La Caza de la Serpiente: Capítulo 32 (final)

La Caza de la Serpiente Capítulo 32

Mi nombre es Nuño de Oca, soy infanzón de Castilla y mi oficio es matar. Es lo que mejor sé hacer. ¿Soy por ello un homicida? Durante las últimas semanas he estado haciéndome preguntas acerca de la muerte y de matar. Nunca antes había pensado en ello, a decir verdad no soy hombre que piense mucho según qué cosas. Para mí, mi labor consistía en tomar la espada, arrear el caballo y arrojarme al ataque. Sin plantearme si lo que hacía estaba bien o mal. En medio de un campo de batalla, la muerte está por todas partes, te empapa como el sudor y no te deja respirar, y lo que está en juego es el propio pellejo por lo que todo se reduce a dar o recibir. Siempre es mejor dar. Luego están las incursiones, actos de guerra menos honorables, donde se arrasa una aldea y a todos sus habitantes sólo porque forma parte del juego. Nunca tuve la sensación de estar matando inocentes; eran enemigos y como tales habían de ser tratados. Durante dos meses he cabalgado a la desesperada tras un fantasma al que creía peor que yo, un homicida de inocentes, que actuaba sin ninguna razón. Creo que esto era lo que me ponía enfermo, la ausencia de un motivo, una excusa para matar.

Yo sí la tenía, yo soy un milites. Pero también un homicida, ahora lo sé. No es que reconocerlo me alegre, pero sí me libera un poco, me hace ver las cosas de otra manera. Todo soldado es un homicida, es mi conclusión, al servicio de la guerra, necesario para ella, y aunque en apariencia matar sea lo mismo para mí que para la serpiente, no lo es, pues tampoco es lo mismo beber para calmar la sed que embriagarse hasta enfermar. No sé si me hago entender, nunca me preocupé de cultivar mi entendimiento y es en ocasiones como ésta cuando lo lamento.

Abandonado Santiago, en tres o cuatro jornadas alcancé el campamento, que no se había movido de donde estaba. Doliéndome hasta la espada, fui sorprendentemente recibido como un héroe por mis viejos compañeros. Mis recuerdos de esos momentos son confusos, sé que mi nueva montura causó sensación, que me desplomé y fui llevado hasta la tienda de Saldaña, donde me fueron aplicados toda clase de ungüentos y cataplasmas por todo el cuerpo. Me han dicho que dormí sin interrupción dos días completos, en los que tuvieron que alimentarme a base de caldos. Bastaron estos cuidados para hacerme recobrar las fuerzas, y en cuanto pude incorporarme y sentarme a una mesa, intercambié noticias con Pedro y los demás. Me hicieron hablar a mí primero, así que les conté con la mayor fidelidad posible lo que me había sucedido en la villa del apóstol, con el homicida, Almanzor y el duelista. Sé que nunca me hubieran creído de no ser por los años que hemos cabalgado juntos. Vi en sus ojos el sincero afecto que sólo un hermano de armas es capaz de profesar; creo que se alegraban más que yo de que siguiera vivo. Terminados el relato y el primer cántaro de vino, procedimos a aplicarnos una nueva ronda al tiempo que exponían su historia. Por supuesto, no habían mantenido la posición por mí, sino porque don Sancho García asistía a una reunión urgente. Al parecer, los obispos gallegos habían estado tirando de algunos hilos, profundamente indignados por la toma de su villa, tratando de organizar el desagravio a mitad de camino entre Lugo y Oviedo. Los principales magnates cristianos estaban de acuerdo en que no se podía consentir que los profanadores de Santiago se fueran sin castigo, pero tampoco se atrevían a actuar. No sabían cómo hacerlo.

Me sorprendió saber que el conde había sido uno de los primeros en acudir, y uno de los más fervientes partidarios del contraataque. Perdían el tiempo en debates, sí, pero al menos hacían algo. Pedro de Saldaña me conminó a acompañarle hasta donde se celebraba la reunión, una acampada militar en toda regla, y además de para aportar mi testimonio de primera mano, aclarar mi situación con don Sancho. Acepté, brindamos y partimos al alba.

Tenía mi amigo razón, pues a nuestra llegada sentí revivida la sensación del ataque inminente. Carpas, hombres y bestias de diversos blasones aguardando una señal. Hasta el rey de Navarra don García el Tembloroso había acudido con sus buenos jinetes. Supe de inmediato que habría contraofensiva. Mi narración había llegado antes que yo, con lo que fui acogido entre grandes muestras de respeto y admiración.

Nunca me sentí más honrado. Don Sancho García acudió a recibirme con una sonrisa. Me vi impulsado a pedirle perdón, y él soltó una carcajada. Dijo que cómo iba él a poder con quien le había plantado cara al caudillo de Córdoba. Un abrazo selló definitivamente la disputa entre ambos. Por enésima vez, durante el yantar lo relaté todo. Luego se nos informó de que las tropas muslimes ya habían alcanzado Vallicos, desde donde partieron correos a todas las ciudades de Al-Andalus anunciando su victoria.

Transcurrieron en una tensa calma varios días más. Los ánimos estaban caldeados y mi pequeña crónica había incendiado el espíritu a más de un devoto. Ya había quien hablaba del milagro del apóstol cuando llegaron las últimas novedades del frente. Según parecía, las fuerzas andalusís estaban viéndose afectadas por una misteriosa peste que estaba mermando considerablemente sus filas. Vermudo II el Gotoso quiso aprovecharse de esta circunstancia y sin perder un instante, se acordó atacarles la retaguardia. Y para allá que nos encaminamos ahora, tal vez escasos en número —sobre todo si nos comparamos a las huestes de Almanzor— pero sobrados de ganas. Será una carga contra los más rezagados bereberes, algo así como, después de haber matado a nuestras ovejas, apedrear al lobo en su huida. Pero bien mirado, será el primer ataque conjunto en toda regla de los reinos del norte contra el del sur. Habrá muerte, habrá homicidas, y yo iré en cabeza, sobre la grupa de Briosa, haciendo lo que mejor sé hacer.  

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