La Caza de la Serpiente: Capítulo 31

La Caza de la Serpiente Capítulo 31

Las diligentes huestes de Almanzor cumplieron el plazo dado por su caudillo, y en dos días quedó asolada Santiago. Después, le llegó el turno al resto de la comarca. La conquistaron toda, hasta alcanzar San Cosme de Mayanca, en la costa oriental de la ría de la Coruña. Se hicieron centenares de prisioneros, que pasaron a engrosar las ya de por sí nutridas filas de esclavos, en total, casi cuatro mil almas que serían llevadas a Al-Andalus. Entre ellos, yo. Con la salvedad de que a mí me vigilan cuatro guardias, constantemente. No me permiten estar en contacto con los demás, sólo me relaciono con ellos cuando cargamos una de las puertas mayores del templo. También soy el único que no es relevado en esta penosa tarea mientras nos dirigimos al castillo de Vallicos. No volví a ver a Muhammad ben Abi Amir, ni siquiera a lo lejos, pues ya se cuida de que aparezca, aunque sea su sombra, a mis ojos. Quien sí viene a verme, aunque manteniendo una considerable distancia, es el al-Barraz que había intercedido por ese castellano, ¿Nuño de Oca, se llamaba? Como quiera que fuese, me prestó un buen entretenimiento, era un rival excelente con la espada. Y aunque Almanzor le perdonó la vida, es a mí a quien debe agradecérselo. Espero que sepa verlo y que sea así como lo cuente en su corte, escribiéndose de este modo un nuevo en mi crónica. ¿Y ahora qué? Viéndome así, el más sucio y maltratado de los esclavos, cualquiera creería que recapacito acerca de mis creencias. ¿Ciertamente he sido derrotado? Yo, que era Dios, ¿me he convertido en menos que un hombre? ¿No queda en mí ningún vestigio de mi poder?

Nada de esto es cierto. Sigo adelante, sigo siendo el mismo Cesar que abandonó Lugo para subyugar al mundo. ¿O acaso no he escapado con vida de la espada de ese infanzón y del verdugo de Almanzor? El camino hasta la capital del califato es muy largo, ¿quién dice que no pueda librarme de mis vigilantes? Ya lo hice otras veces... Y aunque no pudiera, esta pesada condena culminará algún día, ¿quién me impedirá irme entonces? ¿El sirio? No es rival para mí, aparenta ser ducho en las armas, pero sin duda mi inteligencia es muy superior. Ni siquiera Almanzor podría competir conmigo. Yo he leído en las bibliotecas monásticas los manuscritos de la Biblia, las obras de San Jerónimo, San Ildefonso, San Fructuoso y San Julián, los libros sobre la Trinidad de San Agustín, los Comentarios al Apocalipsis del autor hispano-godo Arpingio y los de Beato de Liébana, la Historia Eclesiástica de Eusebio, la Peregrinación de Egeria, los Diálogos de Sulpicio Severo; obras como las Colaciones de Casiano, el Geronticón, los libros más importantes de Gregorio Magno (Los Morales, la Regla Pastoral y las homilías sobre Ezequiel); las Sentencias y Etimologías de San Isidoro, el Liber Canonum, el Liber Judicum y obras de Virgilio, Prudencio y Cátulo. Este último fue uno de mis favoritos, por su forma de combinar violencia y delicadeza. Y de las bibliotecas de la buena sociedad cordobesa me quedo con las tablas astronómicas de al-Juwarizmí, poetas-astrólogos como Yahya al-Gazal e Ibn al-Shámir, el gran Abbás Ibn Firnás, el destacado visir de al-Hakam II al-Mushafi, el historiador Ahmad al-Razi, la Historia de los médicos de Ibn Djuldjul, Muhammad ibn Elyasa y sobre todo, el fabuloso Calendario de Córdoba en el que colaboró mi viejo amigo el obispo mozárabe Rabi ibn Zayd, por nombre latino Recemundo, y al que yo también aporté mi granito de arena. Incluso he podido conocer obras prohibidas, como El árbol de la sabiduría del zaragozano ibn Fattuh, condenada porque Abi Amir desprecia su misticismo.

Los demás, soldados y prisioneros me creen, al verme tan custodiado, alguien muy importante, y no se equivocan. Preguntadle al hayib del califa, quisiera decirles, a ver qué os cuenta de mí. Ah, Almanzor, cómo me odia... Sólo nos hemos visto cara a cara en dos ocasiones, lo suficiente para ver ese fulgor en sus ojos que casi me sirve de alimento. Soy culpable de tantas cosas que le afectan; hasta, en cierta manera, fui indirectamente responsable de que él destruyera la mitad de su biblioteca en un arrebato de ira. Es lo más leve que me puede achacar, al otro extremo de la lista hay cosas de mucha más importancia. En fin, en mi nueva condición lo que prima es la paciencia. Con paciencia se puede superar cualquier inconveniente. Ya fui esclavo una vez, durante largos años, en Al-Andalus y respecto a entonces, todo son ventajas. Tengo un plan que consiste en emponzoñar el agua de las tropas. La única complicación a la que me enfrento es la abundancia de manantiales y riachuelos con los que nos cruzamos. Esperaré a que entremos en comarcas más secas para que se reduzcan las fuentes y pozos y el envenenamiento sea eficaz. La variedad de hierbas y animales con los que tropiezo garantizan que no me faltará materia prima, lo demás se puede hacer al auspicio de la oscuridad de la noche.

Abi Amir ha envejecido mucho; perdonando los restos del apóstol y mi vida ha demostrado que no es el que era, de seguir así no vivirá mucho más; acabará dejándose derrotar. Quizás sea eso lo que quiera; quizás se sienta viejo y quiera morir, y como no concibe otra muerte que no sea en el campo de batalla, ultrajando a los reinos del norte los está obligando a atacarle. Él debe saber que su indulto al sepulcro será interpretado, manipulado mejor dicho, por los obispos y prelados, que verán en ello la mano de Dios; un milagro que esgrimirán contra Alah y el Califato. Creo estar en lo cierto, con esta maniobra ha querido avivar el ardor guerrero de los cristianos. Una estrategia que se basa en la idea de que cuanto más poderoso es el rival, más gloriosa es la victoria, y la derrota, de producirse, es el primer paso hacia la santificación. No es nada nuevo, pues del mismo modo yo me he convertido en lo que soy. Si bien, considero que Almanzor se ha equivocado copiándome, pues su perdición arrastrará a sus descendientes y al propio califato a los infiernos y no puedo ni atreverme a pronosticar lo que sucederá a continuación.

El verano se acaba, y estamos a punto de llegar al castillo de Vallicos. Aquí se despedirán los condes cristianos con un buen pellizco. De cristianos tienen poco, pero han sabido suplir su falta de fe con un gran sentido práctico, además del amor al oro. Sus servicios serán bien recompensados, joyas, vestidos y toda clase de tesoros para los guías del amirita, ¿quién puede culparles? El propio don Sancho García ha estado en tratos con Almanzor a espaldas de su rey, es el primer dictamen de la res publica que cada cual se cubra sus espaldas. A partir de este emplazamiento la marcha del viaje se verá acelerada, y dado que no hay nadie para hacerles frente y nada por destruir, es muy posible que nos presentemos en Córdoba en tres semanas. Un enorme trecho por andar, aunque para entonces espero estar rumbo a los Pirineos, puesto que como Cesar que soy, debo extender mi dominio por los confines del mundo. Me gusta ser un hombre libre, pues sé que no se repetirán las circunstancias que me hicieron pasar de niño esclavo a integrante de lo más selecto de la cultura califal. Sería como desandar lo andado, y eso no es bueno. Estudiar en las principales capitales de Al-Andalus, trabar amistad con los sabios de la corte, encontrar los más ricos palacios siempre abiertos para mí, y ver reclamada mi presencia en las mejores reuniones de sociedad pertenece a una vida pasada, de la cual escapé. Como decía antes, paciencia. ¿Quién va a detenerme?  

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