La Caza de la Serpiente: Capítulo 9

La Caza de la Serpiente Capítulo 9

No hizo falta esperar al sol de la hora prima para notar que algo ocurría en la ciudad, el nerviosismo era perfectamente tangible. Al preguntar a uno de los monjes a qué se debía tal estado obtuve una sorprendente respuesta.

—Almanzor vuelve.

Más tarde, interrogando a más personas, llegué a completar la información. No era del todo cierto que el caudillo enemigo regresase a Astorga, sino que se dirigía hacia el norte sin precisar destino. Pero bastaba aquel rumor para despertar en los vecinos las escenas de devastación, y el recuerdo de la sangre y las llamas que se produjeron años atrás. Sin duda, en León y Lugo también debían de estar revueltas las aguas. Al parecer el hachib del califa había salido de Córdoba con una imponente fuerza de caballería hacía dos o tres días, sábado, por lo que alcanzaría estas tierras en menos de tres o cuatro semanas en función de su objetivo final y de lo que se entretuviese saqueando por el camino. Aquella tensa espera ya se les antojaba agónica prórroga a los cristianos, que en ese momento se veían decapitados, esclavizados o carbonizados entre sus enseres. Pero ninguno se atrevía a ser el primero en marcharse, tal vez a la espera de lo que los magnates fuesen a hacer y decir al respecto. Éstos parecían tenerlo claro; dado que la precipitación no había hecho ganar ninguna guerra, y como tampoco se conocía qué territorio sería el afrentado, no se tomarían decisiones, deseando los leoneses que los desgraciados fuesen los de Castilla, y viceversa. Así que, por el momento, calma y espera.

Como no había mucho que ver en la ciudad, y tampoco era bueno ser demasiado visto, y que no me apetecía encontrarme en sus calles con doña Inés o alguno de su casa, me entretuve en cuidar de mi caballo y participar en cierto grado en los oficios del monasterio. La serpiente que anidaba en mi vientre se removía inquieta, nerviosa por emerger, por cambiar de piel. La llegada de Almanzor a este lado de la península la había excitado sobremanera. Mi cabeza bullía, mis voces internas discutían entre ellas impacientes, ora era yo, ora nosotros, mientras los hermanos de Cristo y San Andrés oraban en el claustro. Perdía el hilo de los latinajos aunque por fortuna nadie pareció darse cuenta. Para mi desgracia, aquel monasterio no contaba con biblioteca y el único volumen de valor era una biblia manuscrita torpemente y adquirida por el anterior diácono. Mi situación era pues, lamentable pero precisa, ya que no debía incurrir en temeridades acudiendo a más altas entidades eclesiásticas que pudieran comprometer mi situación. No, San Andrés era lo que necesitaba. En su pequeña capilla, y en el establo, podía dejar divagar mi mente con toda tranquilidad. Recibí la invitación de doña Inés de Fernández para acudir a su casa a través de una criada. Una plática a media tarde y una cena. Sus tíos no estaban en la villa sino en Lugo, con toda la corte del rey, reunidos para hacer frente a la crisis o para esconderse en la misma madriguera. Vermudo II no era rey guerreador, sino el hombre más paciente del mundo, de otra forma no se explicaba su empeño en levantar año tras años los pueblos y ciudades que, con similar tenacidad, Almanzor echaba abajo. Cuando esto sucedía clamaban al cielo voces en contra de la resignada sangre gallega, pero no dejaban de ser gritos, nadie se movía, porque ¿quién osaba enfrentarse al poderoso Muhammad ben Abi Amir? Los pesimistas pedían paciencia, algún día se tendría que morir, aunque fuese de viejo. Las malas lenguas replicaban que para cuando eso ocurriese, a lo mejor ya estaban los de Santiago orando hacia la Meca. Me imaginaba al rey ante tales discusiones, bajando los ojos y encogiéndose de hombros por toda respuesta.

Fui a la casa de Inés, en apariencia una corte sin excesivo lujo por los malos tiempos que corrían. Además, nada construido por cristianos podía impresionarme después de conocer los palacios cordobeses. Sin embargo, de forma impremeditada, examiné con detenimiento la construcción, eso sí, evaluando sus puntos débiles como si fuese a asaltarla. De esta manera, mientras era guiado hacia el refectorio, mis ojos buscaban por sí solos la forma de forzar las grandes y fuertes puertas, la parte más franqueable del muro del patio, accesos al edificio principal, de una planta y notables dimensiones, disposición de las ventanas, distancia entre este bloque y el de adobe que acogía la cocina y las celdas de los siervos. No pude ver en el breve trayecto desde la entrada hasta el acceso al Palatium el corral, los establos, y demás dependencias, por estar al otro lado de la cocina. Supuse que en aquel instante atenderían la casa tres o cuatro mujeres, divididas entre la cocina, el aseo de la casa, el servicio de los amos y de los animales, y un par de hombres, incluyendo a Roldán. Al no ser época de cosecha no había que preocuparse de tropezar con jornaleros pululando por allí, y dado que, como me habían informado, toda la familia había partido esa mañana hacia la corte real, estabamos relativamente solos.

Me aguardaba en el salón, con un bello vestido, sus brillantes ojos verdes y su hermosa sonrisa. La túnica de seda, de color amarillo pálido y delicados bordados, ceñida a su apetitosa cintura por un cordón encarnado, la hacía más esbelta y más morena. Llevaba la larga cabellera suelta, cubriendo hombros y espalda; en sus dedos lucía un par de sencillos anillos de plata. De no ser por su nariz alzada podría haber pasado por una princesa árabe. Pero yo conocía lo que había bajo tan inmejorable aspecto, el envoltorio de seda, piel tersa y carne prieta no me engañaba. Tuve que contener una arcada. La repugnancia que me despertaba alentó mi deseo de matarla, ahí mismo, antes de que volviese a parpadear, de que articulase una palabra. En lugar de eso, tragué bilis y besé su mano. Interpretaría mi papel. Ambos actuaríamos para el otro.

—Estáis preciosa, señora.

—Hoy sí era día de ropajes, querido Cebrián.

Sentados en sendos taburetes de tijera, cerca de una ventana por la que entraba una brisa fresca, guardábamos silencio sin saber cómo o quién debía iniciar la conversación que precedería a la cena. Nuestro alrededor no era demasiado ostentoso, el mobiliario, la vajilla que adornaba las paredes, los tapices... Era un salón ciertamente acogedor, pequeño, lo que me hizo pensar que habría otro mayor ideado, este sí, para impresionar a las visitas. Ella, con un par de frases triviales acerca de mi aspecto, dio el primer paso. De tal forma empezamos un monótono diálogo. No tardé en percibir que quería Inés hablar de mi libro, pero rehusé darle ocasión para mencionar el tema. Cómo explicarle todo lo que mis escritos contienen, cómo hablarle de Dios, de Teología, cómo hacerlo, si carecía de la inteligencia y sensibilidad, si no era más que otra criatura burda, otro perro que se sostenía sobre sus cuartos traseros y ladraba, pretendiendo hablar. Cómo, si a pesar de nuestra mínima diferencia de edad, que estimé en unos siete u ocho años, yo había tenido mil vidas y ella seguía en los albores de la única suya. Había encontrado los hilos, visto su alma, y no me era útil. Por su educación, seguía creyendo cosas tales como que el cuerpo es prisión del alma, imperfecto por perecedero; que el horror del cuerpo culmina en el sexo, pues pretende alcanzar el placer a través del intercambio de fluidos; de ahí su lujuria como rebeldía ante tales principios. De nuevo, talento echado a perder. Nunca comprendería el gran error de la Santa Iglesia, que considera el de la carne como el pecado original cuando en realidad el auténtico pecado es el desafío intelectual de Dios, la soberbia intelectual, de la que me enorgullezco de adolecer. Y si Dios ha creado todas las vías, yo me he atrevido a imitarle, buscándole, ansiando su inmortalidad. Mi libro —nuestra historia— trata de eso, de mi propio Camino. No, era evidente que no podía compartir nada de esto con ella, así que me dispuse a narrarle una vieja historia que le había oído a un anciano en Murcia.

—Mirad, un comerciante convertido al Islam que andaba de camino hacia un pueblo vecino se perdió y se le echó la noche encima cuando atravesaba un desértico paraje. Asustado, pues de todos es sabido que el desierto es lugar de malos espíritus, corrió de un lado para otro en busca de refugio. Por suerte para él, la luna llena era su mejor lucerna y pudo encontrar un pequeño monasterio. Aporreó la puerta hasta que un monje acudió a abrirle. El comerciante pidió cobijo sin revelar que profesaba la religión de Mahoma. El monje le llevó hasta el interior de la iglesia y le dijo que podía dormir en el suelo de la sacristía, ya que eran tan pobres que ni establos tenían. El otro aceptó. Enseguida se acurrucó en un banco y se durmió. Entonces, en mitad de la noche, oyó ruidos que le hicieron despertar. Había gran alboroto en el claustro. El muladí se asomó para ver qué ocurría y allí, congregados, danzaban una docena de monjes desnudos, de figura flaca y bocas desencajadas. No tardaron en iniciar una orgía sodomita y aberrante que paralizó de terror al forastero. Cuando, transcurridas un par de horas de desenfreno sexual, los monjes cayeron agotados al empedrado suelo, abandonaron sus cuerpos unos demonios que, satisfechos y regodeándose en su crimen, huyeron del lugar arrojándose por el pozo del patio. Los religiosos se arrastraron hasta sus celdas muy aturdidos, y el otro, viendo que se restauraba la calma, regresó a la sacristía, donde se encerró a la espera del amanecer. A la mañana siguiente, el protagonista de esta historia no sabía muy bien qué hacer. Descubrió paseando entre los pórticos al abad del monasterio, que no había participado en los sucesos de la noche anterior pues era un hombre santo, y se dirigió a él con precaución. El abad, sordo de un oído debido a su avanzada edad, se mostró apesadumbrado con tales noticias. El visitante sugirió que podían tapar la boca del pozo por las noches para evitar que saliesen los demonios. «Ya lo intenté una vez, pero no funcionó», respondió el anciano. «¡Cómo es eso posible!», se sorprendió el muladí. «Verá, es que realmente el problema no son los demonios, sino los propios hermanos que parecen haberle cogido el gusto a esa clase de fiestas». Escandalizado, el mercader salió a toda prisa del monasterio sin volver la vista atrás.

—¿Qué? —exclamó entre risas Inés—. ¿Y ya está?

—Es todo lo que me contaron.

Seguimos riendo y comentando otras anécdotas mientras nos traían la cena y se encendían los candelabros. En un momento dado creí escuchar a Roldán en el patio. Comimos un asado de pollo con manzanas, que regué con buen vino.

La velada transcurría de forma sosegada; cada trago y cada bocado me la iban haciendo más amena, quizá porque el estómago siempre me ha dominado, quizá porque la boca llena me impedía hablar. Cuando apuré la botella de tinto, me percaté de que hacía un buen rato que no entraba ninguna sierva con una fuente, plato o jarra de agua para ella. Al parecer las había despedido sin que yo me hubiese dado cuenta. Con el vientre lleno y el calor alcohólico adherido a mi piel, supe que no iba a negarme a sus caprichos.

—Decidme, Cebrián —me preguntó—, ¿cuándo pensáis partir hacia Lugo?

—Pues veréis, es probable que me decida a salir mañana.

—¿Mañana? ¿Tan pronto? Si apenas habéis estado un día en la villa... ¿Tanto os ha defraudado?

—Mentiría si os dijese que no. Pero lo principal es que soy un hombre inquieto, no me gusta permanecer demasiado en un mismo sitio.

—Espero que sean ésas vuestras verdaderas razones —dijo, bajando los ojos con malicia seductora—. Así, pues, parece que éste va a ser nuestro último encuentro, y no me habíais dicho nada...

—Perdonadme, señora.

—Vais a permitidme que os despida como a un buen amigo, con un licor que guarda mi tío para las grandes ocasiones —Inés se levantó, tomó una frasca de barro que había al otro lado de la mesa y con dedicación llenó dos copas de fino cristal de aguardiente de cerezas, entregándome la primera—. Brindemos por vuestro viaje.

—A vuestra salud, doña Inés.

El licor entraba bien, dulce sin resultar empalagoso, coceaba un poco al llegar al estómago; me hizo sudar. Ella se lo bebió de pie, como si tal cosa, aunque enseguida subieron los colores a sus mejillas. Se sentó en mis rodillas, rodeándome el cuello con sus brazos.

—No os defendisteis de Roldán —susurró mientras acariciaba con la yema de su dedo índice las marcas de mi cara—. Estoy segura de que podíais haberle hecho mucho daño de haber querido. Sois muy fuerte.

—Él pensaba que estaba cumpliendo con su deber.

—Muy piadoso os veo... —rió.

—Yo en cambio os noto desbocada. Deberíais pensar en qué dirán de vos vuestros siervos y los vecinos; tened en consideración el nombre de vuestro tío el conde...

—Que no os preocupe eso, mi tío está curado de espantos y yo también. Además, la gente de esta casa me aprecia mucho y son de toda confianza. ¿Qué os ocurre, fray Cebrián? ¿Os preocupa Roldán?

—No.

—¿Entonces...? ¿Os aflige el amor? —inquirió burlona.

—Ah, querida, los amores pasionales se deshacen tan rápida y violentamente como surgen.

—Pues no perdamos más tiempo, vayamos juntos al lecho para despedirnos. Mañana puede acabarse el mundo, pero esta noche es para nosotros dos.

Nos besamos abotagados por la pasión. Todo en mi interior giraba, se retorcía, ardía, se transformaba en una gran víscera febril que se agitaba convulsivamente. La llevé en brazos hasta una cámara que no era la suya a juzgar por lo suntuoso del dormitorio. Aparté de un puntapié las cortinas y una banqueta, y deposité a la mujer en el lecho, la desnudé a tirones, arrojando al suelo los desgarrones del vestido, las almohadas de plumas, la colcha de tapiz de oriente. Estaba fuera de mí. Ella parecía divertida, ignorante del peligro que corría en mis manos en semejante estado. Se tumbó sobre las sábanas, desnuda, como la bestia más bella que jamás hubiesen contemplado mis ojos. Crujió la tarima de tablas ensambladas cuando me recibió sin ropa. El colchón de plumas nos envolvió mientras copulábamos como animales, echándonos fuego en las entrañas.  

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