criminal había sido capturado y ahora se iban todos de Lugo, así que el caso había concluido; de modo que Nuño se sintió más perdedor que nunca. Su papel de cazador en este drama había concluido abruptamente, y ni siquiera se le brindaba la ocasión de contemplar cara a cara a su enemigo. Debía alegrarse, el homicida sería ajusticiado y todas su víctimas vengadas con la sentencia; debía alegrarse pero no lo hacía.

Tampoco pudo verlo doña Inés de Fernández, implicada directa en el asunto por ser su prometido el principal desaparecido. No demostró excesiva curiosidad, pues estaba convencida de que aquel sujeto no tenía nada que ver con su compañero de viaje; ni siquiera creía que se tratase del mismo homicida que perseguía el caballero de Oca. Igualmente, su angustia era escasa pues no deseaba acatar lo designado por su tío y el conde de Viladonga. Lamentaba el crimen, pero ella no quería casarse. La tensión en la casa de Osorio Linar era perfectamente tangible. Toda la familia quería apartarse de allí, tenían demasiado miedo a demasiadas cosas y sin embargo, no se irían hasta después de que se resolviese el rapto. La salud del conde Munio Fernández empeoró con la aciaga incertidumbre y ya la condesa empezó a soñar con un precipitado desenlace fatal. Inés se mantenía a la expectativa, aunque en algún momento en lo más profundo de la noche, las dudas la hacían estremecerse.

Y en un pequeño claustro, con los puños apretados y la vista fija en la pared, en aparente concentración, guardaba ayuno el nervioso abad Gutier. Era el desasosiego y no su voluntad lo que le impedía comer con normalidad. Sólo pensar que el susodicho criminal tuviese algo que ver con el individuo que semanas atrás se le presentara en Astorga como fray Cebrián le cerraba las tragaderas. Y sabía que, de ser ciertas las aseveraciones de Nuño de Oca, la situación iría a peor. Mucho peor. Homicida. La palabra le espantó. El infanzón le había metido el miedo en el cuerpo, por ello había enviado en secreto un mensajero a su monasterio para que le trajera el libro que le había dejado en custodia el ahora reo. Tuviese o no razón el castellano, lo mejor sería que el volumen estuviese lo más cerca de él y actuar conforme a los acontecimientos. Quizá entonces pudiera tomar algo grasiento y con guarnición.

Transcurrió la jornada con paso rápido, como si también al tiempo le afectase la agitación de estos tres personajes. Corrió a esconderse el lucero, empujado por el suspense, y dejó de guardia un discreto gajo selenita por si ocurría algo en su ausencia. Las horas de sueño no fueron tales para muchos en Lugo y sólo un hombre era la causa de este desvelo. No es de extrañar que las naturalezas humanas se resintiesen y los que andaban sanos comenzasen a enfermar, y los que ya rondaban en medio de fiebres se les agravase el estado. El conde de Astorga rozó la muerte con la yema de los dedos pero retiró la mano, oportuno. A Nuño se le abrieron viejas heridas y se le infectaron las nuevas, tanto físicas como mentales. Inés se palpó su sexo, húmedo y enfebrecido, y se abandonó a los recuerdos carnales de una noche en el bosque. El abad vomitó lo poco que había ingerido y rezó como hacía años que no lo hacía; sus pesadillas eran las más terribles porque en ellas aparecía un viejo conocido recordándole viejas promesas.

La migraña que el lunes sacó del lecho a Nuño con maldad premeditada, con su dolorosa profundidad de flecha en las sienes a modo de canto del gallo, no podía ser menos que un mal presagio de lo que iba a acontecer. Notó una picazón en los tobillos, y no se debía a las pulgas y chinches con los que compartía tienda y cama, sino que era una manifestación instintiva de su cuerpo ante la proximidad del manuscrito de Cesar/fray Cebrián. Hasta bien entrada la tarde no hizo otra cosa que exasperarse, viendo, además, cómo Vermudo II con toda su corte abandonaban Lugo poco menos que al galope, seguidos por un torrente humano de vecinos de Santiago y alrededores buscando refugio. Parecía claro que nadie estaba dispuesto a defender la sagrada plaza, y que tanto nobles como campesinos sólo ansiaban poner a salvo el pellejo. Los maldijo, aseverando para sí que toda la destrucción por venir la tendrían bien merecida. Entonces, cuando nadie parecía a salvo de sus insultos, un muchacho le trajo un mensaje del abad en el que le citaba al anochecer. No mencionó el asunto a tratar, pero enseguida entendió Nuño que estaba ante su última oportunidad de llegar al homicida.

Y llegó la hora en que las gentes de bien se preparaban para el sueño, y otros encendían velones y candiles con las que resistirse a las tinieblas y poder vivir un poco más. En la sacristía de San Marcos no había más luz que la que despedían un par de sobrios candelabros y una pequeña lámpara de aceite. Gutier recibió a Nuño a solas, visiblemente nervioso. Su aspecto enfermizo, tan extraño en alguien de su corpulencia no pasó desapercibido para el milites. El abad se movía tembloroso alrededor de una mesa, sin acabar de decidirse sobre si debía o no sentarse. Acabó por tomar asiento en un austero sillón e invitó a hacer lo mismo al otro. Nuño se acomodó en una silla, mostrándole como por descuido la espada, señal inequívoca que el religioso percibió.

—Si os he llamado ha sido porque quiero ayudaros. No soy enemigo vuestro.

—Eso lo decidiré yo... Bien, ¿qué se os ofrece?

—Tengo... Tengo el libro.

—¿Aquí? ¿Cómo...?

—Después de nuestra anterior conversación yo... En fin, quería estar seguro de que todo estaba en orden e hice que me lo trajeran.

—Así que parece que tenéis conciencia.

—Pensad como queráis, pero el caso es que aquí está — el abad señaló un hato que descansaba sobre la mesa—. No sé muy bien qué hacer con él.

—¿Es cierto? —Nuño no podía dar crédito; lo tenía al alcance de la mano, no tenía más que alargarla y cogerlo, pero algo le impedía hacerlo—. ¿Es el libro?

—Sí. Tal y como me lo entregó.

—Mostrádmelo.

Gutier, obediente, deshizo con extremo cuidado los nudos con la punta de los dedos y dejó a la vista un grueso volumen de pesadas tapas, encuadernado en piel oscura, sin nada que evidenciase su presunta singularidad. El abad así lo apreció.

—Tan común como cualquier otro —dijo.

Nuño se incorporó, rodeó la mesa hasta situarse ante el libro y con cierto recelo lo abrió al azar, dándose con un pulcro y extenso texto. Hojeó el resto de las páginas, bien nutridas, algunas escritas tan violentamente que aparecían rotas. Se habían reservado numerosos espacios destinados a las ilustraciones y como curiosidad, las últimas paginas del libro estaban en blanco.

—Leedme algo, abatte.

—No sé si debo...

—Dejadme a mí —interrumpió de repente doña Inés, que hasta ese momento se había encontrado agazapada entre las sombras.

—Señora, ¿qué hacéis aquí? Deberíais estar en casa, cuidando de vuestro tío.

—Vi entrar a Nuño de Oca e imaginé que debía estar pasando algo muy importante...

—Yo más bien creo que me espiabais... —reprendió el caballero.

—¿Realmente es el libro de fray Cebrián? —habló ella, abriéndose paso entre los dos hombres.

—Así es.

—Acercádmelo a la luz de la lámpara —Inés vibraba, congestionada de excitación. Sus manos temblaban. Comenzó a leer para sí. A la tercera o cuarta línea dejó escapar un gritito; al párrafo siguiente, un hondo suspiro, y así, conforme leía, profería toda clase de exclamaciones ahogadas.

—¿Qué? ¿Qué es lo que ocurre? —interrumpió Nuño.

—Es... es... fascinante... No sabría cómo describirlo. Desde luego, no es una crónica al uso... Es increíble, cautivadora... Cuenta cosas terribles, pero la forma en que lo hace es de una majestuosa belleza...

—Explicaos mejor, no entiendo nada; ¿habla de sus crímenes o no?

—Habla de muerte, de Dios, habla de amor...

—Dejadme ver, niña —enseguida se acercó el abad y en cuanto sus ojos recorrieron las líneas trazadas por quien dijo ser un fraile itinerante fue perdiendo el poco color que le quedaba en la cara. Visiblemente escandalizado, retrocedió derribando el sillón como si el libro fuera a morderle—. ¡Apartaos, señora! ¡Eso es obra de Satán!

—¿Qué? Maldita sea, ¿qué es lo que dice? —gritó un Nuño cada vez más furioso.

—¡Blasfemias! ¡Salidas directamente de boca del demonio!

—Tonterías, es un libro magnífico... —Inés fue pasando las hojas con rapidez, hipnotizada por el texto, ya soñando en voz alta—. Las ilustraciones que haré serán grandiosas, dignas de él...

—¡Basta! —Nuño agarró por el brazo a la chica y la zarandeó, pretendiendo sacarla de su ensimismamiento—. Leedme. A partir de aquí. Así lo hizo Inés. Recitó con pasión, con devoción, un pasaje seductor y siniestro. Él se fue horrorizando, tanto como el abad Gutier, mientras que ella parecía gozar, casi sexualmente, con la lectura. No lo soportó más. Le arrebató el tomo y lo arrojó a la yerta chimenea junto con la lámpara de aceite.

Tras un feroz fogonazo, el libro se incendió. Gutier sujetó a Inés, que trataba de zafarse para evitar la quema, pero fue en vano. En segundos el ejemplar había quedado reducido a humeantes cenizas.

—¿Por qué? ¿Por qué? —clamaba desesperada doña Inés de Fernández.

—¿Por qué, decís? ¿Acaso no es obvio? —intervino el abad—. ¿No os habéis dado cuenta del efecto que producía en vos? Estabais tan hechizada por las palabras que no prestabais atención a lo que hacían referencia. ¡Herejías! ¿No es cierto, señor?

—Crímenes, abad, para mí sólo eran crímenes, homicidios, y eso nunca puede ser hermoso...

—¡Estúpidos ignorantes! ¿Qué sabréis vosotros de poesía? Bien cierto es que sólo las almas cultivabas son capaces de apreciar su belleza...

—Eso no era poesía, sino veneno. Es mejor que arda en el infierno, y con él, su autor —replicó el castellano, contemplando las cenizas. Había destruido su única prueba, pero no había tenido más remedio, no podía consentir que perdurase ese infecto legado, tuvo que impedir que acabara copiado y conservado en los monasterios como un texto sacro. Cabizbajo y mudo, se retiró enseguida.

—Nuño de Oca —le despidió Inés—. Os odio con toda mi alma. Espero no veros jamás.

Arrastró el caballero toda su amargura hasta el campamento, y una vez allí no tuvo más remedio que resignarse y, ante el trajín, aceptar lo que sabía ya inevitable. No necesitó oír la orden para saber lo que ocurría; no obstante, el previsor Sancho García se la comunicó en persona.

—Nos vamos, Nuño. Al amanecer. A Burgos —Esperó el conde la réplica, y como no llegó se asustó, temiéndose lo peor. Por si acaso, decidió truncar cualquier idea de insubordinación encarándose a su infanzón con un severo discurso que en ningún momento fue interrumpido. Al contrario, el de Oca parecía aceptar todo lo que se le dijo, subrayando las frases de don Sancho asintiendo con la cabeza. Todo era cierto, el homicida ya había sido capturado, le habían garantizado que sería juzgado y condenado según la ley y por lo tanto, su papel en el asunto había concluido.

Nuño se fue a su tienda rodeado de un halo espeluznante. Nadie sabía qué podía ocurrirle; nunca se le había visto así, y francamente, resultaba aterrador. Se durmió en cuanto se acostó en el lecho, como un tronco, sin sueños ni pesadillas, sólo con un gran vacío en su interior que parecía haberse apoderado del resto del cuerpo.

Y amaneció otra vez, y de nuevo los caballos se prepararon para el viaje, el séquito castellano al completo cargando sus bártulos se dispuso a partir. Enseguida los soldados se fueron retirando de Lugo como una serpiente huyendo del fuego. Dejaban una villa no indefensa, pero sí desprotegida, aunque eso no les preocupaba en absoluto. El camino a Burgos prometía ser largo y tedioso, y todo el mundo ahorró saliva.  

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