La Caza de la Serpiente: Capítulo 4

La Caza de la Serpiente Capítulo 4

Era don Sancho García, Conde de Castilla, tributario de Almanzor, al servicio de su señor Vermudo II, Rey de León. Compleja situación para un hombre que aspiraba a la plena independencia. Vestido con gran elegancia, embutido en una túnica cerrada de color azafrán, observaba por una de las ventanas del castillo el vuelo de los pájaros, con las manos a la espalda, grandes manos de piel oscura, heredadas de su madre. Sus sienes ya empezaban a teñir canas y sus ojos buscaban más allá del valle del Duero, hacia Langa, donde su padre fue alanceado dos años atrás. No sentía remordimientos por la pérdida, en cierto modo provocada, al rebelarse contra él. El general musulmán había prometido devolverle en breve la cabeza de don Garci Fernández, para que pudiera descansar por fin en San Pedro de Cardeña. Pero aquel era el menor de sus problemas. Justo en ese momento tenía en una celda a Nuño de Oca, atrapado cerca de Caleruega, en la casa de un villano que al parecer había encontrado una horrible muerte, junto a su mujer e hija. Y el Conde no era que sospechase de Nuño, porque el milites era como de la familia, no en vano había combatido fielmente junto a su padre durante más de quince años. Aun antes había demostrado su valía como soldado persiguiendo a los piratas normandos que asolaban Galicia cuando reinaba Ramiro II.

¿Cuántos años tendría Nuño entonces? ¿Quince? ¿Dieciséis? En una ocasión, cuando ambos acompañaron a su padre a visitar al Apóstol, él le había hablado de aquellas correrías a lo largo del Miño tras las hordas bárbaras. Capitaneados por Gonzalo Sánchez el Gascón, que se hallaba de peregrinaje, no cesaron en la empresa hasta dar muerte al vikingo Gunderendo. De aquella confrontación conservaba Nuño un curioso trofeo a modo de amuleto, un mechón de cabello del normando anudado alrededor de un diente de oso.

—Curioso hombre, ese Nuño —habló la condesa Urraca, que se había aproximado hasta su marido en silencio. El suave timbre de su voz no sobresaltó al noble, que apenas volvió la cara a su esposa. No era especialmente hermosa aquella mujer, pero no hubiera podido encontrar don Sancho mejor cónyuge, una dama educada para ser reina.

—¿Sabes que nunca aceptó tierras como pago? —replicó, sin salir del todo de su embeleso—. Mi padre le ofreció Sepúlveda después de lo de San Vicente, Peñafiel por defender el territorio cuando Almanzor saqueó León y Zamora, y nada. De haber querido, podría haber sido conde.

—Qué estúpido.

—Al contrario, es de una dignidad llana y simple. Por eso mismo no sabría gobernar un territorio. Le falta la malicia del magnate, sólo conoce la furia de la sangre. Resumiendo, él no es un merino, sino un guerrero. Por eso hacía tan buenas migas con mi padre... Por eso mismo me desprecia.

—¿Vas a juzgarle por traición?

—Eso depende de él.

Dependía de un Nuño aprisionado, enfermo bajo un techo de piedra en el que no había luz, cercado por muros opacos que le ocultan el perfil del horizonte, desnudo sin sus armas, abandonado sin su caballo —Belfudo lo llamaba por su gran labio inferior—, atormentado por pesadillas, renegado del cristianismo, del condado de Castilla y del reino astur-leonés. El calabozo de Nuño de Oca no era en realidad un agujero infecto en los sótanos del castillo, como hubiera sido de esperar. Se trataba de una cuartucho con una gruesa puerta de madera y metal forjado, una banqueta, una mesilla a la que faltaba una pata y un lecho de paja con dos mantas de lana llenas de pulgas. Contaba con un pequeño candil para alumbrarse, pero nada con qué encenderlo. Le habían arrebatado todo menos un sayo viejo y las albarcas. Había sido llevado a Burgos atado como un vulgar criminal, mientras que sus compañeros aguardaban en Covarrubias, con la incertidumbre de si serían o no ajusticiados.

En Nuño, cuya cabeza estaba cubierta de largas melenas y densas barbas, destacaban sus grandes ojos negros que parecían pozos sin fondo cuando templaba los nervios, y brasas del infierno si se veía inundado por una furia homicida. En la húmeda oscuridad de su cámara, a duras penas contemplaba sus dedos romos, encallecidas las manos de tanto sostener las riendas de su montura, de empuñar la espada, de bañárselas en sangre, y le daba igual, sólo tenía pensamientos para aquellos tres desgraciados con los que se tropezara. Cerraba aquellos ojos y la imagen de la chiquilla se recreaba en su mente. Entonces, su celda se convertía en la alcoba de la casucha, los muslos de ella parecían más blancos, y la sangre más roja, y la cara más amoratada, y el trozo de cuerda que asomaba por su garganta parecía hacerle burla. “Has llegado tarde”, le decía sin mover los labios. “Has llegado tarde”, le repetía la madre, levantándose de la cama, desnuda y fofa, con la cabeza ladeada, hinchada, sobre un negruzco cuello incapaz de soportar su peso. Con las mismas marcas que la niña, que también se incorporaba e iban hacia él, arrastrando los pies con torpeza. Nuño trataba de apartarlas, y las moscas acudían a devorarlas mientras caminaban, introduciéndose en sus fosas nasales, en sus sexos, cubriendo sus bulbosos ojos... Nuño retrocedía, pero entonces aparecía el padre, ensangrentado de pies a cabeza, con un cuchillo en la mano. “Menuda fiesta hemos tenido”, decía escupiendo babas sanguinolentas. Aquí solía gritar, para cerciorarse de que sólo era un sueño. Tanteaba la piedra de las paredes y se encontraba a salvo, e inmediatamente sentía repulsión de sí mismo por acobardarse ante el delirio y agradecer la paternal presencia del muro. Una férrea determinación surgió en su cautiverio, mataría al culpable de aquellas muertes. Lo mataré, juró por su sangre ante los espectros, le daré caza como a la serpiente que es.

El sonido de unos pasos in crescendo le puso en alerta. La puerta se abrió con un chirrido después de un estrépito de cerrojos. Un oficial de guardia le hizo ademán de que se levantara.

—Vamos. El conde quiere verte.

A regañadientes, se dejó conducir por los pasillos del palacete hasta el gran salón, cuyas paredes aparecían adornadas con bellos lienzos y tapices. Unas lucernas y candelabros de pie daban luz a la estancia, y una larga mesa en forma de U invertida con sillas a ambos lados ocupaba todo el espacio.

Sancho García aguardaba sentado en el centro de la mesa, muy sereno, majestuoso. Sus ojos brillaban a la luz de los fuegos como pequeñas ascuas. Los de Nuño eran dos fieras llamaradas. En el pasado, aquellos hombres se habían abrazado con sincero afecto, pero el pasado es polvo, y el polvo se lo lleva el viento.

—Señor Nuño de Oca.

—Sancho.

Nadie en años se había dirigido tan familiarmente al conde, ni siquiera su esposa había osado. Lo peor fue el tono, casi escupiendo el nombre. Puro desprecio verbalizado.

—Sabéis por qué estáis aquí.

—Sí, por seguir siendo fiel a vuestro padre.

—No. Por homicida, además de rebelde, traidor al condado de Castilla, y por ende, al Reino de León.

—De sobra sabéis que yo no maté a esos pobres desgraciados. En cuanto a lo otro, mierda para León y los leoneses, y los hijos traidores. Todos unos hijos de perra.

—Os olvidáis de Almanzor y sus huestes —ironizó.

—No, los tengo siempre presentes en mis oraciones...

—Creía que ya no teníais fe.

—Para mí ya no hay más Dios que la hoja de mi espada, y hasta eso me habéis arrebatado.

—Nuño de Oca —recobró el tono marcial—. He tenido con vos más paciencia que con ningún otro, pero empiezo a estar harto. Intento hacer que comprendáis que ahora es a mí a quien debéis fidelidad y servicio.

—Jamás. Antes muerto.

—¡No digáis sandeces! Yo os conozco, Nuño, y sé que no consideráis otra muerte que no sea en el campo de batalla. No me digáis ahora que preferís ser ajusticiado en una corte.

—Una corte enemiga se puede considerar un campo de batalla.

—¡Rediós que sois tozudo! ¡Peor que mula torda! —aquel exabrupto, tan oído en boca de Garci Fernández, le provocó un agudo pinchazo en el vientre al caballero—. Vos sois infanzón castellano, compartisteis con mi padre mil y un combates y algo más, el sueño de ver un día un Reino de Castilla, con un rey castellano pisando con sus albarcas el palacio de Madinat al-Zahira, y convirtiendo la Mezquita de Córdoba en un gran templo cristiano. ¿Qué ha sido de todo eso, Nuño? ¿También habéis renegado de ello?

—Se esfumó, como el humo, aquel diecinueve de mayo en Langa. Y para mí, desde entonces, igual es la mano que empuñaba la lanza berberisca que la vuestra.

—No entendéis nada. Ese sueño también es el mío, la diferencia radica en que mi padre y vos queríais lograrlo a golpe de espada y yo sé que el camino es otro...

—¿Cuál? ¿Hacerse vasallo del moro? —increpó lleno de sarcasmo.

—¡Ni Castilla ni su conde son vasallos del infiel! —bramó don Sancho, en un impropio arrebato de furia que rápidamente hizo desaparecer—. Escuchadme con atención, por una vez en vuestra vida. Desde la llegada al poder de Almanzor no ha habido tregua en todo el territorio cristiano. Hemos perdido la gran mayoría de las confrontaciones, nada puede detenerlo, hasta las conjuras en su contra son deshechas antes de que empiecen a ponerse en marcha. Al-Andalus, hoy por hoy, es invencible. Nosotros necesitamos tiempo, un tiempo de paz, para recuperar nuestra economía, para repoblar los territorios conquistados asegurándoles a los colonos un mínimo de seguridad... Y si para ello debemos hacernos tributarios de Córdoba, pues lo haremos. No es una deshonra, sino una estrategia, un plan del que obtendremos frutos en el futuro. Guerreando en el Duero sólo conseguimos perder vidas, hombres que nos son vitales, por eso me opuse a mi padre. Yo no quería su muerte, como no deseo la vuestra, pero tampoco podía permitir que Castilla acabase siendo musulmana o una nueva tierra de nadie, y a eso nos estábamos condenando...

—Si hay que morir, se muere. Si debe caer hasta el último hombre, que caiga. Pero nunca rendirse, nunca sucumbir al enemigo. Ese es mi credo. Mejor morir y dejar una tierra baldía que vivir en ella humillados.

—Buen credo para un soldado. No tengo nada que objetar. ¿Queréis una guerra? De acuerdo, os daré una guerra, pero que sea en igualdad de condiciones. Dejadme crear un reino lo bastante fuerte para plantarle cara al califato, dadme tiempo y el territorio más allá del Tajo será nuestro, y hasta el mar, de costa a costa, florecerá una gran Castilla.

Don Sancho cerró los ojos por unos instantes, como evocando la imagen mental de ese reino del que hablaba, o tal vez, recriminándose el haber perdido la perspectiva realista de la que hacía un momento se vanagloriaba. No había sitio para delirios de grandeza en el conde; nada de vender la piel del oso antes de matarlo, era su evangelio. Su credo: repoblar los territorios desocupados, ampliar los fueros, reforzarse desde el interior, hacerse fuertes y después ya vendrían las luchas contra el ejército muslim. Recuperada la compostura, se dispuso a concluir el discurso—. Mi padre no atendió a razones, ¿qué haréis vos, Nuño? Sé bien que no puedo compraros, pero os aseguro que habrá perdón absoluto para vuestros compañeros después del homenaje, como si nada hubiese ocurrido entre nosotros. En definitiva, os estoy ofreciendo volver a luchar por vuestra, nuestra tierra.

Nuño de Oca, tenso como un arco, bajó la mirada. La diatriba del conde no le había causado mucho efecto; para él tanta palabrería no era más que un ardid y don Sancho otro magnate seducido por la ambición. Igual que su madre, Aba de Ribagorza, fallecida hacía dos años por su propia mano cuando, después de hostigar al hijo contra el padre, trató de deshacerse del heredero con un bebedizo. Fueron las malas artes del caudillo infiel y la codicia de verse coronada reina las que iniciaron la avalancha de muertes: la de los defensores de Castilla, la de su esposo, la suya... Casi la de Nuño. Sin embargo, era innegable que algo de razón había entre la paja; él ya no le guardaba rencor, no el suficiente para arrojarse al magnicidio indiscriminado; y la frase final le había llegado al alma. Pero sobre todo, permaneciendo vivo y libre podía ocuparse del caso del triple asesinato.

—Estaría de acuerdo en ello —habló por fin Nuño, tras un denso silencio—, con una pequeña condición...

—Os escucho.

—Quiero ocuparme del crimen de Caleruega. Me he jurado encontrar al homicida.

—Como vos queráis —consintió Sancho García, extrañado de la petición—. Atrapadlo y traerlo ante la justicia.

—Así lo haré, señor —y mientras decía esto, no cesaba de sonreír, con gesto zorruno.

Nuño de Oca nunca fue amigo de ritos y ceremonias, ni siquiera cuando tenía fe. A él le bastaba con dedicarle al Dios Padre una plegaria antes de lanzarse al combate y otra por la noche, al echarse a dormir. Durante años, Él pareció oírle, porque todas las mañanas veía un nuevo amanecer. Pero cuando ya creía tenerlo de su lado, resultó que no, que estaba viviendo una mentira, y allí no había más dios que Alah, en boca de los musulmanes que los emboscaron; y el golpe que De Oca nunca había recibido se lo llevó esa fatídica tarde, cayendo inconsciente al río, y su señor fue abatido, y sus compañeros pasados a cuchillo allí mismo. Y mientras la gélida corriente lo arrastraba, y el agua se teñía de escarlata castellana, el dios cristiano miraba para otro lado. Dios le falló una vez, o mejor dicho, desertó de sus filas, y este es el peor insulto que se le puede hacer a un militar. Así pues, una y no más.

El conde Sancho García tampoco era hombre de pompas y funciones, no eran tiempos aptos para suntuosidades, menos a sabiendas de que Almanzor tramaba alguna nueva afrenta. Sin embargo, el homenaje se celebró con todo su molesto protocolo de reverencias, imposiciones de manos, besos y juramentos de fidelidad y servicio. Así el conde afianzó su poder ante el resto de la corte —¡había conseguido doblegar nada menos que a Nuño de Oca, el rebelde!—, y el otro obtenía la ansiada libertad. Doña Urraca lanzó temerosas miradas al guerrero, como si fuera a saltar sobre ella para degollarla en cualquier momento. En realidad, Nuño apenas reparó en ella, si bien cuando lo hizo le enseñó los dientes en un ademán de lobo. Le invadía una extraña felicidad, sentía un hormigueo en el vientre que le hacía cosquillas, calor en las mejillas, sequedad en la boca. Como buen perro de presa, había olisqueado la pieza y sólo restaba perseguirla. Se lo decía el instinto, que nunca en su vida le había fallado; estaba tan seguro de ello que incluso sonrió cuando le besó las manos al conde. No le importaba nada, salvo capturar al homicida.

Tras las fanfarrias y los discursos, que de todo hubo un poco, la corte se disgregó hacia el comedor, donde esperaban las viandas. Don Sancho había pensado que con la tierna carne de los terneros asados le haría el trance más dulce a su nuevo aliado, pero Nuño no estuvo por la labor de dejarse sobornar. El trato ya se había consumado, y en cuanto se hubo desvestido y vuelto a armar, con su sobretodo encima de la armadura, el escudo en el arzón de la silla y la espada al hombro, se dispuso a abandonar el castillo.

Ya estaba en la grupa de su caballo, cuando el conde de Castilla apareció de repente bajo uno de los arcos, meditabundo y sombrío.

—¿Os vais? —preguntó con tono grave.

—Ya veis que sí, señor.

—Pero el banquete...

—Haced el favor de disculpadme ante los invitados, pero tengo que marcharme.

—¿Qué pensáis hacer?

—Ya os lo dije, señor. Voy de caza.

Encabritó el animal, sobresaltando al noble, y se dispuso a salir al galope.

—Yo... — don Sancho se esforzó por encontrar las palabras adecuadas, antes de que el otro se fuera—. Nuño, no quería que las cosas salieran así...

—Señor, yo sólo soy un soldado, no me debéis ninguna explicación —y dicho esto, arreó a Belfudo y se alejó de allí, con la cabeza ardiendo y las sienes batiendo como tambores. Su destino era Caleruega, de nuevo a la terrible casa, después dependería de hacia donde le llevase el rastro.  

 

* La caza de la serpiente es una obra del escritor albaceteño Juan García Rodenas, que nos ha cedido para su publicación semanal, cada jueves, en www.elpincho.net. Esta novela fue creada por su autor en el blog El juego del muerto, desde el 1 de junio del año 2013, fecha en la que publicó el primer capítulo, hasta el 12 de agosto del mismo año, cuando la novela llegó al final con el capítulo número 32. 

Capítulos anteriores:

Licencia: 
Creative Commons Licence

Añadir nuevo comentario