La Caza de la Serpiente: Capítulo 29

La Caza de la Serpiente Capítulo 29

De Burgos distaban, a buen paso, una larga y penosa marcha de semana y media, en pleno verano, a través de comarcas saturadas de sol y guerra; sin embargo, la mesnada castellana, un grupo esencialmente bélico de no menos de cuatrocientos jinetes, no parecía disgustada ante semejante perspectiva. El conde Sancho García era el que más satisfecho se mostraba por abandonar tierras gallegas; no guardaría buen recuerdo de aquella visita a Lugo; entre las discusiones con Vermudo, la razzia del amirita, y el homicida de Nuño no había podido descansar en paz ni una sola noche. Esperaba, alejándose de allí, poder encontrar tiempo para ocuparse de sus propios problemas, que no eran pocos ni menos graves, en sus dominios. Por supuesto, a Nuño de Oca el viaje le causaba un dolor más profundo que cualquiera de sus heridas.

Aquel ambiente de moscas, polvo y sudor, ruido de cascos, entrechocar de placas metálicas, de corazas, de parcas conversaciones, era el natural para él, tan familiar como los calzones de uno mismo, pero lejos de sentirse cómodo entre sus compañeros de armas, no podía evitar encontrarse derrotado. Su ánimo estaba mucho peor que tras lo sucedido en Langa; al menos aquella vez tenía la sed de venganza para mantenerse activo. ¿Pero qué le quedaba ahora? Sólo desazón. No podía olvidar lo ocurrido en la sacristía de San Andrés, preguntándose una y otra vez si hizo bien. Él, que no entendía de libros pero sí conocía lo que algunos magnates llegaban a pagar por ellos sin siquiera saber su contenido. Había destruido uno en un arrebato de furia. Un libro que era la macabra confesión de la serpiente. Tal vez hubiera debido recapacitar antes de hacer nada... Por otro lado, recordó a doña Inés, cuya admiración por el homicida se había visto reforzada al leerlo; siguió cegada por él, y satisfecha de estarlo. Y el abad... No era más que un ignorante religioso, pero su miedo era real, le jaleó cuando quemó el libro... Aquellas estériles ideas torturaban a Nuño, cuyo único consuelo, insuficiente a todas luces, era que el criminal sería, por fin, ajusticiado. Qué poco podía imaginar, en aquel momento, alicaído en la silla, mecido por el vaivén de Belfudo, que ni tan siquiera eso sería posible.

Uno de aquellos amigos que montaba al lado del infanzón era Pedro de Saldaña. Fue uno de los capturados en Caleruega, y de los primeros de aquel grupo en imitar a Nuño acatando el juramento de fidelidad al señor de Castilla, en cuanto supieron de lo acontecido en Burgos. Desde entonces se había convertido en uno de los hombres fuertes del conde, uno de sus principales oficiales y hasta se decía que en un futuro inmediato podría aspirar a un cargo palatino. A simple vista era un sujeto nervudo, seco como un pedazo de cecina y quizás algo más viejo que Nuño, aunque este dato, su edad, era imposible de precisar. Su caballo era un fiel reflejo del amo, pues al moteado animal se le marcaban las costillas y, sin embargo, parecía cansarse mucho menos que los más jóvenes corceles. A Pedro de Saldaña no le pasaba desapercibido el estado de ánimo de su viejo compañero y procuraba confortarlo rememorando pasadas aventuras. Pero al ver que no lograba arrancarle más que una lacónica sonrisa se decidió a formularle la pregunta que rondaba por la cabeza de todos los que se preocupaban por él.

—Pero vamos a ver, Nuño, ¿por qué te afecta tanto? Seguro que nosotros hemos matado a más gente y de formas más atroces que ese homicida...

—Cierto, Pedro. Hemos arrasado aldeas, asesinado a hombres, ancianos y niños desvalidos, violado mujeres, les cortamos los pechos, las orejas, los pulgares... Recuerdo bien cómo en combates más allá del Duero algunos hasta nos comimos los corazones de los recién nacidos. Imposible olvidarlo. No es algo de lo que estar orgulloso, pero tampoco me arrepiento de nada; sé que al contarlo así, fríamente, ni tú ni yo parecemos mejores que ese sujeto, pero ten en cuenta una cosa: todos esos crímenes, horribles sí, fueron actos de guerra. Teníamos una causa, no una excusa, y no digo que fuera justa, ni buena, a decir verdad seguro que tenemos ganado por ello un lugar preferente en el Infierno; pero ¿y él? ¿Qué tiene él? Nosotros somos soldados, se supone que matar es lo que debemos hacer, pero ese bastardo... ¿qué demonios se supone que es?

—Un hombre que ha creado su propia guerra, Nuño, y supongo que los demás somos sus enemigos.

Trajo esa noche un jinete, un monje a caballo, ambos extenuados por la tremenda galopada. Los guardias del campamento que lo vieron imaginaron que no debía traer buenas noticias y cuando preguntó por Nuño de Oca vieron confirmadas sus sospechas. Tras encontrar quien se hiciera cargo de su montura, buscó al caballero sin haber recuperado del todo el resuello. Fue llevado hasta la gran tienda del conde, donde una vez anunciado, se presentó ante don Sancho.

Horas antes se había celebrado una cena en la que el conde había invitado a sus comandantes, y al parecer Nuño estaba entre ellos. Dentro de la modestia de la cocina de campaña, las viandas habían sido abundantes y el vino había corrido como el agua ladera abajo, y hasta hubo quien se atrevió a entonar algún cantar grosero. El guerrero no se sintió muy partícipe en la fiesta, apenas probó bocado y tampoco cató el vino, siendo hasta más discreto que el propio anfitrión. Cuando la prudencia aconsejó poner fin al convite, pidió don Sancho al otro que se quedara para explicarle sus nuevas funciones. Y cuando iba a empezar a hablar, surgió la interrupción

—Señores —dijo tímidamente el fraile—, traigo un mensaje para Nuño de Oca de parte del abad Gutier. Se trata de un asunto muy importante y...

—Adelante —habló Nuño, en pie junto a una de las picas que sostenía el entoldado—. Soltad lo que hayáis venido a decirme de una vez.

—Como digáis. Se trata de lo siguiente: El hombre que raptó a don Xoan Flaínez ha escapado...

—¡Por todos los diablos! —exclamó el infanzón—. ¿Cómo?

—Ignoro los detalles, sólo sé que logró deshacerse de su escolta y sus perseguidores. Esta mañana se ha encontrado al merino del conde de Viladonga con la garganta agujereada, casi muerto, en las proximidades de Palas de Rei. También han aparecido los cadáveres de don Xoan y el mozo de cuadra.

—Maldita sea —masculló Sancho García. Se incorporó de un salto, derribando una mesilla y la botella de cristal que sostenía con el brusco movimiento.

—Hay una gran conmoción en Lugo, aunque nada saben las gentes de la fuga del homicida, por ahora... —el fraile estaba un poco asustado ante las reacciones de los castellanos; siempre los había tenido por bárbaros, había oído historias terribles acerca de ellos y no deseaba verles enfurecer, pero debía concluir su recado—. Al parecer, el homicida le dijo al merino que se dirigiría a Santiago.

—¿Al encuentro con Almanzor? —inquirió el magnate. El monje se encogió de hombros. Sin darse cuenta, comenzó a rezar en voz baja, tal vez para controlar sus temblores.

—¿Eso es todo? —le sobresaltó Nuño.

—Sí, señor. ¿Puedo retirarme?

Don Sancho asintió y el mensajero no necesitó más para desaparecer. Cuando se quedaron solos, el conde se volvió a su milites, de nuevo, alarmado por su posible reacción. Supo, en cuanto le miró a los ojos, que era inútil esperar la misma obediencia que la vez anterior.

—Nuño, quitáoslo de la cabeza —fue lo único que dijo.

—Debo ir. Cómo veis, señor, la cosa no ha acabado.

—Es posible, pero no creo que tengáis nada que hacer.

—¿Cómo que no? ¡Es mi homicida...!

—¿Vuestro homicida? ¿Pero qué decís, Nuño? ¿Habéis perdido el juicio?

—Quiero decir...

—Sé lo que queréis decir, ahora dejadme hablar a mí. Seguimos yendo a Burgos. Los hombres del conde de Viladonga o los beréberes darán buena cuenta de él.

—No, está escrito que debo cazarle yo.

—Nuño, ¿os debo recordar vuestro juramento de lealtad?

—No tenéis que recordarme nada, pero lo primero es lo primero. Y antes que mi juramento está el vuestro, señor.

—¡Os advertí, Nuño, que no me desafiarais más! —el conde hablaba furibundo, con los dientes apretados y rojo de ira—. Si os vais, os declararé traidor y seréis vos quien se verá perseguido y ajusticiado. Os doy mi palabra.

—Palabra de bastardo.

Don Sancho le lanzó un puñetazo que le cruzó la cara y le partió el labio superior. Nuño no se movió de donde estaba; ahogó su respuesta con respiraciones profundas e hizo considerables esfuerzos por mantener sus puños bajo control. El señor de Castilla avanzó hasta el fondo de la carpa sin mirar atrás.

—Bastardo o no, vendréis conmigo. Ahora, salid de aquí.

Lejos de retirarse a descansar o a recapacitar sobre lo sucedido, el milites comenzó a pertrecharse para el viaje. No tardaron en presentarse sus viejos amigos, preocupados por lo que estaban oyendo. Los rumores, que desde la aparición del mensajero del abad habían prendido en el campamento como el fuego en la hojarasca, los habían alarmado, avivando recuerdos pasados. No necesitaron preguntar qué había sucedido porque a la vista estaba. Nuño los miró con cierta tristeza pero con la mano cerca de la empuñadura de su espada.

—¿Venís a detenerme?

—Por favor, Nuño, no digas estupideces —habló Pedro de Saldaña—. Estamos preocupados por ti.

—Pues aquí me tenéis, desobedeciendo al conde una vez más.

—Te vas tras ese homicida.

—Sí, a Santiago.

—¿En verdad lo crees prudente?

—Supongo que no, pero debo hacerlo de todas formas.

—¿Quieres que te acompañemos?

—No. Es asunto mío. Además, vosotros debéis quedaros junto a García. Le jurasteis fidelidad, ¿no?

—Como tú.

Nuño se rió y se relajó.

—Con un traidor ya hay bastante —bromeó.

—Escucha, Nuño —dijo Pedro de Saldaña, muy serio—. Me da igual lo que diga el conde, tú nunca serás un traidor. Vete en paz, que ni se te perseguirá, ni se te acusará de nada; sólo te pido una cosa, que cuando acabes con ese hijo de perra, regreses a Burgos, con nosotros.

—¿Para qué queremos un reino de Castilla sin ti? — añadió otro.

Hubo intercambio de apretones de manos y abrazos a modo de despedida, deseándole suerte —y que se cuidara del moro—; no eran las habituales frases hechas, vacías de sentimientos, sino que fueron pronunciadas con el sincero anhelo de volver a reencontrarse pronto. Pedro de Saldaña señaló el labio hinchado de Nuño.

—Os dio bien el conde...

—Sí, heredó las manazas de su madre.

Rieron la chanza y acabaron de despedirse. Una vez se hubieron ido, y Nuño de Oca se quedó solo, a unas horas para el amanecer, cerró los ojos y procuró soñar, en aquel ratito, con algo agradable que relajase sus músculos, ansiosos por entrar en combate. Su mente le llevó de vuelta al lecho de Leonor, sólo que en vez de ser ella la que yacía a su lado, era doña Inés de Fernández, lo cual no era impedimento para despreciar su bello cuerpo desnudo. Y cuando se disponía a tomarla, por su vagina asomó la cabeza una víbora enseñando sus colmillos.

No fue un sueño reparador, pero le ayudó a levantarse antes que el resto del mundo. Belfudo relinchó disgustado cuando fue ensillado, quizás porque reclamaba un poco de descanso, o tal vez, desde un punto de vista más lírico, porque sabía que el camino que iban a tomar los llevaría directamente a la antesala del Infierno.

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