La Caza de la Serpiente: Capítulo 6

La Caza de la Serpiente Capítulo 6

Serían dos jornadas de viaje hacia el sur, atravesando la ondulada llanura que se extendía a lo lejos hasta un horizonte inalcanzable, según la ruta Burgos, Covarrubias, Silos, Espinosa de Cervera y Caleruega. Paisajes de tierra seca y austera, sobrada de quietud, escasa de vegetación. Cruzaría el sobrio campo de batalla, de tierras pardas regadas con sangre y sudor, donde sólo habitaban mozárabes huidos, monjes y alacranes, directo a una casucha muerta. Nuño de Oca era un gran jinete, sabía sacarle partido a su bestia, alternando el paso vivo con el galope, sin forzar al animal a una desesperada carrera. Obvió detenerse en la profunda depresión de la meseta donde estaba el monasterio de Cardeña, y lo mismo ocurrió con la ruinosa ermita de Quintanilla de las Viñas y alguna otra de la que ni siquiera había oído hablar. Al término del primer día, largo y agotador, llegó a Covarrubias, ya en la línea del Arlanza, sito en un recoveco fluvial sin perspectiva. Covarrubias con su torreón, sus palacios y un mustio pueblo a los pies. Como buen militar, acampó a las afueras, próximo a un granero, y tras una escueta cena, dormitó con un ojo abierto y otro cerrado, no en vano estaba en tierras fronterizas.

Crack, crujió una ramita bajo un pie, un chasquido casi imperceptible, no para él, que delataba la cercana presencia de algún sujeto. A ver, atento, respiraciones, tres, el roce de la ropa, eran tres. Belfudo también los vio, pero no se inmutó porque sabía que su dueño ya estaba despierto. Tanto sigilo en tres hombres no significaba nada bueno. Los grillos callaron. Un golpe de viento trajo el olor de su sudor. Salitre y mugre. Venían de frente, sin miedo, empuñando sus armas. Había tan poca distancia entre la mano de Nuño de Oca y la empuñadura de su espada que ni la sombra de una hormiga cabría por ella, aunque no se lo pareciera a los bandidos. El caballero siguió haciéndose el dormido, tomó aire lentamente, como gozando de un profundo sueño, llenando los pulmones, empujando el diafragma hacia abajo, arrastrando el aire hasta lo más recóndito de su torso, y cuando ya no le cupo más, su musculatura se tensó como la cuerda de un arco, la espada silbó cortando la oscuridad, los pájaros nocturnos alzaron el vuelo, sobresaltados, y un primer cuerpo se desplomó en un estallido abdominal de sangre negra y palpitantes vísceras. El combate no transcurrió como estaba previsto. El remolino de metal absorbió al segundo asaltante, cuyo cerebro no tuvo tiempo de comprender qué estaba ocurriendo, y se fue al Más Allá sin saberlo, sajado, tajado, muerto al instante. La carne de aquellos estúpidos no podía detener su filo, sólo bañarlo, lubricarlo para que el desenlace llegase con más facilidad. Nuño detuvo su brazo armado ante el tercero y último. Era un personajillo de baja estatura, sucio sobre sucio, vestido con más harapos que ropas, de ojos hundidos, de roedor, con una daga dentada en la mano. Estaba paralizado, preguntándose por qué seguía con vida y no estaba en el suelo, haciendo charcos con su sangre.

—Tira eso —le dijo Nuño, y él dejó que la daga cayera, no muy lejos de sus tiznados pies—. Bien, bien, así que asaltando a indefensos viajeros, ¿eh?

—No sois tan indefenso, noble señor —contestó al tiempo que se encogía de hombros.

—No, yo no. Debería matarte ahora mismo, me habéis fastidiado el descanso...

—Pero...

—Pero no lo voy a hacer todavía porque puedes serme útil.

—¿De qué forma, noble señor?

—No me llames «noble señor». Yo no soy dueño de tierras ni de nadie, y menos de un despojo como tú. Estoy buscando a un homicida.

—Hombres así abundan más en estas tierras que lagartos. Sin ir más lejos, dos de ellos yacen a vuestros pies...

—Vosotros no sois más que unos vulgares salteadores, de los que matan a traición, por la espalda y a escondidas. Estúpidos que ni siquiera saben reconocer a un militar ni aún cuando les está sacando las tripas. Busco a un homicida de verdad, que mata por placer, el robo para él no es más que una excusa.

—De esos también andamos sobrados. No tenéis más que acercaros a cualquier villa y preguntar por los mandatarios.

—Deja la ironía y los chistes para la taberna. Mi espada todavía tiene sed, ¿sabes? El que busco mató a tres personas en Caleruega hará cosa de dos semanas. Toda una familia, pasada a cuchillo...

—Lo siento. No sé nada de eso. Muere tanta gente a diario en esta zona...

—Ya veo —Nuño de Oca lanzó su puño contra la mandíbula del bandido, que se desplomó inconsciente. Le ató entonces las muñecas y los tobillos a la espalda, y lo cargó en el caballo. Se alejaron de allí en busca de un lugar menos concurrido para poder descansar sin más interrupciones.

En la jornada siguiente, a diecisiete kilómetros de Covarrubias, encontraron el pueblo de Silos, dentro de un repliegue de la sierra que llamaban el valle de Tabladillo, de cara a Soria, en un paisaje semidesértico, con sus chamizos agrupados en torno a la abadía que a duras penas había resistido los embistes de Almanzor. En ella moraban unos pocos monjes restauradores regidos por la regla de San Benito, o lo que era lo mismo, dedicados en pleno al trabajo y la oración. Nuño de Oca y el ladrón que capturase, que aseguró llamarse Grañón, se dirigieron hacia allí, uno en su montura y el otro a pie y sujeto por cuerdas como un perro. Ninguno habló por el camino, sólo se oía el ruido de los cascos y unas palabras cada treinta o cuarenta pasos. Luego se hizo el silencio durante más de un kilómetro, tal vez afectados por la sensación de estar pisando territorio enemigo. De cuando en cuando, creían ver sombras acechantes en las montañas.

—¿No tenéis un poco de vino? —protestó el ladrón—. Tengo la boca llena de polvo y arena.

—A juzgar por los chorreones que te caen por las piernas, lo que le sobra a tu cuerpo es líquido.

—¿Vamos a entrar al pueblo?

—No.

—¿No? Pero si ni vuelan los pájaros del calor que hace. Quiero echar un trago.

—Pararemos en la siguiente villa.

—Si no bebo, aunque sea agua, me muero.

—Tonterías.

—Seguro que tienen un buen pozo en el monasterio. Y comida. Me muero de hambre. ¿Nos detendremos aquí?

—Será mejor que guardes silencio.

El viejo monasterio visigodo de Silos, según decían, fundado por Recaredo, sin ser gran cosa, gozaba de protección oficial desde que Fernán González y los suyos irrumpieran en ella tomándola como mezquita al conquistar la región. Todavía conservaba la puerta las herraduras, ya herrumbrosas, que había hecho quitar el conde a su caballo y a los de todos los que le seguían al darse cuenta de su error, y que se habían clavado allí como disculpa. Nuño se encontró con el abad, que estaba ganándose su parcela en el cielo a fuerza de trabajar el huerto del monasterio junto a los suyos. Tras intercambiar unos discretos saludos, el monje se interesó por Grañón y la razón de que fuese maniatado. El milites se lo explicó con pocos adornos, provocando en el religioso un profundo sentimiento de rechazo hacia ambos que ni supo ni quiso esconder. Cuando el de Oca le habló del homicida que buscaba, el abad sólo preguntó si era cristiano o musulmán. ¿Y eso qué más da?, respondió Nuño, por lo que hizo bien podía ser un hijo de Satanás. Escandalizó al monje con su grosero lenguaje, que todavía se atuvo a manifestarle su desconocimiento del caso, unas noticias les llegaban y otras no. Un par de frailes acudieron a ver qué ocurría, manteniéndose a cierta distancia. Nuño, que no había bajado del caballo para dialogar, quiso apretarle un poco más las clavijas y comenzó a describirle la escena del crimen, pero el abad no quiso seguir escuchando y a punto estuvo de echarlo de allí con cajas destempladas. Sin embargo, el Señor había colmado al prelado de suficiente paciencia y en lugar de despacharlo a grandes voces le remitió educadamente a los caciques de Caleruega.

—Id con Dios —se despidió el abad, entre cebollas.

—No, mejor que se quede aquí con vos. Por si acaso.

Topar con la casa en cuestión fue fácil. Deshabitada, con el barbecho comunal a un lado y el arbolado a otro. Se daba la desgraciada casualidad de que sólo había otros dos cortijos aislados del núcleo de viviendas en toda la comarca. El propietario de la cabaña debía encargarse del cuidado de aquella franja de tierra y del aprovisionamiento del bosque. Nuño revivió sus pesadillas ante la curiosa mirada de su prisionero. En voz alta, pero sin matices, fue narrando lo que encontró aquella tarde; quien sabe si para ahuyentar o atraer a los fantasmas. Entre él y Grañón, libre de ataduras desde hacía unas horas y colaborador a sueldo, fueron desgranando los hechos. Fue un solo hombre, entró sin usar la fuerza, gracias a alguna treta o un disfraz. Se aprovechó de que las mujeres estaban solas. Dispuso de todo el tiempo del mundo para torturarlas hasta que llegó el marido al final de la jornada. Entonces remató la faena. Ninguno de los dos soportó la presencia de la muerte en el interior del chamizo por mucho tiempo.

—Deberíamos ir a la taberna de la villa —sugirió Grañón.

—¿Conoces gente allí o sólo quieres emborracharte a mi costa?

—Sé de alguien dispuesto a vender información...

Nuño asintió, abatido.

Reemprendieron el viaje sosegadamente, llegando a la aldea al final de la tarde. No había allí nada de interés, otra población a punto de ser llevada por el viento a poco que soplase con furia, habitada por un puñado de hombres libres que creían haber encontrado su tierra prometida. Casas de barro y ramas, rodeadas de corrales y establos, una plaza y un templo en temprana construcción. Nuño de Oca dio con un miembro del concejo local y le interrogó. De esta manera, descubrió el nombre de la familia asesinada, Valpuesta. No llevaban instalados en la zona ni medio año. No tenían más enemigos que cualquier otro vecino. ¿Quién lo hizo? Quién sabe. El crimen no había horrorizado en exceso a la comunidad, curada de espanto.

No les costó mucho encontrar el mesón. Era una sucia taberna de mala muerte frecuentada por lo peor de la comarca, que aprovechaban para emborracharse con el vino más barato del local. Se acomodaron en un banco, dedicándose a examinar con detenimiento a los individuos que pululaban por allí. La atmósfera del lugar era muy espesa. Un triste tañer de un no menos lánguido laúd acompañaba al seco murmullo de las respiraciones etílicas. Aparte de los dos recién llegados no había más que tres o cuatro hombrecillos diseminados en distintas banquetas sellando oscuros tratos con tragos de arisco vino tinto, el abatido juglar del laúd y un orondo borracho que yacía sin sentido en un rincón.

—Oiga, amigo —le preguntó Grañón al mesonero, cuando acudió a servirles—. ¿Dónde puedo encontrar a Leonor?

—No sé de quién me habla —respondió el otro sin inmutarse.

—No te pases de listo conmigo.

Sin duda el mesonero temía el conflicto y con poco disimulo dio un paso hacia atrás. Nuño, rápido, apuró el vaso de barro de un trago y arrojó a su interior un sueldo de plata. El otro recuperó su posición inicial y miró de reojo a los dos forasteros.

—¿Quiénes sois?

—Sólo quiero hacerle unas preguntas —intervino el soldado—. Nada de escándalos.

El mesonero atrapó el sueldo y la copa vacía, después miró hacia la parte de atrás.

—Pero ahora está ocupada.

Nuño de Oca se levantó, poniendo su gran manaza en el hombro del otro y echó a andar hacia la puerta trasera, seguido de Grañón. Nadie le impidió llegar, abrirla y pasar. El bandido se quedó fuera, cerrando tras el castellano. Éste se encontró en un cuartillo a modo de alacena en la que había una mesa y un par de sillas enfrentadas junto a la pared, sumidos en la penumbra y prácticamente invisibles desde el umbral. Los ojos de una mujer centellearon un instante y le asustaron. Él también debió sobresaltarla. Al aproximarse comprobó que estaba sola, iluminada por la llama de una lámpara de aceite que resaltaba las singulares cualidades de su cuerpo: maduro, hermoso, firme y prieto; si bien no supo decir de qué color era su pelo. Una bella estampa en aquella cueva lúgubre de olor a hollín. Nuño se sentó sin esperar ninguna indicación.

—No sé quién eres, pero tienes que estar loco para irrumpir así en mi casa —dijo la mujer llamada Leonor, con tono agresivo.

—Busco al hombre que mató a los Valpuesta —dijo el de Oca sin inmutarse por el gesto amenazante de ella—. Y estoy dispuesto a pagar con plata cualquier información.

—¿Crees que soy una puta o qué? No me relaciono con la inmundicia.

—¿Y la inmundicia contigo?

Leonor calló. Sus labios rojos se abrieron para sonreír igual que lo haría un lobo.

—Sabes —dijo tras la pequeña pausa—, los hombres como tú solían excitarme en otra época.

La inesperada cuchillada de la mujer cortó el aire donde antes había estado la cabeza de Nuño de Oca y se detuvo en la pared. Veloz como el rayo, el guerrero arrojó la mesa hacia un lado, agarró por el cuello a Leonor, la tiró a tierra y se colocó sobre ella para inmovilizarla.

—Bueno, la vista desde aquí es estupenda y la postura muy sugerente, pero por desgracia hoy no tengo tiempo para esto. Dime todo lo que sepas sobre la muerte de esos desgraciados...

—No sé nada, te lo juro —Leonor estaba menos asustada que impresionada, pues era la primera vez que un hombre conseguía esquivar su ataque—. Nadie de por aquí lo hizo. Debió de ser alguien de paso...

—¿Nada más?

—Hará un mes... En Peñaranda... Oí que aparecieron dos cadáveres, un matrimonio de viejos ricos, atados a un árbol desnudos y degollados... Llevaban ya varios días así cuando los encontraron. Alguien me dijo que un cabo de cuerda asomaba por la boca de la anciana... Eso es todo, lo juro por Dios.

Nuño, satisfecho, se movió deprisa y salió del cuarto. Cuando se cerró la puerta a sus espaldas, creyó escuchar el cuchillo estrellarse contra la madera.

—¿Qué ha sido ese ruido? —preguntó Grañón, nervioso.

Nuño, por toda contestación, le empujó hacia el exterior.

—Es una verdadera pena que hoy no disponga de tiempo, sino creo que le podría enseñar algo bueno —dijo, ya en los establos donde descansaba Belfudo.

—¿Y bien?

—A Peñaranda del Duero, Grañón.

—No puede ser verdad, eso es como meterse en la boca del lobo.

—Pues para allá que vamos a ir en cuanto salga el sol.

—Ni hablar, me niego.

—Pues te mato.

—Digo que me niego a ir andando.

—De acuerdo —Nuño le enseñó un pequeño saquillo de tela y lo agitó. Dentro tintinearon monedas—, a ver si con este dinero que os cogí a tus cómplices y a ti la pasada noche da para una montura.

—Bastardo —masculló Grañón. El caballero hizo oídos sordos al comentario. Se acomodó entre la paja, guardando el dinero. Palmeó la funda de la espada, en una explícita advertencia que secó la garganta al hombre con cara de roedor.

—La verdad es que no va a llegar ni para un mulo viejo, pero bueno... —se chanceó antes de dormitar. La fauna noctámbula procuró no despertarle.  

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