La Caza de la Serpiente: Capítulo 3

La Caza de la Serpiente Capítulo 3

Resulta curioso como, después de diez años, uno regresa al hogar y se lo encuentra tal y como lo dejó. Bien es cierto que es una emoción falsa, ya que basta observar los pequeños detalles para darse cuenta de que en realidad eres un forastero en tu propia casa. Hacía más de una década que me fui de la aldea, pensando en que jamás volvería a ver el viejo roble que se alzaba frente a la casa de mis padres, seguro de que moriría en el Duero con una flecha atravesándome la garganta o pisoteado por nuestra propia caballería, pero hete aquí que a pesar de todo regresé.

El roble no pareció inmutarse con mi presencia; yo en cambio me alegré de verlo ileso. Su corteza, como mi piel, lucía nuevas grietas y cicatrices, las marcas con las que el tiempo y los hombres nos habían condecorado, y ambos las llevábamos con orgullo, como un distintivo que nos identificase como supervivientes. Desde sus ramas había apedreado yo a los hijos de los vecinos, en ellas había encontrado refugio cuando mi padre se soltaba el cinturón y juraba y perjuraba que se cobraría en mi pellejo mis trastadas. Todavía recuerdo verle rojo de ira cuando, con siete u ocho años, robé mi primera montura, un mulo cojitranco perteneciente a un recaudador. De mi progenitor no quedaba ya ni la tumba, y en la que fue mi casa habitaba uno de esos chiquillos a los que descalabré, junto con su mujer e hijo pequeño. La aldea, arrasada y reconstruida al menos cuatro veces desde mi marcha y sin embargo idéntica a la que conservaba en la memoria, me recibió con la misma indiferencia que el árbol. Tampoco quise yo hacerme notar, en mi papel de modesto mercader de camino a la villa de León.

El rocín que me llevaba reclamó algo de reposo, así que hube de detenerme allí. No era aquel un pueblo habitual en las rutas comerciales, y si me desvié para verlo fue por razones puramente sentimentales. Reconocí a un par de ancianos que a falta de fuerza para labrar, dormitaban en las puertas de sus casas, sentados en banquetas y apoyados contra la pared. El verano era fresco en aquellas tierras, nada que ver con los infiernos que padecí en Al-Andalus, donde fuera de los vergeles de los palacetes todo era envuelto por el fuego solar.

Nadie se acercó a mí, apenas me ofrecieron un movimiento de cabeza a modo de saludo, tampoco hubo miradas de recelo. Reinaba allí una absoluta tranquilidad, una paz incomparable en medio de un territorio convulso. Tras intercambiar unas palabras con una gruesa lugareña, conseguí cambiar unas escudillas de bronce y un mantel bordado por una hogaza de pan, vino para mi bota y un pollo para la cena, además del alimento de mi montura. No quise entretenerme mucho en las negociaciones, la tarde iba descendiendo con velocidad y todavía quedaba un buen trecho hasta la capital. Acomodado en una roca a las afueras de la aldea, mientras tomaba un bocado y contemplaba la llanura que iba dejando atrás, noté una sensación extraña en mi interior, como si hubiese perdido algo y fuera incapaz de recordar el qué.

Tres semanas atrás había experimentado otro reencuentro, más emotivo que este, quizá más doloroso, en tierras castellanas. Blanca, mi pequeña Blanca seguía ahí donde la dejé, como si no hubiesen pasado los años. La vi de lejos, a orillas del río Esgueva, cantando y lavando la ropa. Reconozco que no tuve el valor necesario para plantarme ante ella, menos todavía cuando descubrí un crío revoloteando a su alrededor. En aquel momento no le concedí importancia, me sonreí al verla bien, un poco desmejorada pero todavía hermosa, con una saya carmesí arremangada por encima de sus largas piernas. Luego fue demasiado tarde. Sentado en la piedra, tragando el migajón de pan y un pedazo de nabo, caí en la cuenta de que ya no tenía nada, ni siquiera recuerdos, pues en aquella vuelta a casa los iba borrando a medida que me acercaba a mi objetivo. Ni nombre tenía sólo una inicial, conservada como único vínculo con el mundo pasado, tan frágil como la imagen del rostro en el agua estancada; representación in memoriam de los muertos que quedaron atrás y que inevitablemente desaparecería conmigo cuando escribiese el punto y final de mi historia. Terminado el refrigerio, salté a la grupa de mi noble bruto y lo arreé, haciendo resonar las mercancías que portaba en las alforjas que no por ser pocas eran menos valiosas. Sobre todo una, muy especial, que escondía envuelto en un sucio retal de lana y que a buen seguro haría las delicias de cualquier obispo.

Llegué a las puertas de León con los últimos estertores del sol, que nos abandonaba a los mortales a la luz de cirios y antorchas. Todavía se podían apreciar en los muros las señales que dejara Almanzor hacía ya diez años. Yo estuve allí y puedo decir que fue un infierno. No era más que un chiquillo con una espada y un escudo de madera que perdí a las primeras de cambio; mientras, el rey se escondía en Zamora y la capital era defendida por un hombre que ni siquiera se mantenía en pie. No pudimos resistir el empuje de Almanzor, ni los muros el de sus arietes, y así, las tropas de Al-Andalus incendiaron la villa hasta los cimientos y yo fui capturado. Por desgracia, aún hube de contemplar más asedios, más batallas y más ruinas sin que nada pusiera freno a semejante orgía de destrucción.

No llegué a cruzar el Arco del Rey que me llevaría al interior de la urbe, sino que permanecí a las afueras, donde acampaban próximos a la zona del mercado diversos comerciantes venidos de toda la comarca y aún más allá de la frontera, preparados para el siguiente día de feria. En medio de un corrillo de tiendas que algunos montaron y unos pocos carromatos, alumbraba una buena hoguera al tiempo que se asaban unas piezas de cordero. Se trataba de un grupo de ganaderos que enseguida me recibieron con ebria cordialidad. Algo apartados del círculo se hallaban unos mercaderes judíos, unos labriegos que acudían con el fruto de sus cosechas y querían asegurarse un buen sitio para vender, mendigos y rufianes tanteando el terreno, algunas mancebas haciendo lo propio, todos sabedores de que a la mañana siguiente sería el gran día, y quien más quien menos quería volver a casa con la bolsa llena.

Una vez asegurado el caballo, fui a sentarme junto a los que tan jovialmente cenaban. El ofrecimiento de mi bota me aseguró una tunda de simpáticas palmaditas en la espalda, además de un pedazo de asado. El dueño del carro a cuyas ruedas me encontraba y que tan generoso era en sus demostraciones de cariño se me presentó como Galván, dijo venir desde la ribera del Orbigo con medio centenar de ovejas que esperaba vender a buen precio.

—Aquí hay mucho noble amante del buen yantar —me dijo entre risas—. El mes pasado don Paterno me compró todo el lote, una veintena de mis mejores animales, yo pensaba que para aumentar sus rebaños, pero qué va, lo único que aumentó fue su estómago. Él no es hombre de sedas, ni paños, nada de lujos orientales, a don Paterno que le echen de comer y de beber... ¡Yo creo que hasta prefiere una pierna de cordero a su mujer!

—No es de extrañar, viendo la que tiene —se chanceó otro individuo rubicundo, provocando una carcajada general.

Yo procuré no inmiscuirme mucho en la conversación, pero no pude evitar reírme con aquellas gracias y pegarle buenos tientos al vino, que a aquellas horas entraba con facilidad. Poco a poco, el sopor se fue apoderando de los congregados, la charla fue decayendo y pronto no hubo sino grandes silencios entre frase y frase. Aproveché uno de aquellos instantes para despedirme de Galván e ir a retirarme. Tendido bajo las estrellas, sobre una manta mulera, dejé que la suave brisa que empezó a levantarse me refrescara el rostro. Algunos bueyes mugieron, agradeciendo a Dios el detalle. Traté de encontrar en el cielo esas formas de las que me hablara en otro tiempo Abu Al Qasin Maslama, pero como siempre, sólo encontré el sueño.

La feria abarrotaba todo el recinto hasta desbordarlo, frenético de actividad como un hormiguero antes de la lluvia. Una amable nube cubrió el sol durante toda la mañana permitiéndonos a todos disfrutar de una agradable temperatura. Contemplaba a las gentes trastear entre tienda y tienda, unos cargados con sacos de cereales o gallinas, otros ofreciendo diversos útiles de cocina y aperos de labranza. Más allá dos hombres discutían el precio de una mula anciana pero de buena facha, unos niños correteaban entre los puestos, escamoteando lo que buenamente podían, y unos tullidos mendigaban en los portales. Mi buen amigo Galván trataba con varios siervos de su bienamado magnate con el gesto fruncido. Y si lo que se iba buscando eran artículos de lujo, no había más que acercarse a los puestos de ricos paños, tapices y telas de Córdoba y hasta brocados de Persia. Yo preferí quedarme en el mesón, que es donde en verdad se puede apreciar el nivel de una gran ciudad y sus habitantes. A juzgar por lo que vi en aquel, a los vecinos de León no les dolía gastar sueldos de plata en vasos de vino y sidra, que Juan el mesonero dispensaba con increíble velocidad. Se hablaba a grandes voces, como en toda taberna, se reía y se blasfe maba a pesar de que apreciaron enseguida los hábitos que vestía esa mañana. Pedí un vaso de vino y fui a acomodarme en la banqueta más próxima a la puerta, para no perder detalle del mercado. El primer trago de tinto pasó como un puñado de piedras afiladas, desgarrándome el gaznate.

Entre todo el gentío que inundaba la calle, mis ojos dieron con una bella muchacha, veinteañera a bien seguro, acompañada de dos mujeres mayores y un sujeto que las escoltaba. Su porte noble venía rematado por un sencillo vestido de vivos colores, tez morena, pelo castaño que caía cual cola de caballo hasta la cintura, y eso que era más alta de lo común, delgada, de mirada audaz y nariz respingona. Adiviné en sus modos el leve toque de una educación eclesiástica. Sus manos jugueteaban con una manzana que no se decidía a morder. Pero lo que llamó poderosamente mi atención fue el paquete que cargaba una de sus acompañantes, un puñado de rollos de pergaminos a estrenar y una arquilla parecida a las que ya había visto en los scriptorium de los monasterios. Apurando el vaso, me apresuré a seguirla con la intención de conocerla haciéndome el encontradizo. Durante un buen rato, la chica curioseó de acá para allá sin que yo la viera adquirir nada más. Su escolta sí hizo varias compras, pro- visiones para dos personas y para una jornada, claro indicativo de que estaban de camino hacia algún lugar cercano. No resistí más y me dispuse a actuar.

—Ah, la manzana, el fruto del pecado —comenté de soslayo cuando el pequeño séquito pasó por mi lado.

—¿Cómo decís?

—Ante todo, buenos días tengáis, noble señora —saludé, plantado ante ella, mostrándole mi mejor sonrisa.

—Buenos días tengáis también vos —respondió ella, observándome fijamente. Las criadas también devolvieron el saludo, pero en mis oídos sólo hubo sitio para su voz—. ¿Hablabais de mi manzana?

—Espero no haberos importunado. Al ver el fruto en tan bellas manos no he podido evitar traer a la memoria el bíblico pasaje.

—La verdad, no sé si sentirme ofendida o halagada —dijo risueña—. ¿Quién sois?

—Nada más que un humilde clérigo de paso hacia Lugo. Mi nombre es Cebrián.

—Encantada de conoceros, fray Cebrián. Nosotros también andamos culminando un largo viaje, aunque nuestro destino es Astorga, o lo que quede de ella...

—Ah, es cierto, Almanzor...

—Chist, os recomiendo que no pronunciéis ese nombre en voz alta o todos estos echarán a correr —su risa sonó como un cascabel, aunque a su custodio no pareció hacerle gracia verla hablar de forma tan distendida con un clérigo desconocido—. Por cierto, que todavía no os he dicho mi nombre: soy Inés de Fernández.

Reverenciosamente, le besé la mano.

—Veo que no habéis realizado excesivas compras, a pesar de que la oferta era mucha —observé—. En cuanto a vestidos, he visto grandiosos bordados en oro, sedas de oriente, coronas de plata...

—Hoy no era día de ropajes ni de joyas, ya habrá tiempo de comprarlos. Aunque el trayecto que nos resta es corto, no conviene ir tentando a la suerte yendo con preciosas cargas con tan poca guardia —me guiñó un ojo en clara referencia a su escolta.

—Eso puede tener fácil remedio. Mis obligaciones me mantendrán ocupado todo el día de hoy, pero espero me permitáis acompañaros mañana hasta Astorga.

—Iré gustosa cabalgando a vuestro lado, y espero que me amenicéis el camino con vuestra erudita charla. Y ahora disculpadnos, pero se acerca la hora de yantar y no debo hacer esperad a mis anfitriones.

—Al alba nos encontraremos pues, en la puerta oeste, señora.

Nos despedimos con sendas reverencias y una mirada de complicidad. Mis pasos, un tanto nerviosos, se encaminaron a lo más recóndito de la villa. Constaté que nadie había reparado en mí, como siempre. El olor a pan recién horneado proveniente del patio de una casa me abofeteó en pleno ros- tro, recordándome que tenía hambre. Antes de que me diese cuenta, ya me hallaba ante el Palacio del Rey. Me hubiera gustado entrar, pero sabía que aún pudiendo acceder al interior, no encontraría al monarca allí, sino en Lugo. Dejé atrás las iglesias de Santa María y San Andrés, subí por entre los solares y moradas que descansaban frente a la muralla este, hasta dar con un recoveco en donde desprenderme del sayal eclesiástico, para volver a ser Cañizares, el humilde mercader.

De vuelta al mercado, más relajado de personal, encontré al sayón del rey compartiendo largos tragos de tinto con Galván, con la sonrosada satisfacción de haber sacado buenos beneficios. Los judíos habían sido los primeros en desaparecer, hacia otros pueblos y otras bolsas, seguidos de los labriegos que no querían desatender por más tiempo sus tierras. El mesón despedía un tufo a caldo de hortalizas que abotargaba el sentido. Los compañeros del ganadero se pusieron a entonar obscenos cánticos, abrazados a sus vasos de barro y a las furcias de la villa. Galván, al verme, se soltó del sayón y arremetió contra mi espalda con una de sus palmaditas que más parecían coces de asno. Enseguida me puso una copa de latón repleta de vino en las manos. Su fétido aliento me estremeció de pies a cabeza, y tuve que deglutir el caldo de una vez.

—¿Has cerrado un buen trato con don Paterno? — pregunté por cortesía.

—¡Treinta sueldos y una mula inmejorable! —exclamó—. ¡Y podía haber conseguido un caballo de los buenos, pero no he querido abusar...!

—Eso está pero que muy bien... —me serví más vino del pellejo que había encima de una mesa, ya fláccido por exhausto, y me dejé caer en uno de los bancos. El sayón trastabilló hasta la puerta y desapareció. Galván vino junto a mí.

—Y tú, ¿has hecho negocio?

—Algo hemos ganado, poca cosa en comparación. Algún cacharro que otro...

—Bah, cacharros, herramientas... La gente lo que quiere es comer, no trabajar, y por aquí no se ve mucha carne. Te lo digo yo, hombre... Las ganancias están en el ganado.

—Amigo Galván, supongo que tienes razón cuando te llevas a casa tantos sueldos. Hasta después de darle su parte a tu señor conde, te quedará un buen pellizco.

—Ya, ya, pero antes me llevaré todas las piezas de plata a casa —cogido de mi brazo, me atrajo bruscamente hacia él, vertiendo su resuello en mi oreja en un hediondo susurro—. ¿Sabes por qué?

—La verdad es que no...

—Es por mi mujer... Cuando siente el tacto del metal precioso en sus carnes desnudas se transforma en una bestia en celo... No hay para ella mejor afrodisíaco que unos buenos argertios sólidos —esto me lo contaba entre grandes risotadas, dejando escapar blancuzcos esputos en todas direcciones a la par que se rascaba la entrepierna, que se veía que el recuerdo de sus cópulas maritales la había vuelto tirante. Le acompañé en la carcajada con maldisimulada falsedad, pero estaba tan ebrio que no lo advirtió. Las venas marcadas en sus sienes y en su gordo cuello se me ofrecían a la vista a punto de reventar. Después de aquella burda confidencia y ante la insistencia de un compadre suyo, que le reclamaba para hacer los coros, me dejó tranquilo.

Agarré una jarra de tinto y la saqué a la calle, arrojando a la mesa un puñado de sucios denares como pago. Me alejé de la juerga para echarme en el muro umbrío de la iglesia de San Martín, y ahí me quedé, bebiendo y pensando en la bella —y misteriosa— Inés.  

 

* La caza de la serpiente es una obra del escritor albaceteño Juan García Rodenas, que nos ha cedido para su publicación semanal, cada jueves, en www.elpincho.net. Esta novela fue creada por su autor en el blog El juego del muerto, desde el 1 de junio del año 2013, fecha en la que publicó el primer capítulo, hasta el 12 de agosto del mismo año, cuando la novela llegó al final con el capítulo número 32. 

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