La súplica

La súplica

Déjame deshacerme de ti,

de tu larga mano que me ahoga,

de esos dedos firmes que me mueven,

de los bailes de diablo que me abruman.

 

Y aunque de elegante tengas

que mis ojos ven lo que pocos sienten,

que entiendo el dolor que ni siquiera aflora,

déjame que me marche al lugar

donde no exista ruido ni sumidas ruinas.

 

Donde no retumbe el eco

que mi pecho cruza,

y los atardeceres sean limpios

y serenos.

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