La Caza de la Serpiente: Capítulo 30

La Caza de la Serpiente Capítulo 30

Y llegó el décimo día del mes de agosto y segundo del mes de shaban. El primero en tomar la ciudad de Santiago fue el sol, alzándose como era su costumbre sobre ella y la desigual muralla natural que forman las colinas que la rodean. La plaza, reclinada sobre una loma, recibió los primeros rayos de luz sin ningún impedimento; no había ni una nube que rompiera la monotonía azul del cielo. Tampoco hubo vecino alguno que quebrase el silencio nocturno, ya que todos habían huido de allí, llevándose consigo lo que pudieron cargar. Unos perros vagabundeaban entre las laberínticas callejuelas sin encontrar una mano amiga que les acariciase el lomo, o una patada antipática. Esa mañana no habría palanganazos de agua sucia para ahuyentarlos ni basura para comer; eran los amos de una villa fantasma.

El siguiente en aparecer fue Cesar que, cercana la hora sexta, se había detenido a yantar a las afueras, contemplando la tortuosa línea de la muralla, la que levantaran manos humanas entre sus casas y los montes. Terminado el avituallamiento, entró por una de las puertas fortificadas; enseguida percibió la soledad que le envolvía y ni siquiera él pudo evitar sobrecogerse. Su viaje había sido tan cómodo como aburrido, sin dar con un alma en toda la jornada. De nuevo se había servido de la belleza del entorno para distraer su mente durante la cabalgada, sin dedicar un segundo a lo sucedido la pasada jornada. El merino del conde, que jamás volvería a poder hablar, había sido absolutamente olvidado; de don Xoan y Míguez no se había preocupado nunca. Ambos le habían servido bien, como meros instrumentos de dolor. Dolor, como el que congestionaba al patriarca de Viladonga, que forjaría su leyenda. No en vano había engañado a un poderoso magnate sólo con decirle lo que quería oír, sin que él apreciara que sus palabras eran verdades a medias, y por tanto, mucho más dañinas. Verdades a medias, porque, en efecto, había dejado atados a los dos rehenes a un árbol, sin comida ni agua, sin ropa de abrigo ni armas, con tanto disimulo que hubieran tenido que talar medio bosque para dar con ellos. Pero los dejó muertos. Antes de dejarse atrapar, los ató y los degolló, lentamente, sintiendo con agrado cómo brotaba la sangre, empapando su mano, igual que en un cálido manantial. Cuando los encontraron, las alimañas ya se habían comido sus caras y todas las partes blandas.

A pie, se internó por las placitas y las calles. Cesar encontró a la jauría de perros echados a la sombra de una arboleda, en un pequeño pero bello jardín a la espalda de un monasterio. Observó a lo largo de su paseo la abundancia de edificios religiosos con su correspondiente vergel, como si cada iglesia poseyera su propio pedazo de paraíso. Caminó hasta la Plaza Mayor, donde se erguía el templo a Santiago el Mayor. Reinaba el silencio más absoluto. Él reclamó atención a voces, pero no obtuvo respuesta.

—¡La plaza es mía! —exclamó a los cuatro vientos—. ¡Venid a quitármela!

Como si le hubieran escuchado, los infantes berberiscos que marchaban a la cabeza del ejército se asentaron sobre la colina al sur de la ría que une los estuarios de la costa esperando órdenes. En breve se fueron alineando todos los cuerpos, la amplia caballería, con sus lanzas y hachas de doble filo; la infantería con sus venablos y mazas; los arqueros, a pie y a caballo, listos para una confrontación que no existiría. No se acostumbraban las tropas musulmanas a aquellas huidas masivas que dejaban desiertas las villas para cuando llegaban. Hacía tiempo que no formaban parte de su equipo instrumentos como escalas, pues no había nada que sitiar y tomar; lo único que cargaban eran varios arietes para batir muros y abundante material incendiario.

A decir verdad, siempre quedaba alguien; en todas partes daban con un valiente, o un loco, avergonzado de sus paisanos y dispuesto a morir en combate. Ellos procuraban darle gusto y en cuanto terminaban con él, la emprendían con todas las construcciones. Almanzor siempre ordenaba derribar las paredes y muros de cualquier edificio, reducirlos a escombros y entonces prenderles fuego, convirtiendo pueblo tras pueblo en cenizas que, tras su marcha, los lugareños estrujaban en sus manos entre el llanto y la deshonra. Santiago no iba a ser menos. Las ansias de poner fin a esta campaña y regresar a casa que tenían la mayoría, incluidos los destacamentos cristianos, auguraban una devastación sin igual. El caudillo amirita, rodeado de sus generales, hizo su discurso habitual, inflamando los ánimos ya de por sí bien caldeados, repitió el llamamiento a la guerra santa, y sobre todo, habló del botín que les esperaba en las cortes de los obispos. Por último, reclamó para sí ser el primero en traspasar el umbral de la iglesia de Santiago y tras las consabidas oraciones a Alah y a su profeta, iniciaron un trepidante descenso que hizo temblar la tierra hasta más allá de la vega del Sar y el Sarela, como si fuese sacudida por un terremoto.

En éstas, llegó el tercero de nuestros personajes, Nuño de Oca, infanzón de Castilla —o lo que hubiera dispuesto don Sancho ante su ausencia—, enemigo acérrimo de al-Mansurbillah, al que ya había combatido en numerosas ocasiones, no cara a cara, claro, e incansable perseguidor del homicida que él conocía como fray Cebrián y al que no había visto nunca. Apenas hay palabras que permitan describir el grado de cansancio que tenían tanto Belfudo como él; no obstante, agotado no sería del todo correcto pues aún les quedaba aliento para entrar en la villa, y por la fuerza. Nuño no los esperaba tan pronto, pero iba uniformado para la ocasión con su jubón de mangas, pectorales con bandas de cuero reforzados con placas metálicas, cota de malla que cubría las piernas al montar, manto corto sujeto al hombro, hacha, espada, yelmo y pequeño escudo redondo. El nerviosismo se apoderó de él al ver la carga de caballería; creyendo que de retrasarse más podría dar por perdida a su presa, también se precipitó al galope. Y así, el día iniciaba su declive con tres fuerzas terribles a punto de entrar en conflicto.

Los jinetes andalusíes irrumpieron como una tromba en Santiago, en medio de una formidable algarabía de gritos de guerra, batir de espadas, redobles de tambor y cornetas que retumbaban por los callejones y hacían vibrar a las piedras. Se extendieron por la villa como la sangre en un paño de seda, derribando puertas, convirtiendo los muebles en astillas, orinándose en los lechos cristianos, rebuscando aquí y allá, tomando cualquier cosa de valor. Conforme acababa el registro de las casas, las sentenciaban al fuego. Sin distinción de clases, desde las viviendas más humildes hasta los palacetes obispales, todas arderían tarde o temprano en un democrático alarde de destrucción. Los árboles de los jardines fueron talados, pisoteadas las flores, profanadas las iglesias con sus caballos, arrojando al suelo las imágenes sacras. Los perros salieron huyendo hacia las colinas, aterrorizados por el estruendo de la devastación.

Las hordas moriscas, sin hallar quien les hiciese frente, se recreaban en su labor, cumpliendo a la perfección las instrucciones de arrasar la urbe de cabo a rabo, murallas incluidas. El salvajismo era tal que hasta arrancaban los adoquines del suelo. Aparecieron algunos individuos en los sótanos de las iglesias: un puñado de mujeres, niños y enfermos demasiado débiles para caminar y que no tenían dónde huir. Enseguida fueron hechos prisioneros y conducidos con los que aguardaban en el campamento. Las callejuelas bullían de actividad aniquiladora, como recorridas por hormigas voraces; los arqueros arrojaban sus proyectiles incendiarios a los tejados más altos, los jinetes usaban sus caballos para arrancar los portones y las rejas de las casas, y la infantería, tras cargar a los mulos con los tesoros encontrados, procedían a la demolición. Lo único que seguía intacto era el templo de Yacub, a la espera de lo que dispusiera Muhammad ben Abi Amir, que en aquella ocasión había preferido quedarse rezagado y disfrutar desde la colina de las espectaculares vistas.

Largas columnas de humo en honor de Alah se alzaban por doquier, y aunque se echaban de menos los gritos de los derrotados y los ríos de sangre que debían bañar las calles, era una gran fiesta. Por cierto, nadie mencionó al califa. El tumulto ensordecedor iba en aumento en tanto que la cuidad se doblegaba y caía sobre sí misma. Convirtieron los torreones en teas gigantes; pronto rivalizaría con el sol por ver quién emanaba más luz. No llovería ese día, pues hasta el cielo parecía incapaz de contrariar a Almanzor.

Nuño descendía a galope tendido, apretando los dientes y empuñando la espada. Nada podía hacer contra un ejército de cinco mil hombres, pero él solamente quería coger a uno y para ello debía adentrarse en plena baraúnda. Se lanzó contra el flanco que creyó más desprotegido, un portón apenas custodiado por seis hombres. Los guardias apostados le vieron bajar y se sonrieron, pues ya creían que no hallarían con quien combatir; se dijeron, he aquí al loco, al héroe de turno.

Dos jinetes se arrojaron al ataque, buscando el encontronazo. Nuño de Oca no le hizo ascos a la contienda; profirió su salvaje alarido de guerra y sin encomendarse a nadie hizo silbar su hoja sobre su cabeza. Arreó el caballo y con los ojos inyectados en sangre arremetió. El que ataca primero puede atacar dos veces, reza el dicho, y era cierto, como bien había comprobado el milites en muchas ocasiones; aquella vez no fue menos, y anticipándose a sus contrarios, repartió sus primeros mandobles equitativamente, uno para cada uno, abriéndole al primero el cráneo y al segundo el tórax, recibiendo a cambio un débil arañazo en la mejilla. Sin detenerse a verles caer, prosiguió su frenética carga. Los otros tres, infantes bereberes, perdieron la sonrisa y se abalanzaron contra el caballero, esgrimiendo en alto sus rodelas, grandes escudos de madera con placas metálicas, y hasta había uno con pinchos, armados con mazas y espadas, corsé y capuchón de malla. Soltó Nuño su escudo, cambió el arma de mano para tomar con la diestra el hacha y atacar. Los soldados trataron de rodearle y tirarle del caballo, empujando con los escudos. A punto estuvo el castellano de dar con sus huesos en el suelo, pero se sirvió bien de las riendas y mantuvo a raya a su corcel. Belfudo dio vueltas sobre sí mismo, sin dejarse encerrar con fuertes coces. Uno le alcanzó en los cuartos traseros, pero no se quejó. Nuño resistía las embestidas, iba deshaciendo a hachazos los escudos y cuando los hacía trastabillar por los golpes o los empellones, los acuchillaba con la espada. Logró matar a uno y se abrió camino; avanzó un poco, giró en redondo y contraatacó decapitando al que tenía más cerca. No tardaron en acompañarle su tercer compañero.

Había recibido Nuño múltiples cortes que sangraban escandalosamente, le batían las sienes y le ardían los músculos. Miró la entrada, donde aguardaba turno el último: un arquero. Éste, aterrorizado, vio como el terrible jinete se le venía encima como un alud. Se apartó del camino a la carrera, y volviéndose raudo, montó una flecha y la disparó. Erró el blanco, aunque no del todo, pues impactó en Belfudo, que traspasando el umbral notó como el virote penetraba en su costado. No soltó un lamento; como buen guerrero, siguió impertérrito, desangrándose en un galope agónico hacia la Plaza Mayor, sorteando escombros y enemigos, sintiendo, entre agudas punzadas de dolor a cada paso, cómo se derramaba su vida. Todavía recibió más cuchilladas mientras se abrían camino, y en cuanto pisó la plaza, se desplomó. Rodó Nuño de Oca por el suelo, sin percibir lo que ocurría. Cuando alzó la vista y vio los estertores de su viejo compañero de fatigas no pudo dar crédito. Fue hasta él, trató de taponarle la herida con las manos pero el torrente de sangre era incontenible y los intestinos ya asomaban la cara. Las palabras de aliento que le murmuró llegaron demasiado tarde. Belfudo murió ante la basílica dedicándole su última mirada. Gritó de dolor, no pudo contenerse, un dolor desgarrador que se transformó en ciega ira homicida. Vio las puertas del templo, un puñado de soldados las custodiaban. Pertenecían al cuerpo de guardia de Almanzor, lo que significaba que eran luchadores duchos en la batalla, algunos maestros en el manejo de la espada. Implacables, habían matado a decenas de cristianos a lo largo de su intensa vida; no se dejaban asustar, no estaban hechos a la derrota ni tampoco a la rendición.

Pero nada de esto les serviría ante un Nuño con la armadura teñida de escarlata y hambriento de venganza. Ellos no comprendieron, seguían considerándolo el héroe local, un cristiano loco que no sabía dónde se había metido. Sin embargo, el individuo que corría hacia ellos blandiendo la espada, no era ningún paladín ni tampoco un demente, sino un hombre criado para la guerra, cubierto de pies a cabeza de la sangre del único amigo que había tenido en su vida. Haberlo sabido no habría cambiado mucho, ellos no se habrían apartado para dejarle pasar, pero tal vez hubieran luchado con más precaución, porque lo que no podían prever era que un violento y súbito destello de metal les sesgaría la vida sin dejarles tiempo para encomendarse a su dios. En unos ralentizados minutos en los que no hubo más que muerte en el aire, Nuño se quedó solo. Más solo que nunca. Entonces la puerta se abrió y apareció un hombre joven. Cristiano, alto, de cabellos y ojos claros, de constitución normal, vestido con el blasón de Viladonga. Llevaba la espada en la mano como si no supiera qué hacer con él. Se sorprendió al verle. Le sonrió.

—¿Quién sois? —preguntó en tono divertido.

—Sólo un puñado de tripas empuñando una espada.

No pareció muy impresionado ante semejante respuesta. Nuño se limpió la cara con el dorso de la mano y se irguió ante él. Le observó con detenimiento, devolviéndole la sonrisa. Las ropas le quedaban holgadas, pero no fue eso lo que le delató. Fueron sus manos, piernas, su respiración, su postura... No era un hombre normal y corriente como había dicho Inés, y mucho menos un fraile; miradlo, quiso gritar a todo el mundo, ¿no lo veis? Estaba tan claro... Tal y como había dicho Pedro de Saldaña, se trataba de un guerrero. Cesar también apreció esos pequeños detalles en el castellano. Así, a dos hombres que nunca antes se habían visto les bastó un instante para reconocerse y saber que, irremediablemente, iban a matarse. Sin pronunciar una palabra más, se prepararon. Nuño se liberó del peto acorazado y de la malla, se arrancó el blusón ensangrentado y se quedó a pecho descubierto; por aquí has de meter la espada, pareció indicarle. Cesar aceptó la invitación y le imitó, mostrando su fibroso torso y esgrimiendo la espada ancha con profesionalidad. Cruzaron miradas antes que hojas; entre tanto sobre Santiago se desataba un infernal aguacero de fuego.

Empezó el duelo con un primer intercambio de mandobles y paradas, sin llegar a herirse. Nuño de Oca acometió con virulencia, avanzando poco a poco; Cesar retrocedió, zafándose de un buen tajo. Ninguno hablaba, mantenían prietas las dentaduras, ahorrando aliento. Había que vender caro el pellejo. Cesar afirmó los pies, e intuyendo el siguiente ataque, lanzó un revés. Trabó Nuño y devolvió la estocada. Pero el otro fintó y evitó la mojada que podría haberle atravesado de parte a parte. El batir de las espadas producía un estruendo que, al compás de los jadeos de los contendientes, se sobreponía al fragor de la destrucción. Un nuevo embate del homicida tras afirmarse entre dos movimientos estuvo a punto de abrirse paso entre los hígados de su contrario, pero el castellano se protegió con el antebrazo y ahí se llevó el corte. Devolvió la ofensiva, le forzó a recular, lanzó la punta de su espada de arriba abajo y logró con esta maniobra acariciarle el pecho, abriéndole un sendero encarnado desde el ombligo al pecho. De todas formas, no dejó de ser un mero arañazo.

En tanto los dos personajes buscaban destriparse a las puertas del templo, el victorioso por Alah se encaminaba majestuosamente a lomos de su brioso corcel, hacia la misma plaza, impaciente por ver el famoso sepulcro. Inspeccionaba sobre la marcha el buen hacer de sus hombres, que le vitoreaban y se acercaban hasta él para mostrarle las alhajas y tesoros que iban reuniendo: crucifijos de oro y plata, ricos juegos de sábanas, finos cortinajes... Todo lo que los habitantes más ricos no habían podido llevarse o, en un alarde de optimismo, habían escondido en los lugares más recónditos de sus casas. Almanzor ya pensaba en los versos que habría de componer en homenaje a esta conquista, pues el caudillo además de gran militar tenía la virtud de ser buen poeta. No sería tarea fácil, pues habría de estar la composición a la altura de la gesta, tomar el corazón de la cristiandad hispánica no era cosa baladí. El fuego se iba haciendo el verdadero amo de la villa, devorándola de un extremo al otro, y él se divertía imaginando la expresión de las caras de los obispos, la de los reyezuelos del norte y la del estúpido de Vermudo II cuando viesen las ruinas en que se había convertido Santiago. Podrían reconstruirla, pero jamás olvidarían aquella humillación. Nunca se había sentido tan poderoso. ¿Quién podría oponerse a él ahora? ¿Quién se resistiría a rendirle tributo? Miró de reojo a sus hijos, en especial a Abd al-Malik, el que algún día estaba destinado a sucederle, y supo, tan agria como dulcemente, que la gloria de Córdoba y su poderoso reino durarían lo que durase el gobierno de su sangre.

Nuño y Cesar se adentraron en la basílica de Santiago, llevados por la inercia del combate y sin importarles el sacrilegio que estaban cometiendo. El restallido de las hojas se vio amplificado en las consagradas galerías, al tiempo que se le iban añadiendo el ruido de los bancos y lucernas que se llevaban por delante. El homicida usó un candelabro para golpear a su adversario cuando este se defendía de un sablazo. Le dio en la cabeza y le hizo tambalearse ligeramente. El guerrero de Oca se cubrió como pudo y retrocedió hasta chocar contra un asiento sin llegar a caerse. Empezó a creer que no podría derrotarlo, lo que se tradujo en precipitación y falta de coordinación en su contraataque. Devolvió una serie de desabridos mandobles, más defensivos que ofensivos; desordenadas ráfagas de empuje rabioso y ciego, que forzaron la marcha atrás del contrario. Metió Nuño el tronco, lanzó el puño izquierdo y llegó, al cuerpo y abajo. Cesar dejó escapar a una todo el aire de sus pulmones como un fuelle; se desequilibró, pero, aún así, logró driblar el siguiente embate del castellano, que lejos de rematar adecuadamente pareció tomárselo con calma, casi mimándole. Dejó que malgastase su empuje en acometidas falsas, ya sólo con la espada, pues el puñetazo le había hecho soltar el candelabro. Cesar asentó los pies y contuvo su fogosidad, decidido a aprovecharse de la condescendencia del otro; el primero en cansarse sería el primero en cometer el error que le conduciría a la muerte. De esta manera, el homicida que había empezado sorteando el temporal, acabó adueñándose de la pelea, mandando en desorden los pasos hacia una de las puertas laterales, mientras a ambos poco a poco la fatiga los hacía exhibir una guardia y un moverse aplomados.

Lo primero que vio Almanzor al llegar a la Plaza Mayor fue el cuerpo de Belfudo, tendido en medio de un lago de sangre. Avanzó hacia él para examinarlo de cerca. Su caballo se detuvo y cabeceó broncamente, como asustado. Tuvo que obligarle a marchar. El amirita confirmó su impresión inicial: era una montura cristiana. Se volvió a sus hombres, que se encogieron de hombros, desconcertados. Buscó el cadáver del jinete, y fue cuando advirtió que los que debían guardar el pórtico de la iglesia, yacían despanzurrados por las escaleras. Una de las hojas estaba abierta. Sin desmontar, penetró en el templo. Su séquito le imitó, con las armas bien dispuestas. Había ordenado claramente que nadie entrase en la iglesia, sin embargo se encontró con bancos volcados, candelabros tirados por el suelo y otras inequívocas señales de una pelea. Salvando estos detalles, el interior de la iglesia no se diferenciaba mucho de cualquier otra. El mismo interior lóbrego, parco en adornos, con varias capillas bañadas por una cetrina luz, unas tristes imágenes que al caudillo le causaron repulsión... En general, aquel oscuro santuario resultaba muy inferior a la más mediocre de las mezquitas. El repiqueteo de los cascos rompió el silencio reinante. Sumidos en el mutismo, cabalgaron expectantes por el interior del edificio. Tan sólo ante la cripta decidió Almanzor apearse. La puerta que conducía al sepulcro estaba entreabierta, la empujó con cuidado y solo, accedió al interior. Su armadura resonó con estrépito metálico al descender los escalones. Su primera impresión ante la tumba fue de decepción. Como todo el edificio, era muy austero, un techo bajo, unos crudos muros de piedra iluminados por una docena de consumidos cirios y velones alrededor de la losa de mármol bajo la cual se suponían enterrados los restos del santo apóstol y un pequeño refectorio para orar. Hasta la latina inscripción en la lápida parecía pobremente trazada. ¿Qué había de grandioso y sagrado en aquella ruinosa cripta? Reparó entonces en algo; un sujeto menudo, embozado en una vieja y arpillada túnica, sentado junto a la losa. Muhammad no se dejó impresionar y se acercó a él.

—¿Quién sois y qué hacéis aquí? —le preguntó, cortés.

El hombre se volvió hacia Almanzor y éste pudo ver que se trataba de un anciano, arrugado como una uva pasa, de cabellos blancos y piel picada de manchas ocres. No descubrió el guerrero miedo en sus ojos, de un profundo verdor, más bien una profunda serenidad.

—Soy un familiar —contestó impasible.

—¿Familiar de quién?

—De Santiago —esta respuesta le dejó perplejo.

—¿Sois un monje?

—No, noble señor, nada más que lo que os he dicho.

—Parecíais esperarme, ¿queréis algo de mí?

—Sólo os rogaría que no perturbarais la paz de mi familiar.

Un estruendo en la parte superior interrumpió la charla. El hayib, intrigado, se desentendió del anciano por el momento y regresó arriba. Habían aparecido por la puerta que daba acceso al claustro de la catedral dos hombres ensangrentados que pugnaban entre ellos con gran ardor, pero también con la torpeza que añade el agotamiento. A pesar de estar rodeados, ninguno parecía dispuesto a detenerse. Los oficiales se limitaban a ejercer de espectadores, sin saber qué hacer.

—¿Que es lo que ocurre ahí? —gritó Almanzor, de nuevo en la grupa de su bestia.

—Señor —corrió a informarle su lugarteniente—; son dos cristianos batiéndose en duelo...

—¡Imbéciles! ¡A qué esperáis para apresadlos y sacadlos de aquí!

Una pica arrojada a sus pies detuvo a los contendientes, que enfrascados en su pelea, apenas se habían dado cuenta de lo que sucedía a su alrededor. La lanza los obligó a parar y a apreciar que, al menos una decena de armas musulmanas amenazaban con hacerlos pedazos antes de decir amén. Una veintena de soldados salidos de la nada terminaron de rodearles. Los desarmaron, los derribaron a patadas, los amarraron como a reses y los sacaron a rastras a la plaza. Almanzor se presentó al instante e hizo señas a uno de sus subalternos para que procediese a interrogarles. No era la primera vez que aquel hombre de tez morena y hermosa figura aparecía ante los ojos de Nuño; ya en anteriores ocasiones, siempre en batalla, había vislumbrado su silueta repartiendo tajos a diestro y siniestro, aunque nunca lo había tenido tan cerca. El tono de su voz le recordó la gravedad y elegancia del conde de Castilla.

—¿Qué es esto? ¿Los cristianos estáis tan locos que hasta en plena invasión seguís luchando entre vosotros? —se chanceó el jinete.

—No soy cristiano —dijo Cesar, recobrando el resuello.

—Tampoco yo soy muy devoto —añadió Nuño, evaluando sus posibilidades.

—¡Silencio, perros! —gritó Abd al-Malik, menos proclive a las bromas—. Demostrad más respeto o sabréis lo que es bueno.

—Tranquilo, hijo —intervino el padre, que ahora parecía complacido con el inesperado suceso. Señaló a Nuño—. Vos parecéis castellano. ¿Acaso don Sancho García no ha regresado a su erial?

—¡Hablad, demonio! —le increpó otro oficial—. ¿Dónde está vuestro campamento?

—A estas horas, supongo que a las afueras de León.

—¡Mentís! Deben de andar cerca... —se volvió el árabe a su caudillo y le susurró—. ¿No vendrán sobre nosotros?

—Vamos, Al-jail, no os dejéis intimidar tan pronto. Nadie vendrá. Estamos ante un renegado, sin Dios ni patria, ¿me equivoco? En pocas palabras, un loco, y los locos actúan siempre solos —rió su enunciado y se dirigió a Cesar—. Y vos, ¿sois otro loco?

—Grandioso Abi Amir, no me considero tal cosa — respondió con educación, pero permitiéndose cierta familiaridad—. Más bien todo lo contrario, como tendréis ocasión de comprobar en cuanto me haya cobrado la vida de este sujeto...

—Muy seguro os veo, señor. Me resultáis vagamente conocido... ¿No habremos coincidido en Córdoba?

—Veo que hacéis honor a vuestra legendaria memoria... —comentó, rozando la impertinencia—. Pero creo que detallar ahora las circunstancias de nuestro encuentro sería largo y pesado, estando pendiente todavía este asunto...

—Y decidme, ¿cuál es el motivo de tan apasionada lucha?

Nuño de Oca y su rival intercambiaron miradas. Por dónde empezar, qué decir, cómo explicarlo. Imposible; los matarían antes de que lograsen dar con las palabras adecuadas que ilustrasen su relato. Ni siquiera Cesar, más culto y refinado que el otro, se veía capaz de hacerlo.

—Creo que no os concierne —soltó Nuño—. Sólo dejadnos terminar y luego disponed del vencedor como queráis.

—¡Malditos engreídos! —Almanzor se agitó en su silla, furioso—. ¡Claro que me concierne! Todo lo que sucede en esta tierra me concierne. ¡Cristianos estúpidos! ¡Si respiráis todavía es porque a mí me da la gana! Y creo que ya habéis disfrutado demasiado de ese privilegio... ¡Arqueros!

A esta orden surgieron del cerco arcos y flechas, apuntando hacia la pareja. Tensadas las cuerdas, y con los ojos puestos en ellos, faltaba la orden que los convertiría en acericos.

—Señor —interrumpió una voz suave, sin llegar a romper la tensión—. Yo puedo esclareceros la razón de su combate.

Se abrieron las filas para dejar paso a un jinete oscuro, que Nuño reconoció enseguida. Se trataba de Ahmed Adja, el al-Barraz que le salvara de la traicionera puñalada de Grañón. Vestía los mismos negros ropajes, el mismo turbante y portaba las mismas armas, incluido su formidable arco al hombro. El duelista se acercó a Almanzor con confianza, le llevó a un aparte y en susurros, trazó un rápido esbozo de la historia de aquellos dos individuos. El resto de la concurrencia aguardaba instrucciones con nerviosismo. Nadie había bajado el arma. Nuño depositó sus esperanzas en quien le salvara en las proximidades de Ayllón, que parecía conocer bien al comandante. El sirio conocía los crímenes; podría convencerlo. Debían dejarle matar a la serpiente; lo que le sucediera después le traía sin cuidado. Mientras, sabedor de que se estaba hablando de él, Cesar se irguió orgulloso, se atusó el pelo y mostró su sonrisa más feroz. Por el contrario, el rostro de Abi Amir se fue oscureciendo con la narración, hasta que hizo señas de que ya había oído bastante. Los dos jinetes regresaron a la formación y el amirita se encaró con el homicida.

—Acabo de recordar de qué os conozco —dijo, sombrío—. Ignoro qué os ha conducido a cruzaros de nuevo en mi camino, pero sé cómo arreglarlo. Sabed que os sentencio a la esclavitud para el resto de vuestra vida. En cuanto a vos, Nuño de Oca, sois libre de marcharos. En cierto modo, habéis servido a nuestra ley. Por ello, dispondréis de un caballo y una hora para que os alejéis de Santiago lo más que podáis, porque tened bien presente que si mis hombres os encuentran os cazarán como a una liebre.

Enmudeció Nuño ante el dictamen de Almanzor, sin fuerzas para protestar, o simplemente rendido al sentido común. Doblegado ante las circunstancias, no pudo más que escupir a la cara de Cesar, sin acertarle, y ver cómo se lo llevaban. De repente tenía la boca seca, y le costaba mantenerse en pie. Pidió agua. Alguien acudió a desatarlo y le entregó un odre medio lleno. Al homicida le dispensaron peor trato; le golpearon en los riñones al ver que caminaba con altivez, pero no se inmutó. al-Mansur dispuso nuevas órdenes para los suyos —quería la villa arrasada en dos días—, y se retiró, abatido, no sin que antes su hijo mayor le atajara y le preguntase sobre el destino del santuario. El comandante alzó la mirada, la dirigió al pórtico principal, y sin pestañear condenó al santuario a muerte.

—Destruidlo —su voz, neutra, y por tanto perturbadora, sumergió la plaza en la inmovilidad —. Como trofeos, descolgad las campanas menores, que serán llevadas a hombros de esclavos cristianos a la mezquita mayor de Córdoba para ser colocadas como lámparas. Y haced otro tanto con las puertas, que serán clavadas en las vigas de la Aljama. Asolad todo lo demás... Todo, menos el sepulcro de Yacub.

Tras estas terribles palabras, desprovistas de cualquier matiz que permitiera comprender lo que estaba pasando por su cabeza, se marchó. Enseguida sus hombres le imitaron, yendo raudos a cumplir lo mandando. Al momento quedó la explanada desierta de tropas, a excepción del duelista profesional, que desmontó y ayudó al castellano a lavarse las heridas; después le entregó una camisola limpia y el resto de sus pertrechos, incluida la espada. Nuño la recibió con un pensamiento en mente, que al punto desechó. Ahmed Adja simuló no haber visto aquel destello y por dentro se alegró de que el milites mantuviera la sensatez y no le obligara a matarlo. Caminaron mudos, sin prisa, hacia las afueras de Santiago, flanqueados de vastas hogueras y cegadoras brasas, tosiendo de vez en cuando, pues el viento hacía danzar el humo en todas direcciones. El al-Barraz le condujo hasta el comienzo de un sendero que se dirigía al este.

—Por ahí alcanzareis a vuestro señor, Nuño.

—No tengo a dónde ir, Ahmed Adja.

—Nuño. Sabéis bien que Almanzor no tiene fama de clemente, así que tenéis por qué dar gracias.

—Pues no me siento especialmente dichoso. Al final he sido derrotado.

—No lo veo así. Habéis cumplido vuestra promesa, cazasteis a la serpiente.

—Pero no cobré su piel...

—Conserváis la vuestra que no es poco. Os aseguro que lo que le quede de vida a ese homicida no será placentera. Ya habéis escuchado lo que le espera. Os prometo que se avecinan las jornadas más duras de su vida, y si sobrevive al viaje, yo mismo le rebanaré el pescuezo a las puertas de Córdoba.

—Un triste consuelo después de tanto tiempo siguiendo su rastro.

—Antes que vos ya muchos le buscábamos en Al-Andalus. Fuimos sus primeras víctimas, por derecho nos corresponde a nosotros juzgarlo. Entended esto, nada de lo que habéis hecho ha sido en vano, buscabais que se hiciera justicia, y así ha sido. Y eso, en este maldito mundo, es un lujo.

—Sí, supongo que no hace falta cavilar mucho para ver que tenéis razón. Pero eso no evitará mi malestar... —el vino ayudaría mejor, pensó, y más viéndose molido por los golpes. Se contentó apurando el agua y evitando moverse bruscamente—. Me habéis salvado de nuevo. Empiezo a pensar que queréis ser amigo.

—Os ha salvado la razón, Nuño. Ahora, sería un honor que aceptarais mi caballo —dijo el sirio mientras retiraba sus bártulos del animal—. Montadlo e id con vuestra gente.

—No sé qué decir... Vos...

—De mí no os preocupéis, que el hayib me proporcionará uno mejor. Vamos —insistió—. Tomadlo.

Con inusitada timidez, Nuño recogió las riendas que el otro le ofrecía. Acarició las crines de la negra yegua, que relinchó a modo de saludo.

—¿Cómo se llama?

—No tiene nombre. Ponedle vos uno que le siente bien, aunque sea cristiano.

Subió a la grupa el castellano. Fuera del valle decaía la luminosidad del crepúsculo, ajeno a la claridad de las hogueras, y no era cuestión de hacer noche en aquellos lares. Estrechó la mano de Ahmed Adja con sincero afecto y agradecimiento. Asimismo, dedicó unos segundos a despedirse mentalmente de Belfudo. Tampoco pudo olvidarse del homicida, al que nunca llegó a conocer por su nombre. A lo mejor, nunca tuvo uno. Se lanzó al galope por el sendero, sin plantearse qué contaría a sus compañeros, ni qué alegaría a don Sancho García. Lo único que le preocupaba, mientras la brisa del anochecer refrescaba sus heridas y magulladuras, era cómo llamaría a su nuevo, nueva, compañera de fatigas.  

Capítulos anteriores:

Licencia: 
Creative Commons Licence

Añadir nuevo comentario