La Caza de la Serpiente: Capítulo 28

La Caza de la Serpiente Capítulo 28

Qué mentirosos pueden llegar a ser los nobles. Se les presupondría una más alta catadura moral por ser grandes magnates, pero no son distintos de la escoria llana. Lo mismo se puede decir del clero; lo único que los diferencia del vulgo es el hábito. Y no es que yo pecara de inocencia pensando que los que forzaba a darme su palabra realmente fueran a cumplirla. No, yo ya conocía el talante humano, de cualquiera, pues tampoco los musulmanes escapan a tales miserias. Por encima de religiones y color de piel, el hombre sigue siendo un hombre. Esta clase de cosas son las que me hacen alegrarme de mi nuevo estado. Lo que digo es que estos grandes señores de Lugo pensaron que yo no me daría cuenta de nada, que estando en la celda, satisfecho con mi villana simpleza, no me enteraría de la retirada del Gotoso y su curia. Pobres estúpidos. Eran ellos los que se regodeaban en su ignorancia; creyéndose más listos que yo no hacían más que darme razones para convocar un apocalipsis que los exterminase a todos... En fin, los dejaré engañarse a sí mismos —forma parte del juego— mientras yo gobierno el barco. Puedo demostrar lo que digo: ahora estoy montado en un caballo, a punto de irme hacia los bosques con tres hombres que no sabrían protegerse de mí en un lugar oscuro.

Tengo las manos atadas por las muñecas por delante para poder agarrar las cinchas. Unas fuertes correas me sujetan los brazos al tronco hasta el codo. Una cadena al cuello me une a la silla de montar de Otero, el merino del conde, que creo disfruta llevándome así. Como compañeros, dos soldados enormes, fieros, pero con exceso de tocino en los músculos y sin excesiva coordinación. Me cuesta admitir que sean sus mejores hombres. Cabalgar con esta guardia es deprimente para alguien con mi poder. Voy desarmado, claro; pero las piernas las llevo completamente libres. Así encadenado, guío de nuevo la marcha a buen trote. Procuro no desorientarme y conservar en todo momento la noción del tiempo. Enseguida adivino que lloverá al caer la tarde. Creo que Otero también sospecha que se avecina una tormenta. Me encanta el paisaje que nos envuelve; toda esta vegetación es maravillosa. ¿Qué buscamos? Un monte oculto bajo la densa espesura verde. No es fácil, creo que nos hemos cruzado ya con media docena de lugares que encajan con semejante descripción. Es natural que no lo hayan localizado, no es tanto a consecuencia de su incompetencia como de mi superior talento. Sin embargo, están tan cerca que cuando lo descubran se darán cabezazos contra las rocas por su estupidez. Y luego tratarán de matarme. Me pregunto cómo habrán pensado sorprenderme. Supongo que será Otero quien ha de darme el golpe de gracia, pero me defraudaría mucho si no me fustiga primero. Sé que le gusta hacerlo, ¿disfrutará con ello tanto como con el sexo? Seguro que sí, se lo preguntaré en cuanto surja la ocasión.

—¿La multa por matar a un noble no son quinientos sueldos? —digo, sin volverme. El merino hace chasquear su látigo, arrancándome una franja de piel de la espalda.

—Silencio.

Obedezco, porque el latigazo me duele sobremanera, más que un hierro candente, y no me conviene malgastar fuerzas. Ya he obtenido una respuesta. Seguimos, pues, hacia el sudoeste, descendiendo poco a poco por la comarca hacia Palas de Rei. No tendremos que llegar hasta la pequeña villa, no todos. A mediodía cruzaremos el río Ferreira y entonces estaremos muy cerca. También la lluvia y cómo no, ese grupo de soldados que acabo de descubrir nos sigue desde lejos, silenciosos y discretos, pero no lo suficiente. Ahora sí me siento plenamente satisfecho. Hoy será un gran día. Comen mis guardias apenas un pedazo de pan y queso.

Yo sólo recibo agua y son ellos los que la vierten en mi boca con premeditada burla, casi ahogándome. No me importa, reíd ahora que podéis. He cogido una rama lo suficientemente pequeña para ocultarla en mi mano, pero bastante resistente, espero, para usarla como arma. Seguimos el viaje unas horas más. El cielo se va oscureciendo; del norte avanzan las sombras de la tempestad y yo, bueno, ya he visto dónde están. Si pudiera ponerme de pie en la grupa del animal, podría ver el árbol en el que los dejé. No tengo más que decirlo, señalar el sitio, pero no lo hago; eso es dar muchas facilidades.

Como queda, a pesar de todo, demasiada luz y prefiero esperar a las primeras gotas de agua, me interno en uno de los pequeños senderillos que parten a mi izquierda y desvío a toda la comitiva en dirección contraria. El Ferreira, afluente del Miño, nace muy cerca de aquí y eso se aprecia enseguida por la proliferación de sauces que acompañan al curso del río y que incluso se atreven a internarse un poco más allá, entre robles, pinos y castaños, conformando un bosque casi cerrado. De esta suerte, doy con el escenario perfecto para proceder con mi actuación. Detengo mi montura.

—¿Qué ocurre? —pregunta uno de mis custodios, harto de vagar por la sierra.

Otero le manda callar y se me acerca por la derecha.

—¿Qué?

—Aquí —contesto.

—¿Es aquí? —está nervioso, pierde su impasibilidad—. ¿Dónde? ¿Hacia dónde?

—Por ahí, al pasar esos arbustos.

Me observa para ver si miento, pero resulto tan convincente que arrea el caballo con violencia; me adelanta y tira de mí. Sin embargo no corre, el terreno no es adecuado para ello. Sigue excitado, no está atento. Consigo acercarme, estamos casi a la par, casi a mi alcance. Superamos los arbustos, más altos que nosotros. Entonces, caigo sobre él. Otero advierte demasiado tarde su error y no puede reaccionar. Le clavo el palo en la garganta con todas mis fuerzas. Caemos al suelo, él soltando gorgoritos y espumarajos sanguinolentos; yo desencajando las clavículas de sus articulaciones para liberarme de las correas. Lo logro, me las saco por la cabeza como un blusón. El merino no se muere, sigue retorciéndose en tierra; sus fluidos corporales burbujean cuello abajo. Llegan los otros dos. Busco la espada de Otero. Mi prioridad es librarme de la cadena, pero no puedo. Salto sobre el caballo de mi carcelero y cargo contra ellos. Los derribo, obligo al animal a aplastarlos con sus cascos; los pateo, les escupo, me empleo a fondo en mi ataque más desesperado. La retaguardia acudirá enseguida. La pareja de gordos ya no se mueve y me vuelvo hacia Otero, que se ha puesto en pie y está arrancándose la madera de la garganta. Observo su hacer, y cuando lo logra suelta un ronco silbido. Cabalgo hacia él, le agarro con la cadena y tirando de ella, lo subo a la grupa y nos vamos. Estoy herido, no sé dónde, pero no es grave. La buena noticia es que lo he logrado. Escapé.

El traqueteo afecta a mi torturador, que vomita su escaso alimento. Creo que devuelve hasta por su nuevo orificio. Jadea como un fuelle viejo. Se ha desmayado. Mejor, algo menos de qué preocuparme. Sé donde voy y sé el tiempo que tengo. Y al momento la veo, la cueva donde pasé, pasamos, los primeros días.

—La verdad es que no estábamos tan lejos... —él no me oye.

Una vez dentro vuelvo a sentirme a salvo. Tras quitarle la silla al rocín y el látigo a su amo, libero de una vez mis muñecas con la espada del merino, al que no tardo en atar. Librarme del grillete del cuello y la cadena me entretiene hasta bien entrada la noche. Estalla la tormenta y me permito el lujo de encender una pequeña hoguera en lo más profundo de la gruta. Otero está despierto, amordazado y atado de pies a cabeza, y me mira con el máximo odio que pueden reflejar sus ojos enrojecidos. Le he puesto un pañuelo en la herida empapado en aguardiente para que no se le infecte. Su aspecto es muy cómico. Las provisiones que había ocultado antes de mi marcha ayudan a reconfortarme. Todo ha salido como había previsto. Así se lo comunico a Otero.

—¿Lo veis? Tus señores y tú no sois nada para mí —le tiro un anillo que le quité a don Xoan Flaínez. Cuando lo reconoce es presa de una ira homicida que le hace convulsionarse como el rabo de una lagartija—. Estúpidos y arrogantes desgraciados... Os está bien empleado por tratar de engañarme. Lamentaos cuanto queráis porque vuestra ineptitud ha causado que el primogénito de la casa de Viladonga no haya sido rescatado a tiempo. Pero olvidemos ya este asunto, mañana yo me iré y os dejaré aquí, vivo, para que os encuentren vuestros soldados. No creo que tarden, deben andar muy cerca... Aunque la lluvia habrá borrado nuestras huellas... ¿Os extraña que no os mate? Ah, Otero, vos seréis mi apóstol en esta tierra, tenéis que dar fe de lo que habéis visto a las próximas generaciones... —Noto una intensa mirada a mis espaldas. Giro la cabeza y veo a una mujer, menuda y arrugada como una pasa, vestida de negro y con el pelo color ceniza. Me observa firmemente y desaparece a través de una pared. Ignoro lo que acaba de ocurrirme y sigo con mi diatriba—. ¿No habéis amado nunca a nadie? Yo sí, a mi pequeña Blanca... La quise con toda mi alma. Fue en otra vida; yo era un hombre incompleto y creía que ella podía darme lo que me faltaba. Y durante algún tiempo estuve en lo cierto, fui muy feliz esos años, lo máximo que puede llegar a ser una persona. Pero un día se terminó. El vacío volvió a apoderarse de mí y por no hacerle daño, me marché... Ahora nada de eso tiene importancia. Veréis, las pasiones como el amor son para criaturas simples, yo ya no estoy sujeto a ellas; aunque pueda disfrutarlas de igual modo, no dirigen mi proceder...

No sé por qué os cuento esto. Quizá para que entendáis mis actos, pero claro, ¿cómo hacerlo si sois tan imperfecto? Hablo durante unas horas más pero Otero no me hace caso. Supongo que está más preocupado de sí que de lo que yo pueda enseñarle. Se ha dormido. Su respiración es débil y agitada, llena de pitos, de febriles murmullos. Sé que sueña conmigo y en esos sueños le venzo una y mil veces. Yo sí entiendo de tortura, le susurro al oído, y me acuesto sobre la manta en mi rincón y dejo que el sonido de la lluvia nos arrope. Descanso como un infante en el vientre de su madre, sereno, despreocupado. Siento como la noche se escurre entre mis dedos igual que el agua, y antes de que pueda darme cuenta debo partir. Abandono a Otero vivo, como prometí, y desnudo. Todas sus pertenencias pasan a mi poder; me visto con su uniforme, me enfundo su espada y monto su corcel. No sé cuánto tiempo podrá resistir, pero una vez deje la cueva ya no será asunto mío, sino de sus compañeros. Como regalo, le he dicho cómo hallar los cadáveres de Míguez y don Xoan. Con gusto daría el caballo a cambio de ver sus caras en ese instante. Y hasta me dejaría cortar el brazo derecho por contemplar la expresión del conde de Viladonga cuando le comuniquen la noticia. En fin, puedo permitirme el lujo de renunciar a estos pequeños placeres. Lo importante es finalizar mi plan magistral.

Arreo a la bestia, que se agita furiosa, sin acabar de aceptarme como jinete. Se encabrita un poco, pero logro mantener el control y acaba por someterse a mi voluntad. Como todos, ¿o hay alguien capaz de oponérseme? En menos de dos jornadas, si el tiempo acompaña, yendo casi en línea recta, cruzando una docena de riachuelos y poblados abandonados que imagino acabarán siendo pasto de las llamas, como la propia Santiago, encontraré la respuesta. En la villa sacra esperaré al hombre más poderoso del mundo, el único digno de enfrentarse a mí, y ya veremos si el viejo ben Abi Amir es o no mejor que este jamelgo.  

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